Deportes

2 marzo, 2014

La Guerra del Fútbol

¿Pueden imaginarse que una derrota en el Maracaná derive en una declaración de guerra a Brasil? ¿O que una caída frente a Uruguay desencadene un intento de reconquista de la Banda Oriental? El 14 de julio de 1969 comenzó el conflicto bélico entre Honduras y El Salvador cuyo trasfondo se puede rastrear al fútbol.

¿Puede imaginarse que una derrota en el Maracaná derive en una declaración de guerra a Brasil? ¿O que una caída frente a Uruguay desencadene un intento de reconquista de la Banda Oriental? La sola idea es surrealista, pero ocurrió hace casi medio siglo y no en un rincón perdido del sudeste asiático o el Cuerno de África sino en Nuestra América.

El fútbol organizado y profesional apareció en Centroamérica entre fines de los años 50 y principios de los 60. Es así que en ese 1969 tanto la selección de Honduras como la de El Salvador buscaban clasificarse por primera vez a una Copa del Mundo, que además tenía el aliciente de jugarse cerca de casa, en México. Debían enfrentarse en partido ida y vuelta en una suerte de semifinal, cuyo ganador enfrentaría a Haití por un cupo en el Mundial.

Para el 8 de junio, cuando se jugó el partido de ida en Tegucigalpa, las tensiones entre los dos países ya habían alcanzado un nivel importante. El dictador hondureño Oswaldo López Arellano había emprendido una reforma agraria regresiva, que expulsó a miles de campesinos salvadoreños -a su vez echados de su país por los grandes hacendados- del occidente del país; se trataba de un capítulo más dentro de las disputas históricas entre el “grande” del Atlántico, Honduras, y el “chico” del Pacífico, El Salvador.

En ese marco llegó el combinado salvadoreño a la capital del país vecino para disputar el primer partido de la serie. Era una noche de sábado y los jugadores “guanacos” no pudieron dormir en toda la noche: cohetes, piedras en las ventanas y todo tipo de hostilidades partían de la calle para impedirles el sueño. A pesar de la somnolencia rival, Honduras sólo pudo llegar al gol del triunfo sobre la hora, en los pies de Roberto Cardona. Una joven salvadoreña, Amelia Bolaños, no soportó la derrota y se suicidó de un tiro en el corazón en el mismo momento en que, a pocos kilómetros, Cardona festejaba.

Bolaños fue rápidamente convertida por el presidente salvadoreño, General Fidel Sánchez Hernández, en mártir nacional. Su entierro fue evento oficial del que participó toda la plana mayor de su gobierno, con fanfarria militar y bandera de ceremonia sobre el ataúd. Dos inocentes, el fútbol y Amelia Bolaños, se utilizaban como pretexto para preparar el terreno de la guerra que de cualquier manera ya era prácticamente un hecho.

En San Salvador, una semana después, la venganza de los locales no se hizo esperar y esta vez los que no pudieron descansar fueron los hondureños, que tuvieron que ser llevados al estadio al día siguiente en camiones blindados. A los costados del camino, miles de salvadoreños hostiles agitaban la imagen de la adolescente heroica. La tensión era cada vez mayor, y la ventaja para el local también: el partido terminó 3-0 y obligó a jugar -como se estilaba en la época- un tercer encuentro desempate. Los jugadores visitantes pudieron salir, pero los hinchas tuvieron menos suerte, y la situación terminó con dos muertos.

El partido definitivo se disputó en el entonces flameante Estadio Azteca de la Ciudad de México. De un lado del gigante de cemento, los hinchas hondureños; del otro, los salvadoreños; y en el medio, 5 mil policías mexicanos que eran igualmente hostiles a ambos. Los dos grupos de simpatizantes habían tenido que cruzar Guatemala para llegar. Cabe preguntarse si la costumbre de los “pulmones” dividiendo hinchadas no se inventó aquel 27 de junio de 1969.

Lo que pasó dentro de la cancha no estuvo exento de emoción. El nerviosismo se notaba en los 22 jugadores y el primer tiempo terminó 1-1. La segunda mitad fue 2-2 con lo que, para aumentar el morbo, hubo que ir a la prórroga. Cuando se jugaban 11 minutos del suplementario, un pelotazo largo desde la defensa salvadoreña fue peinado por Elmer Acevedo y llegó a los pies de Ramón Martínez, que asistió a Mauricio “Pipo” Rodríguez para que anotara el 3-2 definitivo con que El Salvador eliminaba a Honduras y se ganaba la posibilidad -que luego conseguiría venciendo a Haití- de clasificar al Mundial.

A pocos días de terminado el partido se desató en Honduras una huelga general que puso en jaque a la dictadura de López Arellano; fue la gota que rebalsó definitivamente el vaso. Había que desviar la atención y, con las heridas de la caída deportiva y la reforma agraria tan abiertas, la guerra con El Salvador era un movimiento casi lógico.

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, que luego acuñaría el término con que se conoció el conflicto y que titula esta nota, expresó así el inicio de las hostilidades reales luego de la declaración formal, en un cable para su agencia de noticias, PAP: “TEGUCIGALPA (HONDURAS) PAP 14 DE JULIO VÍA LA RADIO TROPICAL RCA HOY A LAS 6 DE LA TARDE COMENZÓ LA GUERRA ENTRE EL SALVADOR Y HONDURAS LA FUERZA AÉREA DE EL SALVADOR BOMBARDEÓ CUATRO CIUDADES HONDUREÑAS STOP AL MISMO TIEMPO EL EJÉRCITO SALVADOREÑO CRUZÓ LA FRONTERA HONDUREÑA TRATANDO DE PENETRAR EN EL PAÍS STOP EN RESPUESTA A LA AGRESIÓN LA FUERZA AÉREA DE HONDURAS HA BOMBARDEADO IMPORTANTES OBJETIVOS ESTRATÉGICOS E INDUSTRIALES Y FUERZAS TERRESTES INICIARON UNA ACCIÓN DEFENSIVA”.

El conflicto bélico duró apenas cuatro días, por lo que también se lo conoce como “de las 100 horas”. En ese pequeño lapso el cálculo de muertos se estima entre 2 mil y 6 mil, y el de heridos y desplazados en uno mucho mayor. Brillantemente ingratos los políticos centroamericanos le echaron la culpa a la pelota de sus disputas oligárquicas, y lograron que, más de 42 años después, sigamos hablando de “la Guerra del Fútbol”.

Nicolás Zyssholtz

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