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Desarrollismo y progresismo

Desarrollismo y progresismo
octubre 07
00:01 2015

Por Ulises Bosia. El recambio presidencial pone en juego el carácter de las políticas económicas, en un contexto externo e interno de dificultades. El “desarrollismo” -presente de distintas formas en las campañas de Scioli, Massa y Macri- logra todavía ser asociado al progresismo, en lo que es una gran operación de tergiversación histórica.

A comienzos del siglo XXI las ideas “desarrollistas” o “neodesarrollistas” aparecieron vestidas con un ropaje progresista, en la medida en que promovían políticas públicas que acentuaban la recuperación de la producción industrial y la iniciativa del Estado, cuestionando al neoliberalismo.

Paradójicamente, sin embargo, en nuestra historia el desarrollismo no fue una corriente calificable como “progresista” sino una opción antipopular, que llegó a vincularse con gobiernos de facto y asociada al gran capital extranjero y local.

Cinco décadas de debate sobre la industrialización

Después de algunos primeros pasos, y en un contexto internacional marcado por la gran depresión, el inicio del proceso de industrialización de nuestro país normalmente se fecha en la década de 1930, caracterizada por la hegemonía política de una elite conservadora de ideología liberal que representaba los intereses oligárquicos de la clase dominante y del imperialismo inglés. Este hecho -en apariencia contradictorio- ya sugiere que la realidad es más compleja de lo que parece.

Más adelante, esa industrialización dio un salto de calidad con la llegada del peronismo al gobierno. Esta etapa vio un crecimiento cualitativo del mercado interno de nuestro país, propiciado por políticas públicas que apoyaron la organización y la fortaleza de la clase trabajadora aumentando el poder adquisitivo del salario -1954 junto a 1974 son hasta ahora los picos históricos- y estimulando la demanda por diferentes vías.

Entre 1946 y 1955 existieron los mayores niveles de independencia económica y control público del proceso de acumulación de capital de toda nuestra historia, como ilustran la nacionalización de los depósitos bancarios, el control del comercio exterior mediante el IAPI, la nacionalización de los ferrocarriles y los servicios públicos, entre otras medidas.

El violento final de la experiencia peronista con el golpe militar de 1955 abrió un periodo de gran inestabilidad, caracterizado por la intención de la clase dominante de desmontar las conquistas sociales y nacionales del peronismo, mientras se buscaba superar las contradicciones económicas que la llamada industrialización por sustitución de importaciones generaba.

Es decir que la política del establishment en 1955 no buscaba terminar con el país industrial sino reformarlo en función de sus intereses y los del capital extranjero, con distintos matices de acuerdo a la orientación ideológica de quienes lograban acceder a posiciones de gobierno, civiles o militares. Aunque ahora nos resulte un poco raro, fueron frecuentes políticas derechistas y pro imperialistas de desarrollo industrial.

Es decir que entre 1930 y 1976 la principal disputa en el terreno de las políticas económicas que se puede encontrar no es entre los intereses agroexportadores y los industriales sino entre una industrialización capitalista de carácter nacional y popular, de mayor valor agregado y orientación hacia el mercado interno, apoyada en una alianza social entre la clase trabajadora y la burguesía mercadointernista -que chocaba contra las limitaciones del carácter dependiente de nuestro país- y una industrialización capitalista controlada por el capital extranjero, de menores salarios, menor valor agregado y con una tendencia creciente hacia la exportación -que acentuaba el carácter dependiente de nuestro país-.

Las fuertes tensiones sociales y políticas que generaba esta etapa se agudizaron al máximo a finales de los años sesenta y principios de los años setenta, dando lugar al periodo de nuestra historia donde más amenazado estuvo el poderío de la clase dominante.

Eso la decidió desde 1975 a subordinarse a sus fracciones más concentradas, incentivar y sostener el terrorismo de Estado y la aplicación de una política económica que sacrificara una parte sustancial de la industria nacional a cambio de modificar los equilibrios sociales del país, también en un contexto internacional favorable que poco después daría lugar a políticas neoliberales en las potencias occidentales.

