Notas

Yo aborté, ¿y después qué?

Yo aborté, ¿y después qué?
julio 10
22:16 2016

Por Victoria Caselles y Luciana Sicardi*. Hace algunas semanas se dieron a conocer dos casos paradigmáticos. Belén, condenada a ocho años de cárcel por un aborto espontáneo y Juana, la niña wichi violada por un grupo de hombres blancos y privada por la justicia a interrumpir legalmente su embarazo. Ambos dan cuenta del contexto de impunidad, violencia y vulneración de los derechos humanos más elementales que aún se sostiene en materia de derechos sexuales. Sin embargo, también somos testigos de un marco importante de ampliación de la legitimidad social sobre la práctica del aborto y del avance de argumentos que cuestionan y ganan terreno a los sentidos políticos-religiosos patriarcales.

Expresión de esto es la permanencia de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto que acaba de presentar por 6ta vez el proyecto de Ley por el aborto legal, seguro y gratuito en el Congreso de la Nación, así como también, la existencia de distintas estrategias de acompañamiento feminista, como las Consejerías pre y post aborto.

Lo político es en lo personal

Es sabido que las mujeres abortamos. Más allá de nuestra condición social, edad o procedencia, más allá de la ilegalidad y la situación de clandestinidad, más allá de la condena social y los casos de criminalización. Pero, ¿cómo se subjetivan estás prácticas que se realizan a diario en este contexto de  ilegalidad y pese a él? ¿Cómo operan los casos que, como el de Belén o Juana, retornan como mensaje disciplinador sobre los límites del derecho a decidir y el control sobre los cuerpos?

Es cierto que cuando nos referimos a las formas que toma la realidad psíquica de cada quien, no todas las generalizaciones son válidas. Cada proceso dependerá de un conjunto de particularidades y formas propias de transitar la experiencia. Pero eso no nos impide reparar en puntos de encuentro y discursos compartidos, máxime cuando las representaciones dominantes que, aunque trastocadas en la actualidad para algunos sectores sociales, todavía definen centralmente a la mujer en tanto madre y a la maternidad asumida en un rol que implica sacrificios y renuncia. Todavía operando de manera eficaz como modelos de subjetividad de época.

Muchas veces la discusión versa entre posiciones que ubican de manera casi inevitable al aborto como experiencia traumática o causante de sufrimiento -argumento usado no sólo  por quienes se oponen al derecho de decidir sobre nuestros cuerpos- y otras donde el aborto es sencillamente la manifestación del deseo y el empoderamiento. Es probable que ambas reflexiones resulten limitadas si no se toman en cuenta las significaciones instituidas en un momento social determinado. Que la situación de aborto constituya por si misma padecimiento es tan sesgado como pensar que sólo el entendimiento de su dimensión política, hace que sea una experiencia vivida abstraída de las valoraciones morales muchas veces imperceptibles a nuestras ideas pero muy eficaces en operar de manera velada en nuestro psiquismo.

Se estima que más de 500 mil mujeres abortan al año,  lo que da cuenta de la posibilidad de autonomía y confrontación con los sentidos sociales instituidos como los únicos posibles. Pero cuando la decisión se toma sin determinación, cuando el embarazo no es planificado o no es deseado -al menos en el plano de lo consciente- pueden entrar en contradicción los mandatos e ideales y la posibilidad de elección propia.

Es posible que cuanto más fuerte sean estos ideales y cuanto mayor sea el desfasaje entre las expectativas sociales y las propias percepciones, más difícilmente la situación de aborto encuentre la manera de subjetivarse en un sentido positivo, optando muchas veces por el ocultamiento, el silencio y la soledad. Práctica que, en estas condiciones, promueve que se reactiven temores a los riesgos de un posible daño físico, mayores ansiedades y aflore un sentimiento de culpa. Precio que se paga producto de la transgresión de las pautas morales en las que se asienta el sistema normativo que opera en la subjetividad femenina.

Sentimiento de culpa que encarna la deuda con el imperativo categórico de la “ética del cuidado”-de y hacia los otros-. Mandato que se nos atribuye desde la más temprana infancia.

De ahí la fundamental tarea de desmontar la construcción de lo femenino como género subordinado y recluido al ámbito de lo privado y afectivo y a una sexualidad confinada exclusivamente a la reproducción.

