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La revista Todas (1979-1980): mujeres resistiendo a la dictadura

La revista Todas (1979-1980): mujeres resistiendo a la dictadura
marzo 24
00:05 2016

Así como el Narigón, aquel personaje creado por el magistral titiritero Javier Villafañe, burlaba al comisario que lo perseguía por haberse llevado una bolsa de naranjas, evadiendo cada una de sus preguntas con un “chímpete o chámpata”, las militantes de la revista Todas, del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), también lo hicieron. Marta Ferro creó a Isolina, un títere que recorría la lucha de las mujeres y que, al igual que el Narigón, enfrentaba el peligro con un “chímpete, chámpata”. Toda una irreverencia frente a la dictadura y el patriarcado.

Somos todas

Todas, salió a la calle en agosto-septiembre de 1979, y lo volvió a hacer en tres oportunidades más, la última de las cuales no logró distribuirse por problemas de seguridad. Con una tirada de 3mil ejemplares y dos presentaciones teatrales, generó una cuota de esperanza en medio de la dictadura.

Aunque sus palabras estaban minuciosamente cuidadas, la presentación del número uno transmitía un mensaje transgresor: “Elegimos este nombre porque buscamos la raíz común como mujeres. La cultura nos ha separado en ´buenas y malas´, ´feas y lindas´, ´dulces y neuróticas´, siempre enfrentadas como polos opuestos, divididas, sintiendo como único y personal a nuestros problemas”. “Sin embargo”, continuaba el texto, “nosotras sentimos una identidad diferente a la que nos condena la cultura. Vivimos la identidad del trabajo, la del esfuerzo cotidiano como amas de casas, empleadas, obreras, madres, profesionales, artistas, intelectuales”.

Más adelante se señala la necesidad de crear un “territorio propio”, un espacio, un lugar que de cimiento a una perspectiva, una experiencia individual hecha colectiva, un tema personal convertido en político. Por eso la revista Todas no fue sólo una publicación, ni su militante distribución, sino también encuentros cada quince días que incorporaban las propias vivencias, lecturas feministas y la exploración de la sexualidad como campo de transformación social: “Las compañeras estaban chochas, les gustaba militar con la revista”, contaba Marta Ferro en una entrevista publicada en 2010.

En medio de la dictadura, los márgenes de resistencia se hacían estrechos o directamente inviables. El PST intentaba explorar estos resquicios, identificando aquellos espacios en los que era posible acumular fuerzas para resistir. Una de estas aristas fue la relacionada con la lucha de las mujeres y el feminismo, para lo cual se contaba con premisas y experiencias previas.

La revista no podía hacer explícitas muchas cosas, ni su origen, ni una denuncia descubierta al régimen, ni el perfil trotskista y socialista de sus protagonistas. Sin embargo, a través de aspectos culturales denunciaba la desigualdad entre los géneros e intentaba llegar a las mujeres trabajadoras.

Empezar…

El primer número incluía un reportaje a Alejandra Boero en relación con el trabajo actoral, un ensayo sobre Simone de Beauvoir, Sara Fascio acompañando con sus fotografías y Moira Soto con una reseña cinematográfica.

Las más de 40 páginas estaban llenas de cuentos, poemas, citas alusivas a las condiciones de vida de las mujeres. Incluso se incorporaba literatura infantil e historietas. Marta Ferro aportó con sus recuerdos: “La historieta Dibuja la hizo una tipa que se hizo luego famosa en Nueva York, Dina Bursztyn, que es escultora. Era una historieta para chicos, porque las mujeres tienen hijos ¿no? Eso era para abrir, porque no queríamos que la revista se dirigiera sólo a las feministas, lesbianas o trotskas”.

Sobresalen notas que denuncian el trato desigual en los pedidos de trabajo y en el trabajo mismo, la doble jornada femenina, así como la discriminación o la inferioridad salarial.

Está en tus manos

No eran para nada sencillas las circunstancias, ni sobre qué escribir ni cómo: “Empezamos, con la ayuda de una responsable política por el partido, porque reconozcamos que sin ella hubiéramos cometido muchas macanas”, cuenta. Y agrega: “Teníamos una oficina en Av. De Mayo, y obviamente teníamos que tener cuidado con la dictadura. Los milicos habrán dicho ‘y estas pelotudas quiénes son’”.

Los 3 mil ejemplares se distribuyeron con suma facilidad en los lugares de trabajo, entre las trabajadoras de sanidad, bancos, fábricas, docentes, etc., buscando también contactarse con sectores feministas, personalidades de la cultura y diversas colaboradoras.

Lo cierto es que la devolución fue mayor a la esperada y Todas quiso convocar a sus lectoras y militantes en una propuesta audaz: una presentación pública teatral.

“No hablábamos nosotras sino los títeres”

“Para sorpresa nuestra en ese lugar de San Telmo vinieron cientos de mujeres y solo unas veinte serían del partido”, cuenta Ferro. El personaje de la obra era Isolina, “una bruja que se podía escapar a través del tiempo”. Del paraíso al Mayo Francés, distintos puntos de la historia eran recorridos en el relato de los títeres. Hasta que Isolina llegó a la Argentina.

Una bruja le había  enseñado que, ante el peligro, debía contestar –como los títeres de Villafañe- “chímpate, chámpata”. Así fue que ante las preguntas del diablo con el que se topó, evadió las respuestas hasta que lo convenció de que no era quien buscaba.

“Isolina fue un personaje entrañable, que llegaba de una manera diferente a las laburantes”, completa Ferro.

Las mujeres de este número

El segundo número de Todas, intenta marcar ya en su tapa algunas líneas de lo que se viene acumulando como pequeña experiencia. Con el título: Las mujeres de este número, se presenta a algunas de sus protagonistas. María Elena Walsh, Inda Ledesma, Virginia Woolf, Margaret Mead y Beatriz Matar sobresalen, acompañadas por otros temas que podrían no ser tan “inocentemente literarios” bajo la lente represiva, como la situación laboral de las enfermeras, hasta otros más históricos como las sufragistas del siglo XIX.

Para las laburantes

La militancia de los años setenta tuvo un alto porcentaje de mujeres, lo que fue significativo para ayudar a politizar la vida privada. La sexualidad era uno de los temas relevantes: “En ese momento apareció una sexóloga feminista y le enseñó a todas las troskas dónde está el punto G, el clítoris, etc. Un quilombo bárbaro. En las compañeras y en su relación con los compañeros cambió todo. Las compañeras exigían posiciones, basta de la posición de misioneras, esto y aquello. Un quilombo”, relata Marta.

Todas se trata de una inédita experiencia a fines de la década del 70, en la que se abren paso reivindicaciones netamente feministas dentro del campo político de una izquierda radical. La huella quedó indeleble para que hoy la conozcamos.

Marina Moretti – @marinamoretti5

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1 Comentario

  1. daniela
    daniela noviembre 07, 15:06

    qué interesante! Se podrá consultar el ejemplar original en algún lado? Gracias.

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