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Ayer sin formación ni vocación, hoy avezados candidatos

Ayer sin formación ni vocación, hoy avezados candidatos
octubre 12
00:00 2015

Tomando distancia del nivel demostrado por los candidatos a presidente en el reciente debate, el jefe de gabinete Aníbal Fernández les imputó al día siguiente su falta de “formación política”, condición –al parecer– de la que no carece Daniel Scioli.

Sin embargo, el reproche es tan loable, sensato y profundo que no se entiende cómo logra Fernández criticar a los ajenos sin cuestionar por igual a los propios.

En efecto, la formación y trayectoria política de los principales candidatos es tan modesta y parecida que lejos está de ser una casualidad. En pleno Río Gallegos, en julio de este año, Scioli reconoció haber aprendido mucho de Néstor Kirchner, de su “determinación por sus ideales, su militancia, su vocación, su espíritu de lucha”.

Aunque quizás sin saberlo, a lo que se refería el candidato del oficialismo es lisa y llanamente al historial de un militante que se dedicó desde joven a la política. Lo que destacó Scioli –y se puso también de relieve el día de la muerte de Kirchner– son en realidad las condiciones que solían ser propias de cualquiera que aspirase al principal cargo gubernamental del país.

La militancia en los órganos juveniles de los partidos, la participación en la vida política estudiantil y la inserción barrial fueron durante décadas los espacios de formación naturales de los líderes de la Argentina democrática.

Pero tan lejos parece haber quedado ese orden tradicional que dentro de un par de semanas la presidencia se la disputarán dos hombres que se iniciaron en la actividad política habiendo superado los 40 años de edad y cuyas historias de vida estuvieron más cerca del deporte y los negocios que de la lucha política.

Cuestión de interés

A diferencia de los licenciados en marketing y los ingenieros, no es posible ser dirigente político y no ejercer. Y puesto que un político que no ejerce no es tal, la experiencia es una cualidad inherente a la condición. Dicho de otro modo: ni Daniel Scioli ni Mauricio Macri pueden esgrimir mayores conocimientos y aptitudes que los que surgen del ejercicio mismo del oficio de dirigente político.

Al igual que Scioli, Macri es, en esencia, la suma de lo que dicen sus anuncios de campaña, lo que hizo –y lo que no– durante sus dos mandatos como gobernante, su breve experiencia parlamentaria y sus cuatro décadas de dedicación exclusiva al goce de la vida privada.

Así entonces, la demandada formación política les llegó a los principales aspirantes casi a la fuerza, recién cuando fueron convocados a la actividad política; antes no. Antes, a la edad a la que Mariano Ferreyra fue asesinado, Scioli apenas comenzaba a soñar con dedicarse a la motonáutica y Macri disfrutaba de sus primeros privilegios como joven rico de Buenos Aires.

No hubo en la vida de los jóvenes Daniel y Mauricio un interés que trascendiera más allá de su círculo íntimo del éxito: uno como deportista y otro como empresario, pero ambos ajenos a lo que acontecía en una Argentina que recién recuperaba la democracia.

Tan lejana a las cuestiones públicas se hallaban sus vidas que, sintomáticamente, ambos eligieron estudiar luego en instituciones privadas. Al igual que Sergio Massa –graduado en 2013 de la Universidad de Belgrano–, Macri cursó sus estudios en la Universidad Católica Argentina, mientras que Scioli lo hizo en la Universidad Argentina de la Empresa. A fin de año, alguna de las tres tendrá el curioso privilegio de ser la primera institución privada en formar a un presidente argentino.

Los nuevos presidentes

Tenía 27 años Raúl Alfonsín cuando fue elegido concejal de Chascomús, 18 tenía Alfredo Bravo el día que se instaló como maestro rural en el Chaco Santafesino y apenas 23 había cumplido Antonio Cafiero cuando se enroló en las filas del peronismo.

Por eso, cuando Scioli dice –y repite– que se preparó “toda la vida para ser presidente”, es posible que no se trate de una mentira grosera, sino de un aviso de cómo serán los liderazgos en el futuro.

Desde su sanción en pleno siglo XIX, la Constitución Nacional nunca hizo mucho más que exigir formalidades para ser presidente y delegó en los votantes la valoración de las demás condiciones subjetivas.

Y al parecer, ya se acabaron los tiempos en los que la pertenencia a un partido político o la propia orientación ideológica eran determinantes para la suerte electoral. Lo que continúa siendo un enigma es si los nuevos criterios de elección se acentuarán o cambiarán.

Si efectivamente gran parte del electorado prefiere candidatos que nada tienen que ver con la trayectoria pública, con la participación juvenil, con la abnegación militante, con la solidaridad gremial, con el activismo idealista, ello es una potente señal de lo que vendrá.

Tres advenedizos que lograron gestionar sus distritos y mantenerse en la escena pública se disputan hoy la sucesión de Cristina Kirchner. De los otros tres aspirantes –los más rezagados en las encuestas–, el más joven de ellos es Nicolás Del Caño, quien con sólo 35 años lleva más tiempo en la política que Daniel Scioli, el principal candidato y el de mayor edad.

¿Pero ello de por sí garantiza la declamada formación política? ¿Haberse dedicado durante 20 años a las lanchas o al fútbol constituye un mal signo? ¿Haber vivido durante 40 años de los frutos de las empresas familiares impide ser un buen dirigente político?

No necesariamente. Pero ante la complejidad, no deja de ser llamativo que la sociedad argentina elija confiar su destino a candidatos con experiencia de gestión, pero sin trayectoria ni formación política. En definitiva, quizás esa sea una nueva y dilatada consecuencia del desmoronamiento del sistema político que imperó hasta el 2001. El tiempo lo dirá.

Federico Dalponte – @fdalponte

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