Medio Oriente

5 febrero, 2016

Arabia Saudita en el pantano yemení

Más de diez meses han transcurrido desde que Arabia Saudita decidiera intervenir militarmente en Yemen. Sin embargo, pese al poder de fuego desplegado en tierra, mar y aire por la coalición que lidera junto a otros nueve Estados árabes, no se ha podido doblegar al movimiento Houthi.

Más de diez meses han transcurrido desde que Arabia Saudita decidiera intervenir militarmente en Yemen. Sin embargo, pese al poder de fuego desplegado en tierra, mar y aire por la coalición que lidera junto a otros nueve Estados árabes, no se ha podido doblegar al movimiento Houthi. Ante el estancamiento militar y el fracaso de sucesivas negociaciones y treguas, la paz parece esquiva para la nación más pobre de la Península Árabe.

Como David y Goliat

El ejército de una de las naciones más ricas del planeta y sus aliados enfrentado a un movimiento de masas armado de una de las naciones más pobres del Medio Oriente, en el marco de un conflicto nacional con múltiples actores e intereses enfrentados. Este es el escenario presente hoy en Yemen.

La urgencia saudí por restaurar en el poder al derrocado presidente Abdo Rabbo Mansour Hadi se desprende de su interpretación del avance Houthi como la consolidación de la influencia de Irán, su principal rival por la hegemonía regional. Teherán ha prestado su apoyo diplomático, logístico y económico al movimiento Houthi, el cual es afín a los principios de la Revolución Islámica iraní. Con este propósito, Arabia Saudita ha capitalizado y promovido un discurso sectario, situando al conflicto en Yemen como un escenario más de la disputa interconfesional entre las ramas sunita y chiita del Islam.

El pantano

Si bien la intervención militar saudí logró detener el avance Houthi sobre el sur del país, se ha visto impedida de desarraigarlo en cuanto los militantes regresaron a sus clásicas tácticas de guerrilla en sus bastiones del norte, reteniendo aún el control de la ciudad capital, Sana’a. Tras una fase (Operación Tormenta Decisiva) inicial que involucró la coordinación de bombardeos aéreos y el bloqueo naval, la imposibilidad por parte de la coalición de fuerzas que se oponen al movimiento Houthi de retomar el terreno por su cuenta llevó al reino a involucrar directamente a sus fuerzas.

Hadi tampoco puede asegurarse representar una alternativa de consenso al enfrentamiento político de fondo por la orientación del país. Sus fuerzas no están formadas completamente por partidarios suyos, sino que se apoya en aliados momentáneos, entre los que se cuentan las milicias del movimiento por la independencia de Yemen del Sur, quienes tienen su propia agenda política. Además, su apoyo incondicional a la intervención extranjera le ha restado sin duda simpatías entre varios sectores de la sociedad yemení, al tiempo que le permiten al movimiento Houthi reafirmar su prédica antiimperialista.

Sin duda, uno de los beneficiados por el momento ha sido el arco de organizaciones extremistas. Asiladas principalmente en el centro desértico y tribal del país, tanto Al Qaeda, como más recientemente el grupo Estado Islámico (EI), han consolidado su presencia. El vacío político, un mercado local abundante en armas y la desesperación de las poblaciones locales hacen de esta región un terreno propicio para el crecimiento de estas organizaciones, asistido por la pasividad saudí que puede encontrar en los extremistas un factor funcional. El EI ha extendido su ya conocida brutalidad mediante secuestros, ejecuciones sumarias y atentados contra puntos de reunión Houthi, como también contra figuras del gobierno de Hadi.

Pese al excesivo despliegue de fuerza, la guerra no ha sido benevolente para la coalición árabe. Los houthies, expertos conocedores del terreno y con experiencia de años en combate, han llegado incluso a tomar represalias pasando a la contraofensiva y trasladando los combates a localidad y puestos militares saudíes del otro lado de la frontera. Tanto es así que algunos miembros de la coalición, como Emiratos Árabes Unidos, han acudido al empleo de mercenarios (denominados con el eufemismo de “contratistas militares privados”), desplegando un contingente de 450 combatientes, en su mayoría ex militares sudamericanos conocedores de tácticas de contrainsurgencia.

Punto de no retorno

La guerra ha supuesto sin embargo mayores costos que beneficios para la corona saudí y sus aliados. El excesivo uso de fuerza, y los bombardeos arbitrarios sobre blancos civiles no han hecho más que profundizar la crisis humanitaria que atraviesa el país, impedido de acceder a los insumos básicos como resultado del bloqueo. Esto le ha merecido a Riad la condena en las mismas Naciones Unidas y de sus propios aliados en Occidente. No obstante, nada pareciera contener los ánimos del rey Salman, quien a un año de su asunción al trono busca reafirmar la postura beligerante del país y su decisión de no ceder terreno ante ningún tipo de presión.

La economía saudí ha estado padeciendo de una situación deficitaria en los últimos años, agudizada por la caída en los precios del barril de petróleo (que ha llegado a estar por debajo de los 30 dólares) y la acrecentada carga de sus gastos militares. Estos últimos representan más de un 10% del PBI, ascendiendo por encima de 80 billones de dólares a raíz de las últimas adquisiciones en equipos y armamento militar provisto principalmente por EEUU.

Con el fin de atenuar el acelerado consumo de sus reservas, el Reino ha anunciado una serie de reformas de tipo fiscal y económico, que se ha traducido en el achicamiento de servicios sociales y de subsidios a alimentos y combustible. Sumado al estallido social sentido en las provincias de mayoría chiita del Este del país por la ejecución del popular clérigo Al Nimr, la Casa de los Saud está entrando en uno de los años de mayor incertidumbre para la estabilidad de la monarquía absoluta.

En cuanto a Yemen y su población, el costo de la guerra ha hundido al país en una situación de fragilidad de la que será difícil recuperarse en los próximos años. Abismo económico, desintegración de todo rastro de las instituciones centrales del Estado, emergencia y consolidación de grupos extremistas, y un trauma que hará un reto recomponer el tejido social y la integridad de la sociedad yemení.

Julián Aguirre – @julianlomje

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