Deportes

10 marzo, 2016

Nadia Comaneci, la niña a la que no se le perdonó crecer

Ya soltó sus dos manos de la barra. Su cuerpo, que apenas pesa 40 kilos y tiene 1,50 de estatura, da vueltas en el aire y dibuja formas nunca antes vistas. Todos esperan, especialmente el jurado, la caída. Es tan soberbia como toda su actuación. Tan perfecta como ese vuelo, “el vuelo perfecto”.

Ya soltó sus dos manos de la barra. Su cuerpo, que apenas pesa 40 kilos y tiene 1,50 de estatura, da vueltas en el aire y dibuja formas nunca antes vistas. Todos esperan, especialmente el jurado, la caída. Es tan soberbia como toda su actuación. Tan perfecta como ese vuelo, “el vuelo perfecto”.

Los espectadores aplauden atónitos. El jurado no lo hace para cumplir con el protocolo. El cartel electrónico queda en evidencia y marca 1.00. Nunca nadie había recibido lo que éste 18 de julio de 1976 es para una rumana de apenas 14 años que lleva por nombre Nadia Comaneci. Son los Juegos Olímpicos de Montreal.

Nadia Elena Comaneci nació en Onesti, Rumania, el 12 de Noviembre de 1961. Y sin proponérselo, se transformó en unos de los símbolos más conocidos de la Guerra Fría. Como si el destino lo tuviese planeado, tres meses antes de su nacimiento, en Berlín, se comenzó a construir el famoso muro, otro de los íconos de aquel período de contienda política, económica y social que también alcanzó al deporte.

Reclutada por el reconocido entrenador húngaro, Béla Karolyi y su esposa Marta, a cargo del equipo nacional de Rumania, Comaneci con apenas 13 años logró tres medallas de oro y una de plata en el Campeonato Europeo de Gimnasia. Un año después, en las competiciones preolímpicas, destronó a la pentacampeona soviética, Liudmila Turishcheva. La primera clasificación de cara a Montreal le valió el premio a la mejor atleta del año.

La diminuta niña, que vestida de blanco y con una destreza inigualable sorprendía a propios y extraños, fue para el gobierno comunista de Nicolae Ceaucescu un eslabón indispensable para mostrarle al mundo que el orden, la eficacia y la perfección podían ser logrados del otro lado del “Telón de Acero”. La disputa era también simbólica y los Juegos Olímpicos eran un terreno fértil para dirimir la contienda.

La escritora francesa Lola Lafon, que en 2015 publicó La pequeña comunista que no sonreía nunca (Anagrama), afirmó en un encuentro con periodistas en Barcelona que “era claro que el Comunismo utilizaba a sus atletas para hacer propaganda. La única diferencia con los atletas actuales de países capitalistas es que estos ondean la bandera de Nike además de la de su país”.

El libro es una historia novelada, no hay diálogo entre la autora y la deportista. Sin embargo, hay varios aspectos en los que la realidad y la ficción alcanzan un punto de equilibrio. Comaneci en los Juegos Olímpicos de Montreal obtuvo siete veces la puntuación perfecta lo que le permitió ganar tres medallas de oro. El ideal de la perfección se personificaba. Tenía nombre, apellido e ideología.

Nadia Comaneci fue denominada “héroe socialista del trabajo”, transformándose así en una heroína nacional. Sumó dos medallas más de oro en los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, a las que hay que sumarle otras cuatro entre plata y bronce por competiciones olímpicas. También obtuvo cuatro medallas del Campeonato Mundial y 12 del Campeonato Europeo.

Lafon dijo en una entrevista con el diario El País que “mientras fue una niña, fue adorada. Pero al entrar en el género femenino, su cuerpo empezó a ser juzgado”. Comaneci, la misma que había enamorado al mundo con sus aptitudes, con esa destreza sin igual, con ese vuelo que rompió hasta los pronósticos de los carteles electrónicos Omega, se volvió una mujer y nadie se lo perdonó.

Antes de la caída del Muro, ese mismo que comenzó a construirse cuando ella estaba por nacer, Comaneci escapó hacia el Oeste, por las fronteras de Hungría, para terminar pidiendo asilo en Estados Unidos donde vive desde entonces.

La historia de Nadia Comaneci es una historia de vida dentro del deporte. Una leyenda que aúna la maravilla de la gimnasia artística como nunca más nadie la práctico, un clima de época que duró casi toda su vida deportiva y la dictadura que reina sobre el cuerpo femenino, sometido siempre a las exigencias de la eterna juventud.

Federico Coguzza – @Ellanzallama

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