Batalla de Ideas

28 julio, 2014

Disyuntivas ante la deuda

Por Ulises Bosia. Entrar en cesación de pagos compromete el conjunto de la estrategia económica del gobierno nacional y hace peligrar la estabilidad económica hacia fin de año. Aceptar las condiciones de los buitres es asumir una deuda impagable. ¿Qué alternativas quedan?

Por Ulises Bosia. Entrar en cesación de pagos compromete el conjunto de la estrategia económica del gobierno nacional y hace peligrar la estabilidad económica hacia fin de año. Aceptar las condiciones de los buitres es asumir una deuda impagable. ¿Qué alternativas quedan?

El retorno al centro del debate político público del problema de la deuda externa, tras varios años en los que fue considerado un tema menor y hasta superado, remite inmediatamente al pasado reciente. A la última dictadura, a la democracia neoliberal y en particular al gobierno de la Alianza y al estallido social del 2001. En aquellos años, la deuda era “el” problema económico en nuestro país.

Que ahora haya retornado con mucha fuerza demuestra que, se quiera o no, sigue siendo un elemento estructural de la dependencia nacional. Pero ese no será el argumento principal de esta nota.

En realidad, el retorno del problema de la deuda tiene más que ver con el presente y el futuro inmediato que con el pasado, aunque la disputa con los buitres concretamente se debe al último resto de deuda externa declarada en cesación de pagos en aquel diciembre de 2001. Pero la confirmación del fallo de Griesa empalmó con la etapa final de la estrategia del gobierno nacional de apelar a los mercados financieros para aliviar las cuentas públicas de cara a una situación económica delicada.

El gobierno tiene muy presente los últimos meses del 2013, con fuertes operaciones financieras contra el peso y con los exportadores acumulando la cosecha en los silos bolsa especulando con una devaluación, y decidió evitar a toda costa que el 2014 termine igual. Para ello optó por apostar a la llegada de dólares tanto bajo la forma de inversiones extranjeras como de toma de deuda, tal como reclamaban sectores del poder económico y de la oposición política desde hacía años.

Esa es la razón por la que se decidió a reiniciar el ciclo del endeudamiento externo, tras años de negarse a hacerlo. Pero para ello previamente el gobierno debió resolver los litigios de empresas multinacionales en el tribunal del CIADI, indemnizar a Repsol, sincerar la inflación con asesoramiento técnico del FMI y arreglar con el Club de París. No era poca cosa. La suma de todos esos acuerdos de pago se calcula que ronda los quince mil millones de dólares, lo que representa algo más de la mitad de las actuales reservas en poder del Banco Central, que serán destinadas a ese uso durante los próximos años.

Con esos pasos dados, lo único que faltaba era que en el litigio con los buitres no hubiera un martes trece, al menos hasta que venciera la ya famosa cláusula RUFO a fin de este año, y entonces la suerte de los bonistas que entraron a los dos canjes de 2005 y 2010 se desligara de la de los que quedaron afuera. Pero lamentablemente para la estrategia del equipo económico argentino, el lobby de los buitres fue mucho para el octagenario juez Griesa e incluso para la propia Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos.

El problema es que ahora, ante el acercamiento del vencimiento del plazo de las negociaciones, estamos en una suerte de callejón sin salida. El gobierno nacional está decidido a pagar, cambió su tradicional discurso contra el capital financiero por el de que “queremos pagar pero no nos dejan”. Pero aceptar las condiciones de los buitres es llevar al país a un escenario de incertidumbre y posible crisis, ante la certeza de que los reclamos del resto de los bonistas que no entraron a los canjes, sumado al 92% que sí entró pero que podría pedir las mismas condiciones de pago que los buitres, convertiría a la deuda externa en una verdadera bomba de tiempo. Y por otro lado, si el gobierno se viera forzado a patear el tablero y entrar en una suerte de cesación de pagos involuntaria retrocedería por sobre todos los movimientos que vino haciendo desde el año pasado y que fueron reseñados arriba.

Pero eso no sería lo peor, sino que sin el ingreso de nuevos capitales, sería más dificultoso resistir una nueva avanzada especulativa contra el peso, con sus consecuencias en una posible devaluación y mayores dificultades para controlar la inflación.

El propio acuerdo con el gobierno chino, que determinó la existencia de once mil millones de dólares a disposición del Banco Central, en caso de necesitar fortalecer las reservas, sólo se entiende a partir de la preocupación de los funcionarios argentinos ante un escenario de estas características.

La oposición conservadora tiene una salida simple de este callejón. Según su particular concepción de la defensa del interés nacional simplemente debería hacerle caso al juez norteamericano y acatar sin condiciones su sentencia. Es decir, hipotecar sin concesiones los próximos años de nuestro pueblo ante una deuda que ya demostró su carácter perverso e impagable.

Sin embargo hay otra salida y es aprovechar esta nueva situación para suspender el pago del conjunto de la deuda, iniciar una profunda investigación de su origen, legalidad y legitimidad retomando el camino iniciado por el fallo del juez Ballesteros en el años 2000 y en consecuencia iniciar las acciones legales contra los empresarios nacionales e internacionales que se beneficiaron con las sucesivas estafas contra el pueblo argentino, así como también contras los funcionarios públicos que fueron partícipes de los negociados.

Poder disponer de los recursos que hoy el Estado destina al pago de la deuda abriría la posibilidad de encarar un profundo plan de viviendas, de invertir en sectores estratégicos de la industria o de poder acceder a pagar una jubilación mínima acorde a la canasta básica. Ello significaría asumir que nuestro país no sufre un problema de escasez de capital que hace necesaria la apelación a los capitales extranjeros para desarrollarse sino más bien lo contrario: hay una enorme masa de riqueza producto del sudor de los argentinos y argentinas que el capital local y extranjero fuga de nuestro país.

Transformar ese profundo circuito de la dependencia es lo que no se hizo en estos últimos diez años y mientras no se haga la deuda externa seguirá pesando sobre nuestras espaldas.

 

@ulibosia

 

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