Fútbol

10 julio, 2014

Finalistas… ¡y lo demás no importa nada!

Hoy no es un día para periodistas. No es un día para el análisis, para la reflexión pormenorizada de un hecho histórico que sólo deja lugar para la emoción. Argentina volvió a la final de una Copa del Mundo tras 24 años.

Hoy no es un día para periodistas. No es un día para el análisis, para la reflexión pormenorizada de un hecho histórico que sólo deja lugar para la emoción. Argentina volvió a la final de una Copa del Mundo tras 24 años.

Lo hizo en una definición por penales, esa instancia tan fortuita como infartante que nos hizo festejar en el 90 por duplicado, contra los ingleses en el 98 pero que sufrimos en el 2006. Intentaremos por un rato abstraernos del clima de algarabía y dejar por escrito algunas impresiones de un duelo que será recordado por su paridad exasperante, digna de una partida de ajedrez entre dos grandes maestros.

Argentina y Holanda plantearon un encuentro donde el objetivo central pasó por neutralizar lo mejor del otro. Se podía prever y efectivamente fue así. Por momentos, las dos selecciones parecieron un espejo, se reflejaban una a la otra. Messi controlado por los naranjas, Robben enclaustrado en el cerrojo argentino.

Como contra Bélgica, Demichelis y Garay fueron una dupla central de excelencia, acompañados por un prolijo Zabaleta y el regreso de Rojo que esta vez estuvo más concentrado en marcar que en proyectarse como en las anteriores encuentros. Es la gran paradoja de la Selección. Proyectado como el equipo de “Los Cuatro Fantásticos”, cuya voracidad ofensiva prometía 3 goles por partido a un conjunto granítico, con una disciplina táctica envidiable y con destacadas actuaciones de quienes cumplen funciones de mitad de cancha hacia abajo.

En ese esquema, la estrella indiscutible fue Mascherano. Sin temor a ser grandilocuente, fue el mejor partido de su historia en la Selección. Su cierre ante Robben al final del partido ya entró en la memoria de los argentinos junto al penal de Maxi Rodríguez.

Pero no sólo eso. El corazón que tiene es enorme, su ubicación en la cancha es majestuosa. Nadie como él merecía estar en el Maracaná el próximo domingo. Nadie como él merecía esta redención. Este pase a la final es el pase suyo y el de muchos otros grandes jugadores que han pasado por el seleccionado sin haber cosechado victorias de relieve. Jugadores vapuleados, con el cruel mote de perdedores. En ese grupo, aún cuando siempre dejó todo, cuando nunca se guardó nada, estaba Masche. “Estoy cansado de las lágrimas de Batistuta, de las lágrimas de Mascherano”, dijo alguna vez el Diego. Por suerte, estas lágrimas son de alegría.

Argentina propuso un poco más que Holanda. Los dirigidos por Van Gaal estuvieron demasiado estáticos, se dedicaron a mover el balón con mucha precisión pero sin profundidad. Por momentos parecía que no querían atacar, aunque simplemente apelaban a la paciencia a ver si encontraban un hueco que en escasas oportunidades iba a encontrar. Los de Sabella también supieron ser pacientes, pero por las características de sus jugadores había cierta tendencia a intentar ser incisivos. No fue lo que predominó, la diferencia fue leve, más allá de que se notó esa pretensión.

Allí jugó un rol sorprendente Enzo Pérez, quien jugó 80 minutos de altísimo vuelo. Aportó desequilibrio, gambeta, buenos centros y despliegue. Completito de principio a fin hasta que Sabella lo sacó en un cambio que sorprendió a todos. Ante las dificultades de Messi o el rol más defensivo de Lavezzi, fue lo más peligroso en el ataque. Se extrañó muchísimo a Di María.

Más allá de actuaciones individuales de mejor o menor nivel, los minutos transcurrieron hasta volver inevitable el alargue y luego la indeseada definición por penales. Los holandeses movieron el banco más temprano y en Argentina llegó un doble cambio a falta de 10 minutos para el final del tiempo reglamentario con el objetivo de pensar un poco más en el arco de enfrente. El retornado Agüero y Rodrigo Palacio por Enzo Pérez e Higuaín. Malos cambios desde el vamos y en el desenlace, salvo por el penal en la serie que convertiría el Kun.

Lo del jugador del Benfica afuera sólo se entiende por un probable cansancio. Lo del Pipa, siempre inquietante aunque muy aislado entre los prolijos centrales naranjas, fue incomprensible. Se deducía la salida de Lavezzi con el ingreso de Palacio y quizás alguien que conectara más con Messi en la mitad de cancha (¿Ricky Alvarez?). Para colmo, tanto el Kun como la Joya se perdieron goles que hubieran ahorrado el sufrimiento desde los 12 pasos.

Finalmente esa definición llegó. La tensión llegó a su punto máximo. Y ese “hoy te convertís en héroe” que Mascherano le arrojó a Romero minutos antes empezó a hacerse realidad con ese primer disparo atajado a Vlaar. La ejecución de Messi nos puso en ventaja. Robben no dudó. Garay fue tan eficiente como lo había sido en los 120 minutos. Le tocó el turno a Sneijder. Y ahí sí: Sergio Romero entró en la historia grande del fútbol argentino con una nueva atajada. Agüero puso el 3 a 1. Kuyt les dio una leve esperanza a los holandeses. Pero llegaría ese instante mágico: Maxi Rodríguez, el que nos había hecho gritar en 2006 con aquel golazo ante México en octavos de final, sería el encargado de meternos en una final por quinta vez en la historia y por primera vez en 24 años.

Sí, vale la pena enfatizar ese dato. ¡24 años! Mucho, mucho tiempo. La alegría es inmensa, la ilusión de más gloria sigue siendo enorme. Gracias, gracias y más gracias. ¡Vamos Argentina!

 

Sebastián Tafuro – @tafurel

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