Batalla de Ideas

20 noviembre, 2015

De “profundizar el cambio” a “cambiemos”

Por Andrés Scharager. La idea de “cambio” logró exitosamente convertirse en el eje de discusión de cara al ballotage. Producto de campañas electorales y de procesos estructurales, su instalación sólo ha sido efectiva en la medida en que encontró afinidad subjetiva con el sentir de la población.

Por Andrés Scharager. La idea de “cambio” logró exitosamente convertirse en el eje de discusión de cara al ballotage. Producto de campañas electorales y de procesos estructurales, su instalación sólo ha sido efectiva en la medida en que encontró afinidad subjetiva con el sentir de la población.

A escasos días del ballotage que va a erigir al presidente de los próximos cuatro años, es innegable que los destinos del país darán un giro más o menos pronunciado. Pero el panorama global, a pesar de la sorpresa de los resultados del 25 de octubre, está lejos de ser sorpresivo. En una nota anterior analizamos cómo el viraje conservador de las alternativas electorales estuvo enmarcado en la reemergencia de contradicciones económicas estructurales y en las limitaciones de la estrategia de acumulación política del Frente para la Victoria.

Sin embargo, esta lectura resulta insuficiente a la hora de relacionar estos procesos objetivos con resultados electorales que, en última instancia, son producto de decisiones subjetivas de personas concretas en un cuarto oscuro. ¿Existe un correlato entre una recesión o un déficit en la balanza de pagos con la forma en que los votantes interpretan un escenario electoral y optan por una u otra boleta? ¿”La gente” vota con el “bolsillo” y sopesa las propuestas racionalmente de acuerdo a sus conocimientos de economía? ¿O vota con el sentimiento a flor de piel, de acuerdo a enojos irreflexivos con cadenas nacionales o pasiones inexplicables por el carisma de un candidato?

Este terreno ha sido en general esquivo a los estudios de opinión, que han tendido a captar estos problemas por medio de encuestas, preguntándole a la población sus máximas “preocupaciones” o su “imagen” acerca de tal o cual político, como si sus respuestas permitiesen aprehender su raciocinio y a partir de ello deducir cómo experimentan la vida política y acaban por tomar decisiones en una sala de votación.

Estos análisis suelen llevar a una traducción simplificada de la realidad del votante, quien interpreta el mundo a su alrededor en base a trayectorias, ideologías, valores, sentimientos y contextos materiales que se conjugan en él de forma enredada, opaca y a menudo oscura, pues lo atraviesan factores estructurales que no necesariamente conoce pero a fin de cuentas lo constituyen.

Intereses y conciencias

Sentando las bases de lo que más tarde se conformaría como el campo de la sociología política, en el siglo XIX Karl Marx nos explicaba que si bien el lugar que ocupamos en la estructura social conlleva determinados intereses materiales, no somos necesariamente autotransparentes para con ellos. En otras palabras, percibimos el mundo a través de las categorías de otros y por ende la realidad se nos presenta velada, “invertida”. La forma en que vivimos el mundo se nos aparecería entonces como natural y autoevidente, pero estaría en el fondo condicionada por circunstancias que escapan a nuestro alcance y conocimiento.

Es sabido que los grandes partidos políticos de la Argentina actual distan de invocar la representación fiel y exclusiva de intereses de clase. Más que constituirse como “Partido de la Burguesía Industrial” o “Partido del Capital Financiero”, las agrupaciones que apuntan a construir mayorías (desde el PJ hasta la UCR), apelan a estrategias “catch all”, es decir, aspiran a representaciones policlasistas, congregadoras de intereses diversos.

El macrismo, salida por derecha al estallido de 2001 por parte de sectores empresariales que renegaban de las formas existentes de representación y decidieron incursionar por sí mismos en la arena política, emergió con un discurso a las claras conservador y fiel a los intereses y valores de los grandes capitalistas, las clases altas y las clases medias no peronistas. Su primera incursión electoral, al lograr convocar solamente a estos sectores, no consiguió llegar al gobierno. Pero las usinas del PRO aprendieron rápidamente la lección de que para conformar una mayoría tenían que invocar la vocación de satisfacer las aspiraciones de gran parte de la población.

A partir de una estética Ravi Shankar de “solución de los problemas de la gente” y una apelación new age a imágenes de futuros mejores, el PRO dio un viraje discursivo que logró exitosamente llevarlo al gobierno. Con el correr de los años, comprendió que su llamado a la concordia y la “igualdad de oportunidades” debía guardar cierta correspondencia con la realidad material. De a poco, fue dejando de lado aventuras de clase como la UCEP y la penalización de los cartoneros y pasó a implementar políticas de “promoción” del sur de la ciudad y lanzar programas de créditos a inquilinos, construyendo una imagen de sí mismo como defensor de lo público y de los necesitados.

Con un discurso vecinalista, su neoliberalismo social logró el apoyo de crecientes sectores de la población en la Ciudad. Y por medio de paciencia, persistencia, oportunas reivindicaciones del peronismo y una subestimada destreza política, se encumbró como alternativa nacional. Mientras tanto, el gobierno –lejos de aquellos primeros años de mejoras sustantivas de la calidad de vida–, fue perdiendo capacidad de interpelación frente a sectores de la sociedad cada vez más permeables a la convocatoria al “cambio”.

Cambia, todo cambia

La estrategia electoral de Daniel Scioli ha apuntado en las últimas semanas a develar los intereses “verdaderamente” defendidos por Macri y a explicar las consecuencias de sus propuestas económicas, advirtiendo que detrás del “cambiemos” hay un “volvamos”. Con dificultades para construir un discurso épico y afectivamente convocante (recuérdense efectivas campañas como “La fuerza del amor”), ha apelado a un votante de racionalidad instrumental, pasible de “hacer memoria” y analizar “objetivamente” las implicancias de una victoria de PRO-Cambiemos, pero no parece haber logrado penetrar en ese terreno guarecido de la subjetividad que sigue obstinadamente optando por el “cambio”.

Por este motivo, a Macri le ha sido relativamente sencillo esquivar las acusaciones y contraatacar invocando los sentimientos y valores ligados a la “revolución de la alegría”. En tanto la lucha por la dominación es una lucha por el significado, el PRO-Cambiemos disputa las elecciones en su propio terreno, al que Scioli ha intentado contradictoriamente adaptarse. Así, la “profundización del cambio” del apogeo del kirchnerismo comenzó a dar paso al “cambiemos” de una nueva derecha en ascenso.

Si bien un triunfo de Macri implicaría un gran retroceso para los intereses del pueblo, debe recordarse, junto con el Marx citado arriba, que las elecciones no son un momento de verdad última que revele la más auténtica “voluntad popular”, sino una instancia más de la vida política. Por eso se trata, en definitiva, de continuar dando la batalla de ideas para redefinir el campo de disputa, que deberá centrarse en el cambio, pero uno cualitativamente distinto.

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