Batalla de Ideas

10 junio, 2014

Teatro Antidisturbios. Sobre los palos y el modelo (I)

Durante de diez años, el kirchnerismo se ha caracterizado por no avalar (al menos discursivamente) la represión hacia la protesta social. Primera parte de un análisis sobre las contradicciones de esta política en los tiempos del “crecimiento económico con inclusión”.

Durante mas de diez años, el kirchnerismo se ha caracterizado por no avalar (al menos discursivamente) la represión hacia la protesta social. Primera parte de un análisis sobre las numerosas contradicciones que ha atravesado esta política en los tiempos del “crecimiento económico con inclusión” y cuál es el panorama que se revela ante el desgaste de una de las expresiones políticas que mas ha perdurado en el Ejecutivo.

Aquel brutal hecho conocido como la Masacre de Avellaneda, en el que fueron asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, marcó el principio del fin para el gobierno de Eduardo Duhalde. La relación entre gobierno, represión y protesta social, sin ser un elemento menor, exigió al nuevo presidente Néstor Kirchner una política al respecto más eficiente que la de su antecesor. Aquel kirchnerismo recién nacido debía dar algunas respuestas (además de palos) al panorama político y social que había engendrado las revueltas populares de diciembre del 2001.

La principal tarea para esta facción del Partido Justicialista era reconstruir la legitimidad del Estado y la institucionalidad política, es así que mientras se apuntaló un nuevo ciclo de crecimiento de la economía (basado en la profundización de una matriz extractivista y un estímulo a la reactivación de la capacidad ociosa de la industria) también se combinaron concesiones significativas a los sectores populares, con estrategias de fragmentación, cooptación y reconfiguración de los movimientos populares surgidos de la resistencia al neoliberalismo más duro. Partiendo de aquí, cualquier análisis sobre la política del kirchnerismo hacia la protesta social se torna más que complejo.

La política de Poncio Pilatos

Si bien durante la década kichnerista hubo una actitud benévola (priorizando un diálogo formal o ignorando completamente lo sucedido) ante toda protesta que no afecte específicamente a los puntos neurálgicos del poder o la acumulación de capital, lo que ha marcado y dictado la mayor parte de la relación entre el kirchnerismo, la coerción y la protesta social es “la política de Poncio Pilatos”. Emulando al regente romano que se lavó las manos ante Cristo, la política del kirchnerismo ha implicado un “dejar hacer” que esconde detrás de sí una innegable complicidad pero que permite cierto margen de juego para desligarse de cualquier consecuencia poco feliz.

Sabiendo que la suma de las partes nunca implica un todo, podríamos decir que la gran cantidad (y variedad) de hechos represivos acontecidos durante la década kirchnerista no pueden considerarse parte de un plan represivo sistemático y acabado, sin embargo esto no implica que no haya habido grandes responsabilidades por parte del Gobierno Nacional.

Aquellas medidas de lucha que afectaron directamente a los grupos concentrados en los cuales se ha sostenido el crecimiento económico casi siempre han sido brutalmente reprimidas. Tomemos como ejemplo las protestas en las zonas cordilleranas contra la mega minería, o las protestas Qom en Chaco y Formosa contra la deforestación y la sojización del territorio, donde cabe destacar la presencia de sicarios al servicio de los terratenientes, como aquellos que cargan en sus espaldas la muerte de Cristian Ferreyra en Santiago del Estero. No es un dato menor que una gran cantidad de luchas por cuestiones como la trata de mujeres y el aborto también hayan sido reprimidas, muestra cabal de la influencia de determinados sectores del poder como la Iglesia sobre la decisión de algunos representantes.

Aun así, el kirchnerismo ha tomado los reaseguros para no quedar totalmente involucrado. La mayor parte de las represiones en estos casos ha sido llevada a cabo por las policías provinciales y/o patotas con fuertes vínculos con los ejecutivos provinciales. Es así que la vieja política de la “vista gorda” ha garantizado una represión tercerizada donde no necesariamente se deben pagar los platos rotos.

Es así que durante los últimos años la represión de la protesta (y pobreza) social se ha manifestado casi como un liberalismo económico, donde el Gobierno Nacional ha dejado hacer según su conveniencia, sin planificación clara, dejando esbozar sólo algunas pequeñas pinceladas. Tanto el asesinato del maestro neuquino Carlos Fuentealba a manos de Sobisch como el crimen de Mariano Ferreyra a manos de una patota de la burocracia sindical son muestras claras de esto.

Hablamos de dos asesinatos que, si bien no tienen una vinculación directa con el Gobierno Nacional, han causado más de un dolor de cabeza a los defensores del modelo y han desmejorado la imagen pública del kirchnerismo en el plano político. Parecería ser que no se puede esquivar tan fácilmente la capacidad de leer entre líneas que ha desarrollado sociedad argentina, ya que, como dice el refrán popular “la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer”.

 

Juan Manuel Erazo – @JuanchiVasco

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