El kirchnerismo y el 2015

A 40 años de aquel momento, tanto el mundo como nuestro país son muy distintos. Sin embargo es posible trazar algunas analogías para ayudar a entender mejor lo que se discute en el recambio presidencial.

El kirchnerismo pasó por una primera etapa que se puede caracterizar como “neodesarrollista”, desde su asunción hasta 2008. Es la “etapa de oro” del modelo, donde el PBI crecía a “tasas chinas”, se crearon cinco millones de puestos de trabajo y regresó año a año la negociación paritaria, entre otros logros.

Sin embargo, poco a poco fueron apareciendo señales de que la clase dominante no estaba dispuesta a permitir la continuación de la recomposición del poder adquisitivo de los salarios, como el crecimiento de la inflación y el reclamo de una modificación de la política de subsidios a los servicios públicos y de un ajuste del gasto público. Hay que recordar que la temprana renuncia de Lavagna al Ministerio de Economía estuvo directamente relacionada con la negativa del presidente Kirchner a aceptar estos reclamos empresariales.

Después del conflicto con las cámaras patronales agropecuarias y el inicio de la crisis internacional, poco a poco se fue desarrollando una política económica que puso el acento en el sostenimiento del empleo y la demanda, desarrollando nuevos instrumentos de transferencia de ingresos como la AUH y la ampliación previsional y, sobre todo, la nacionalización de las AFJP.

Sin enfrentar directamente los núcleos del control del capitalismo argentino -lo que hubiera supuesto poner en discusión el control público del comercio exterior y del sistema financiero o la modificación de la legislación referente a las inversiones extranjeras- el kirchnerismo mantuvo una política, simbolizada hoy por la figura del ministro Kicillof, que lo fue enfrentando con distintos sectores de la burguesía local e internacional. El surgimiento desde su interior del Frente Renovador, con una reivindicación explícita de los primeros años del modelo, ilustra el distanciamiento paulatino del kirchnerismo del programa “neodesarrollista”.

En la actualidad, el desplazamiento de la crisis internacional a los países emergentes llevó a la propia presidenta a plantearle de forma provocativa esta orientación a los dirigentes de la Unión Industrial mediante la necesidad de “sustituir exportaciones”. Es decir, de apoyarse en el desarrollo del mercado interno para capear el temporal en el frente externo, agravado por la política económica recesiva dispuesta por el gobierno brasileño.

Esta orientación supone además profundizar la integración regional, en la medida en que el tamaño de nuestro mercado interno no genera la suficiente escala para la producción, por lo que la política brasileña es un doble revés. De esta manera, en cierta forma se reedita la tensión fundamental de la etapa de la industrialización por sustitución de importaciones, aunque en un nuevo contexto y sobre la base de una estructura económica radicalmente transformada en los años 90.

Sin embargo, la decisión de negociar con Daniel Scioli la sucesión en el gobierno va en contratendencia. Si Macri representa de manera transparente un proyecto de país liberal y excluyente -con una industria súper concentrada y extranjerizada orientada a la exportación de productos de bajo nivel agregado y gran rentabilidad-; el candidato del Frente para la Victoria no ha dejado de subrayar que la salida a la encrucijada argentina está en la llegada de inversiones extranjeras, la mejora de la competitividad de la industria y el reendeudamiento.

Puede entreverse de esta manera un acercamiento a las posiciones neodesarrollistas, que tendrá consecuencias en el nivel de vida de las mayorías populares -seguramente menos desastrosas que las del proyecto macrista, pero inevitables-. Se dibuja así en el horizonte una contradicción entre el mantenimiento de las conquistas logradas en estos 12 años y una eventual gestión de Scioli.

Vale la pena recordar que el presidente Arturo Frondizi -el gran ideólogo del desarrollismo, hoy reivindicado por Macri- sólo pudo llegar al gobierno mediante un acuerdo secreto con Perón. Pero más temprano que tarde, la aplicación de su programa y la continuidad de la proscripción del partido mayoritario llevó a sus votantes peronistas a un fuerte distanciamiento.

¿Es descabellado imaginar un porvenir de desencanto también para Scioli, votado hoy por millones de personas identificadas con las mejores banderas del kirchnerismo, mediante un acuerdo con Cristina?

@ulibosia

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