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La dispersión en acto

La dispersión en acto
mayo 02
01:15 2014

Por Patricio Klimezuk. Este jueves se conmemoró un nuevo aniversario del Día Internacional de los Trabajadores y más allá del recuerdo del por qué se estableció esta jornada, lo interesante -al menos en esta ocasión- es evaluar cómo se desarrolló en nuestro país y qué pone en escena esa situación.

El primero de mayo es una fecha con una enorme carga simbólica, con historia y actualidad, por lo que representa y porque todos los actores del arco político, aún los que llevan o buscan llevar adelante proyectos cuya esencia está lejos de favorecer los intereses de los trabajadores, tienen algo para decir y hacer. Además, es la jornada en la que los trabajadores celebran serlo y recuerdan a aquellos y aquellas que dieron su vida para mejorar las condiciones de existencia de la clase.

Todo primero de mayo tiene un marco, un momento en el que se desarrolla y que establece los parámetros económicos, políticos y culturales en los que se realiza la conmemoración. Este año, no es la excepción.

Luego de 10 años de crecimiento económico, la realidad de la clase es que al desempleo masivo de la década del ’90 le siguió la creación de alrededor de 5 millones de puestos de trabajo, bajando a menos de un dígito la desocupación. Sin embargo la particularidad, reconocida hace unas semanas por el propio gobierno nacional que envío un proyecto de ley al Congreso apuntando en esa dirección, es el alarmante nivel de precarización laboral que se registra en el mercado laboral y que abarca, porcentajes más porcentajes menos, a la mitad del total de los trabajadores del país. Eso no significa que el otro 50% no tenga problemas -mayoritariamente, aunque no exclusivamente, salariales, sobre todo después de la devaluación y el crecimiento de la inflación en los últimos meses- sino simplemente que se encuentra registrado, lo que supone reconocimiento de sus derechos laborales. El resultado es una composición de la clase muy heterogénea.

A esta situación hay que agregarle otra, las fuerzas y las organizaciones del campo popular se encuentran fragmentadas, divididas y con horizontes políticos diferentes. Si la unidad siempre fue difícil entre ellas, 10 años de un proyecto que a muchas atrajo (no abonaremos a la idea de cooptación, porque implica que lo que abunda es el dinero y no la pertenencia a un espacio político por definición propia) y, del otro lado, las disputas en torno a cómo posicionarse de cara a ese mismo proyecto, terminaron por configurar el escenario que tuvo este primero de mayo: una miríada de actos, algunos de ellos coexistiendo en tiempo y -casi- espacio.

Uno de los actos fue el que puso más de manifiesto las diferentes situaciones que vive la clase trabajadora. Se trata del que realizó la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), que reúne a los trabajadores cooperativistas y que marchó desde el Obelisco al Ministerio de Trabajo. Exigía apertura de paritarias y su reconocimiento como sindicato, entre otras cosas.

Por otra parte, la CTA dividida hace ya 4 años no podía dar otro producto que dos actos, cada uno encabezado por una de las fracciones. En Racing se reunió la militancia de la conducida por Hugo Yasky, con locro y acompañamiento al Ejecutivo nacional. En Congreso, se concentró la seccional Capital de la liderada por Pablo Micheli, con su claro posicionamiento contra el gobierno de Cristina Fernández.

La Corriente Sindical Rompiendo Cadenas, cuyo origen se encuentra en organizaciones políticas y sociales de la (auto)denominada “nueva izquierda” y cuyos referentes sindicales se desempeñan mayoritariamente en el ámbito público, estuvo en Plaza Lorea, lugar emblemático porque allí los trabajadores de principios de siglo conmemoraban su día.

Por último, y en un hecho particular de la historia que dice mucho del presente, las coordinadoras sindicales de la izquierda (la Coordinadora Sindical Clasista, ligada al Partido Obrero, y el Encuentro Sindical Combativo, en el que están el resto de las fuerzas del Frente de Izquierda, Izquierda Socialista y el Partido de los Trabajadores Socialistas, y otras organizaciones y referentes de izquierda, como el “Perro” Santillán) se concentraron en Plaza de Mayo, en lo que llamaron un acto unitario, que por lo que anteriormente mencionábamos, es un sayo que no le cabe a ninguno.

Sin embargo, la idea de unidad, el canto de cisne de todos y no solo de la izquierda que se reunió en Plaza de Mayo, nos permite adentrarnos en dos de las principales cuestiones que la conforman: el programa y la voluntad de llevarla adelante. Cada momento histórico, con su correspondiente análisis de la situación en que se encuentra la lucha de clases y por ende, los trabajadores, determinan un cierto programa y un curso de acción para los mismos. Si la voluntad de unidad, el segundo punto, de superar la particularidad de uno, la autoconstrucción, no existe, es imposible pensar en que se conformen espacios que superen la identidad propia.

Este primero de mayo es rico en conclusiones en ambas cuestiones. Evidentemente, las organizaciones que motorizaron los acontecimientos de esta jornada proclamaron a los cuatro vientos sus deseos de unidad, lo que confirma -una vez más- que es una bella palabra y un slogan político potente, pero que su concreción práctica es difícil. Lo es porque lo que nos enseña la historia del campo popular argentino es que las mezquindades y miserias son las que predominan y este año no fue la excepción. Ni siquiera en un contexto como el actual, dónde las dificultades presentes y las que se avecinan para la clase trabajadora son preocupantes.

Sin embargo, nunca se debe olvidar que con la voluntad -aunque sea importante- no alcanza y que lo otro que predominó en esta nueva conmemoración son las diferentes lecturas partiendo en general de un análisis común de los difíciles tiempos que corren.

 

@klimenza

Delegado de la Comisión Gremial Interna y delegado paritario de la Agencia Télam

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