La ilegalidad como límite y posibilidad

En los últimos años se han ido gestando dentro del movimiento de mujeres y feminista, experiencias colectivas que posibilitan el acompañamiento en situaciones de aborto. Si pensamos en el efecto liberador de la palabra y la necesidad de desmontar los mandatos posibilitando la producción de un sentido nuevo que recupere la decisión subjetiva más allá del ideal, estos espacios cobran un potencial poder terapéutico que no se debería subestimar.

Surgen como estrategia ante condiciones de ilegalidad pero al mismo tiempo la desafían, contribuyendo a lograr que la persona sitúe su derecho a apropiarse de la capacidad de decisión tomando un lugar de sujeto. Contribuyen a que circulen discursos clausurados en otros ámbitos, que posibilitan hacer caer representaciones absolutas. Aportan a la visibilización y  trastocan la situación de clandestinidad permitiendo la circulación de la palabra. Ofreciendo un espacio para alojar lo personal y lo político. En definitiva, en donde sea posible construir un Otro, que no exprese la sanción moral sobre la persona que aborta sino que ofrezca transitar la experiencia con diversas herramientas para la elaboración psíquica.

Quienes atraviesan una situación de aborto en acompañamiento de Consejerías pre y post,  muchas veces testimonian un estado de alivio, vinculado a la posibilidad de elección. Esto se logra cuando algo de lo sucedido puede ser nombrado, cuando se ubica que lo angustiante no es la práctica en sí sino cómo se significa subjetivamente de acuerdo al entramado cultural que nos constituye,  logrando al menos revisarlo.

Las Consejerías pre y post aborto se han constituido como un dispositivo que ofrece la posibilidad de inscribir esta práctica por fuera de la situación de indefensión y aislamiento por las que muchas mujeres transitan. Que existan y se multipliquen espacios como estos tiene mucho valor. Que el derecho a la información esté garantizado sitúa a las mujeres en la posibilidad de decidir de manera libre sobre sus propios cuerpos y sobre su maternidad sin que corra riesgo la vida. Que la palabra circule genera como efecto que la clandestinidad se transforme y haya lugar para el deseo de esa mujer. Esta construcción colectiva inaugura como posibilidad que las mujeres puedan darle un espacio a su elección en un marco de mayor contención y reflexión.

Tanto la legalización del aborto, como una política pública integral en materia de salud sexual, siguen siendo imprescindibles e irremplazables, sin embargo, la posibilidad de restituir un lugar de elección más allá de lo culturalmente establecido es en cada experiencia un movimiento radical y necesario para nuestra salud mental.

@lu_sicardi

*Psicólogas con perspectiva de género. Integrantes de Encuentro Psi.

Foto: Socorristas en Red

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5 Comentarios

  1. Mechi
    Mechi julio 10, 23:18

    hola, estaría bueno que pongan de quién es la foto de la nota y de dónde (si no me equivoco de una de las plenarias de socorristas en red)

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  2. Mechi
    Mechi julio 10, 23:19

    pd: muy buena la nota!

    Reply to this comment
  3. Nadia Silva Rey
    Nadia Silva Rey julio 10, 23:20

    Excelente nota! Super clara y llena de contenido muy valioso.

    Reply to this comment
  4. martha
    martha julio 13, 01:07

    Muy bueno el artículo! Les copio un párrafo de un viejo artículo mío que da para una interlocución posible:

    “Disminuir la significación subjetiva del aborto, como lo hace una parte significativa del discurso militante habitual a favor de su legalización, arroja esta experiencia en el campo de la mera repetición, en lugar de promover la elaboración y transcripción de los significados fijos que se le asignan. Operación que implica, reelaborar al mismo tiempo, los sentidos tradicionales de la maternidad y la feminidad, con la meta de construir una simbólica “generizada” a partir de la experiencia corporizada de las mujeres. Pienso que la única manera de conseguirlo es historizando la singularidad de la experiencia personal del aborto, tanto en su contexto sociohistórico más amplio, como en el más reducido de las relaciones inter e intra subjetivas. Para este fin, es aconsejable el recurso a una configuración grupal o individual de escucha analítica, más atenta a la creación de nuevas significaciones subjetivas que a la absolución paternalista de las culpas.”

    Martha Rosenberg* Aborto, sexualidad, subjetividad, publicado en Mora – Revista del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género – Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires. N° 8 / Diciembre 2002.

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    • victoria
      victoria julio 14, 12:54

      Muchas gracias por tu comentario Martha, interesante y muy en sintonía tu artículo, para seguir reflexionando!

      Reply to this comment

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