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Un incesante trabajo de memoria contra el horror

Un incesante trabajo de memoria contra el horror
abril 08
01:15 2016

A 40 años del golpe cívico-militar se publicó una antología de 24 textos inéditos de escritoras y escritores argentinos, nacidos entre 1957 y 1973. Golpes. Relatos y memorias de la dictadura recoge los recuerdos de ese “trauma colectivo que nunca más dejará de interpelarnos”.

¿Cómo fue la infancia/pubertad de esas chicas y chicos que atravesaron aquellos años extremos, en los momentos de la vida en que ciertos rincones de la memoria personal adquieren intensidades únicas? ¿Qué recuerdos o anécdotas guardan del conflicto social, histórico y vital en ese archivo personalísimo que es la memoria, siempre trabajada por la imaginación, los sueños, las pesadillas, los recortes e incluso el olvido? ¿Qué percepciones, perfumes o ruidos imborrables la habitan?

Victoria Torres y Miguel Dalmaroni, editores y autores del prólogo del libro recientemente publicado por Seix Barral, desafiaron a escritoras y escritores argentinos -nacidos entre 1957 y 1973- con estas preguntas como disparadores. Responden Juan José Becerra, Eduardo Berti, Gabriela Cabezón Cámara, Sergio Chejfec, Mariana Enriquez, Carlos Gamerro, Fernanda García Lao, Inés Garland, Aníbal Jarkowski, Federico Jeanmaire, Martín Kohan, Alejandra Laurencich, Laura Lenci, Julián López, Esteban López Brusa, Sebastián Martínez Daniell, Sergio Olguín, Mario Ortiz, Patricia Ratto, Carlos Ríos, Ernesto Semán, Patricia Suárez, Paula Tomassoni y Alejandra Zina.

Según se adelanta en el prólogo, algunos de los autores “reinventaron los estilos del testimonio autobiográfico, otros apelaron a la ficción o al encadenamiento poético de imágenes y de pasadizos inusuales del idioma, todos a una mezcla única de formas y tonos”.

“Si pudiéramos escuchar al revés la cinta de este país, como un disco con canciones de los Beatles, me pregunto qué secretos dichos en voz baja descubriríamos”, se pregunta Ernesto Semán en Antebrazo, uno de los relatos de la antología.

La lectura de Golpes permite a veces escuchar como en un disco la melodía triste pero viva del exilio, como el que relata Fernanda García Lao, con sus dos hemisferios, veinte mudanzas y el recuerdo de los que no están; los vivaperóncarajo pronunciados en voz baja como un rezo por la tía de la protagonista en Réplica en escala; los cantitos en la reunión de la Unidad básica en Serenata: “Mujeres, mujeres son las nuestras, las mujeres peronistas, las demás están de muestra”. Y también “los frenos de un auto chillando en el asfalto”, el portazo del coche, los pies apurados en el asfalto, el murmullo de voces en Casas viejas en calles empedradas o el silencio espeso que solo se corta con los disparos que se oyen en la noche, en el texto de Sergio Chejfec, los convoyes militares, las redadas de la policía, formas de ejercer el control, de ejemplarizar, “que se habían naturalizado como elementos propios de la ciudad, resultando de este modo invisibles”.

Las escenas del horror solapado o explícito, en todas sus variantes, como algo cotidiano, son las experiencias que estos relatos transmiten: cualquiera puede tomar una calle equivocada, asistir a una salida de domingo con la familia o quedarse en la cama y ser víctima de una situación de violencia estatal. O estar en el lugar “equivocado” como esas familias “cuyas casas dejaron una línea vacía sobre la que se monta la autopista” en las que indaga Mariana Enríquez a partir de la figura del ahorcado, en el cuento del mismo nombre.

Berti dice en Golpes: “Quise contar en mi novela La sombra del púgil lo que era tener 11, 12, 13 años durante la dictadura y vivirla a través de los silencios, los miedos, las evasivas, las dudas o lo cuchicheos de los padres”. Su texto, al igual que El murmullo, de Gamerro, aborda la cuestión entre el saber y el no saber, los secretos a voces.

El relato de Gamerro cuenta el momento en que descubrió lo que pasaba. Fue en el colegio inglés donde estudiaba, durante la euforia del mundial del 78. Frente a una profesora “desencajada” que gritaba que “ella misma escribirá cartas a los medios extranjeros, denunciando las calumnias y la imagen deformada de la Argentina que están propagando”, Roberto, un compañero, murmura: “Pero es verdad. Esas revistas dicen eso porque es verdad”. El escritor profundiza en el impacto que tuvo escuchar esas palabras. “En ese momento lo supe: supe que lo que él decía era la verdad y que los demás mentían, o al menos se engañaban. (…) Supe que la gritería histérica, quizá desesperada, era un formidable ejercicio colectivo de negación, y ese solitario murmullo era la voz de la verdad”.

¿Era desconocimiento de lo que estaba pasando o una ceguera voluntaria de toda la población? Un interrogante que sigue latente en nuestra historia.

Es interesante el planteo que ofrece Gamerro para pensar esta cuestión. A finales de la dictadura, cuando la verdad se hizo pública, la frase “nadie sabía”, “ese infame intento de descargo”, se convirtió en una acusación que “señala con el dedo a una sociedad hipócrita y al hacerlo se coloca fuera de ella, en un lugar demasiado cómodo”. Lo que importa, según el autor, es entender “las innumerables maneras en que un régimen totalitario produce el silencio, y las innumerables maneras en que la sociedad civil lo reproduce (…) y eventualmente, si las circunstancias son favorables, empieza a quebrarlo”.

Lo indecible y la delación aparecen como marcas de la época en uno de los relatos más potentes del libro, Perro negro, de Patricia Ratto: “¿Vos decís que son…?, se interrumpe la Esther. Porque si es así, vamos a tener que decirle a alguien. ¿Al padre Renato?, le pregunto. O al jefe de policía, me susurra, como si temiera que nos fueran a escuchar”.

Golpes. Relatos y memorias de la dictadura es una suerte de inventario de recuerdos personales y colectivos. Un álbum que se arma con voces, con fotos que no están o “que no han sido reveladas” pero que prosiguen incesantemente “el imborrable trabajo de la memoria del horror argentino”.

Fabiana Montenegro

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