Fútbol

27 mayo, 2014

Para ser mejor que Maradona hay que ser Mágico

Por Edson Joao Zumbi Lima, desde Brasil. Diego aseguró que Jorge González era superior a él. El salvadoreño fue un futbolista diferente, tanto dentro como fuera de la cancha. Se lo considera uno de los más habilidosos de la historia.

Por Edson Joao Zumbi Lima, desde Brasil. Diego aseguró que Jorge González era superior a él. El salvadoreño fue un futbolista diferente, tanto dentro como fuera de la cancha. Se lo considera uno de los más habilidosos de la historia.

Jorge González. Es prácticamente lo mismo que decir N/N. ¿Cuántos Jorge González habrá en Latinoamérica? ¿Un millón? ¿Diez millones? Por lo menos. Así que un tipo que se llama así necesita un apodo que lo complete. Que lo haga distinto. Este Jorge no era cualquier Jorge. Era el Mágico.

La biografía dice que nació el 13 de marzo de 1958 en San Salvador. Pero en la década del ’80, salvadoreños y gaditanos estaban perfectamente convencidos de que había nacido un 25 de diciembre en Belén. Y también un argentino: antes del Mundial de España, a Diego Armando Maradona le preguntaron si se consideraba el mejor jugador del mundo. Respondió que no, que había uno mejor que él. El Mágico González.

¿Qué tan bueno tiene que ser uno para ser una figura de una Copa del Mundo, jugando en uno de los peores equipos de la historia de la competencia? El Salvador debutó en España recibiendo la peor goleada de la historia: 10-1 con Hungría. Pero los flashes se los llevó el Mágico. Un perfecto desconocido para el masivo, proveniente de un país ínfimo de Centroamérica que solo salía en los diarios para hablar del conflicto armado que causó decenas de miles de muertos en aquella época.

Pero primero lo primero. Debutó a los 18 años, en ANTEL de la liga salvadoreña, que como el nombre sugiere, era el equipo de la compañía telefónica. Pasó en 1978 al FAS, el club más importante del país. La primera aparición del fútbol cuscatleco fue cuando clasificó para México ’70, destacando entre la debilidad centroamericana de aquel entonces y aprovechando que el país anfitrión –que dominaba a gusto las competencias regionales- ya estaba clasificado. Eliminó a Honduras (en aquella serie que fue detonante de una escaramuza armada, bautizada por el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski como “Guerra del Fútbol”) y a Haití.

Mágico tenía en ese momento 11 años y la mala actuación de su selección no le apagó la ilusión. Perdió sus tres partidos aquella vez, con los locales, la Unión Soviética y Bélgica. Y como venía diciendo, la cosa fue bastante parecida en 1982, con el niño del ’70 como gran figura. Tras esa goleada ridícula con Hungría, le hicieron partido a Bélgica y Argentina: 1-0 y 2-0 respectivamente, con González como gran figura para permitirle a El Salvador irse con dignidad de su segundo Mundial.

Era un diferente en todo sentido. Aquellos que fueron sus compañeros aseguran que llegaba a dormir hasta 16 horas por día y jamás llegaba a entrenar. Tal es así que cuando, después del Mundial, se quedó en España, lo primero que hizo el Cádiz fue traer a los dirigentes del FAS, para que les expliquen cómo manejar el carácter del Mágico; y después decidieron poner un empleado del club cuya única función era que apareciera en los entrenamientos.

En la cancha no había manera de pararlo. No se como le dirán en El Salvador, pero ustedes argentinos dirían que era “de potrero”. Gambeteador, de pisada, medias bajas, pegada fenomenal, carácter podrido. Tenía algo de mi querido Mané Garrincha. Ya no se hacen más así. Ahora se tiran al piso, se arreglan el pelito y patean los tiros libres como si fueran rugbiers, asegurándose de poner el pie de manera que se vea bien la marca de los botines.

En Cádiz, quizás la más “latinoamericana” de las ciudades españolas, se convirtió en Dios. Hasta el día de hoy, no hay otro objeto de adoración en esa ciudad andaluza más que el Mágico. El amor que sienten por él solo se puede comparar con el que Nápoles profesa por Maradona.

Pero nunca quiso llegar más lejos. Le gustaba la noche, el día lo quería para dormir y jugar a la pelota era para divertirse. Tres años en el Cádiz y algunos inconvenientes lo mandaron un año a Valladolid. Pero la temporada siguiente –estamos en 1986-, los hinchas auriazules lo pidieron de nuevo a gritos. Siguió hasta 1991 y se volvió a la patria, al FAS. En el ’94 estuvo a punto de llevar a otro Mundial a la Selección. Y en el ’95 sacó campeón a su equipo tras 10 años. Como decíamos, le gustaba jugar y siguió hasta los 40 años. Los domingos. Entrenar, ni loco.

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