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Mario Pereyra: el periodismo al servicio de la xenofobia

Mario Pereyra: el periodismo al servicio de la xenofobia
noviembre 28
23:29 2016

Por Marcelo Cañas, desde Córdoba. El conductor radial del programa “Juntos” de Cadena 3 sostuvo que “en cada villa argentina hay un narco peruano”. De este modo Mario Pereyra realizaba un llamamiento a endurecer los controles migratorios, en aras de que la “lacra de otros países” se vaya de la Argentina.

Mario Pereyra no es un conductor radial cualquiera. Proveniente de la provincia de San Juan, está en el aire cordobés desde hace más de cuatro décadas, siendo la voz principal de la radio y conglomerado de medios Cadena 3.

Esta radio previamente había sido blanco del proceso privatizador de la década de los 90, de modo que la emisora estatal LV3 Radio Córdoba se reconvirtió en la Cadena 3, pasando a manos de Pereyra bajo el grupo Radiodifusora del Centro S.A. El holding comunicacional cuenta con emisoras afiliadas y repetidoras en gran parte del país, siendo según estimaciones de IBOPE la tercera radio más escuchada durante el horario matutino a nivel nacional.

Si bien los datos mencionados son elocuentes, no llegan a cubrir la significancia político-social de Pereyra. En el ámbito político, ha operado mostrándose complaciente con el poder político cordobés, tanto con la UCR como con el PJ provincial, al tiempo que durante el período kirchnerista ejerció una posición de enconada crítica al gobierno nacional. Obviamente esta complacencia ha obedecido a una serie de transacciones, siendo un indicador de ello la frondosa cantidad de periodistas de la “Cadena” que, montados sobre las estructuras partidarias cordobesas, devinieron en legisladores nacionales, como “Blanquita” Rossi o Arturo Miguel Heredia.

En todo caso, la influencia política del empresario y conductor radial sanjuanino radica en unos niveles de audiencia superiores al 70% del total de los aparatos encendidos de la provincia de Córdoba, proviniendo buena parte de su audiencia de sectores de escasos recursos. Esto último es lo que torna más peligrosa la prédica antiinmigrante de Pereyra, porque de concitar receptividad la misma, puede enfrentar entre sí a fracciones de la población con características similares, e intereses que deberían converger.

De cualquier modo, vale decir que el discurso de Pereyra de ninguna forma representa un discurso novedoso o rupturista. Si se examinan los contenidos que circularon en estos días en los medios porteños se puede observar la continuidad de una línea político-discursiva.

Jorge Lanata fue quizás el primer periodista “notable” en abocarse en este último tiempo al tema inmigración. Dedicó buena parte de una edición de su ciclo Periodismo para Todos a “contabilizar” los gastos que le provocan los inmigrantes al Estado argentino y al gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Para lo primero se efectuaron referencias a la cantidad de estudiantes de origen extranjero que realizan sus estudios universitarios en la Universidad de Buenos Aires, para lo segundo se apeló al número de extranjeros que recurren a los servicios médicos en los hospitales públicos de la provincia bonaerense.

El periodista “ladero” de Lanata, Luis Majul, sostuvo varias referencias similares. En su programa La Cornisa, Majul dedicó un editorial, “Mitos y verdades de la inmigración en la Argentina”, a interrogarse sobre si mermaron los controles migratorios, realizando señalamientos como que Argentina es el país de Latinoamérica que más inmigrantes recibe, y que un poco menos del 6% de la población carcelaria local es de origen extranjero.

La prédica contra los inmigrantes de los países adyacentes y del Cono Sur no se circunscribe a periodistas, sino que también es reproducida por referentes políticos locales. De estos últimos quizás el más emblemático sea Miguel Ángel Pichetto, tanto por las posiciones institucionales que supo ocupar (jefe del Senado), como por el espacio político del cual proviene, el Frente para la Victoria (FpV). Pichetto, al más fiel estilo Majul, apeló al recurso de la interrogación, preguntando: “¿Cuánta miseria puede aguantar la Argentina recibiendo inmigrantes pobres?”.

Como si se tratara de un discurso coordinado, el referente del FpV enfatizó la necesidad de aumentar los controles migratorios, sostuvo que “las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos. La Argentina incorpora toda esta resaca”, y señaló que este país concede graciosamente a los inmigrantes una serie de beneficios que no tienen correspondencia para los argentinos en el extranjero. El punto cúlmine, que articula todo el discurso del senador Pichetto, es su cuestionamiento a lo que él denomina la “cultura igualitaria” del país.

Nos hallamos ante un discurso que pretende sostener que los inmigrantes -siempre de los países limítrofes o del Cono Sur- representan una carga costosa para el Estado Nacional y las administraciones provinciales, que los mismos están asociados a prácticas delictivas, que su presencia se ha multiplicado de acá a un tiempo, entre otros señalamientos que contribuyen a constituir un imaginario social negativo sobre el inmigrante “cercano”. Este imaginario no actúa de forma aislada, sino que mediante otros dispositivos discursivos, como el de la meritocracia, opera buscando instalar tópicos como que el Estado debe intervenir en menor medida en lo social, como que sólo progresan los individuos que se esfuerzan, atacando de modo directo las bases sobre las que se asienta la “cultura igualitaria” que cuestiona Pichetto.

La prédica antiinmigrante interviene, en cuanto mecanismo, para salvaguardar a un gobierno nacional cuyas políticas aperturistas pro-empresarias, lejos de promover el “crecimiento sustentable” al que hacen referencia las autoridades nacionales, han aparejado despidos, una mayor inflación, el aumento sustancial del costo de vida, entre otras cuestiones tendientes a degradar la calidad de vida de los habitantes del país. De esta forma, el inmigrante se convierte mediáticamente en la causa, en la fuente, de todas las desgracias que padece la ciudadanía argentina.

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