Fútbol internacional

15 octubre, 2014

Se juega como se vive

El partido entre Serbia y Albania debió suspenderse por incidentes, tras la aparición de una bandera con una consigna a favor de la independencia de Kosovo. Fue el último de una serie de hechos en los que la Guerra de los Balcanes atravesó el fútbol.

El partido entre Serbia y Albania jugado en Belgrado debió suspenderse por incidentes, tras la aparición de una bandera con una consigna a favor de la independencia de Kosovo. Fue el último de una serie de hechos en los que la Guerra de los Balcanes atravesó el fútbol.

Los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado, entre marzo y junio de 1999 significaron, además de una flagrante violación de soberanía, el fin de la Guerra de los Balcanes y el desmembramiento definitivo de la antigua República Federal de Yugoslavia. Sin embargo, ese ataque contra la capital tenía el objetivo varios kilómetros al sur, en Kosovo. Allí, la guerrilla albanesa peleaba con el mismo nivel de violencia y una similar falta de interés por los derechos humanos con las fuerzas serbo-montenegrinas.

Limpieza étnica de por medio, la población de origen albanés de esta provincia pasó de ser algo más de la mitad, a casi el cien por ciento. Desde aquel ataque, en 1999, la región quedó bajo mandato de las Naciones Unidas. Hasta 2008, cuando, apoyada por Estados Unidos, Inglaterra y Francia, declaró su independencia de manera unilateral. Hoy, solo la reconoce una cuarta parte de la comunidad internacional; no lo hace Serbia, por supuesto, Estado al que de iure aún pertenece Kosovo.

Albania, si bien nunca formó parte de la federación yugoslava, tiene un papel determinante en esta historia. El país que gobernara Enver Hoxha con su particular visión del comunismo durante más de 40 años, es algo así como la madre patria de los kosovares. La tensión entre albaneses y serbios es, entonces, la que más a flor de piel se mantiene, década y media después del final de la guerra, por sobre todas las demás disputas étnicas balcánicas.

Previo a las Eliminatorias para la Eurocopa de Francia 2016, el azar decidió que estos dos países debieran enfrentarse en una cancha de fútbol, y así la selección albanesa volvió a visitar Belgrado luego de 47 años. Por el temor a enfrentamientos, se prohibió la presencia de hinchas visitantes, algo que en Argentina se convirtió en costumbre pero en Europa aparece como una excentricidad. Sin embargo, las previsiones no pudieron con los recursos del siglo XXI.

Cuando corrían 41 minutos del primer tiempo y Serbia se acercaba peligrosamente al arco defendido por Etrit Berisha, un dron -avión ligero no tripulado- sobrevoló el estadio Partizán con una bandera negra, que mostraba en su centro el contorno de la llamada “Gran Albania”, es decir, el territorio del actual país, unido al de Kosovo. La reacción de la tribuna no se hizo esperar y el árbitro inglés Martin Atkinson detuvo el partido en cuanto notó la situación. Cuando el avión estuvo a una altura suficientemente baja, el defensor serbio Stefan Mitrovic bajó la bandera de un tirón.

La reacción de sus rivales -siete de ellos de origen kosovar- no se hizo esperar: tumulto entre ambos planteles y suspensión inmediata del partido, mientras la violencia se trasladaba a las tribunas, donde al parecer había varios albaneses infiltrados. El hermano del primer ministro de este país, Olsi Rama, fue arrestado como autor material de la provocación. Prueba viviente de que el conflicto está tan vivo como siempre. Los Balcanes, como durante buena parte de su historia, son un polvorín.

Ni la primera, ni la segunda vez

El incidente recordó a uno ocurrido en el Mundial de Básquetbol de 1990, disputado en Argentina. La brillante selección yugoslava acababa de lograr el título y sus jugadores festejaban en el centro del parquet del Luna Park. Un hincha entró a la cancha con una bandera croata y el pívot serbio Vlade Divac no dudó en empujarlo y tirar la bandera al piso, un gesto que ofendió a sus compañeros crotas, entre los que se encontraban nombres tan brillantes como los de Toni Kukoc y, especialmente, Drazen Petrovic.

Tan grave fue el hecho que aquella brillante generación no volvió a competir en un mismo plantel, aunque la federación yugoslava todavía existía formalmente. Cinco años después, la nueva Yugoslavia, integrada por serbios y montenegrinos, ganó el campeonato europeo; pero los croatas, que habían salido terceros, abandonaron el podio antes de que los campeones recibieran la medalla dorada.

Unos meses antes de aquel hecho, ocurrió un incidente que aún se recuerda como “la primera batalla de la Guerra de los Balcanes”. El 13 de mayo de 1990 se enfrentaron en el estadio Maksimir de Zagreb el local, Dínamo, el más poderoso de los clubes croatas, con el Estrella Roja de Belgrado, gran potencia del fútbol serbio. Semanas antes habían sido las primeras elecciones multipartidistas en Yugoslavia, que habían llevado al poder a Franjo Tudman y Slobodan Milosevic, nombres claves para la masacre que se avecinaba.

Fue una batalla campal. El número oficial fue de 61 heridos, pero otros testimonios hablan de varios centenares. Del lado serbio, lideraba Arkan, luego acusado por crímenes de lesa humanidad al mando de su grupo paramilitar, los Tigres, formado claro, por ex barrabravas del Estrella.

Esa fue la última liga yugoslava unificada. Su selección, sin embargo, compitió en el Mundial de Italia integrada por jugadores de toda la federación. A punto estuvo de eliminar a Argentina, pero marró tres penales; uno de ellos lo falló Dragan Stojkovic, serbio, en aquel momento hombre del Estrella Roja. El arquero croata Tomislav Ivkovic, surgido en Dínamo, le atajó un penal a Maradona. Aquel era un equipazo que mereció mejor suerte. Un equipazo de un país que ya no existía. Formado por jugadores que, aún hoy, no pueden mirarse a la cara.

 

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

 

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