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Los dinosaurios nunca mueren por propia voluntad

Los dinosaurios nunca mueren por propia voluntad
junio 15
00:05 2016

Por Raquel Robles*. Puedo escribir los versos más tristes esta noche, decía Neruda. Y yo podría -todos nosotros podríamos- escribir las proclamas más indignadas hoy. Otra vez la teoría de los dos demonios. Otra vez genocidas libres porque “estaban repeliendo un ataque”, como dijeron los jueces de la Sala III de Casación Penal sobre al fusilamiento de 14 miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo en agosto de 1974; lo cual no es otra cosa que decir que “a una violencia se le opuso una violencia mayor”, como decía el prólogo original del Nunca Más y no significa otra cosa que desconocer que esos asesinatos fueron delitos de lesa humanidad porque estaban dentro de un plan sistemático de exterminio a los opositores políticos.

En el 2006 se escribió una nueva introducción al informe de la Conadep donde se criticaba la “teoría de los dos demonios” y se tomaba como nuevo eje de lectura el Terrorismo de Estado. Bueno, el recorte de ese prólogo por parte de la Secretaría de Derechos Humanos que conduce Claudio Avruj debe ser leído como una toma de posición por parte del gobierno de Mauricio Macri. Cambiamos futuro por pasado.

Todos estos años de lucha para modificar la cultura de la impunidad barridos, no de un plumazo, sino de varios. Los plumazos del Poder Ejecutivo acompañados por los plumazos del Poder Judicial. Tanta trinchera cavada alrededor de la pirámide de Mayo por esos pañuelos blancos. Tantas afrentas sufridas. Tantas marchas. Tantos escraches. Tanta tinta. Tanta saliva. Tanto y tanto. Digo, podríamos indignarnos por lo que nos están haciendo y escribir los versos más tristes y los versos más coléricos. Pero. No creo que esto que escribo lo lean quienes aprueban o son indiferentes a las políticas regresivas de este gobierno. Estoy bastante segura de que esto que escribo lo leerá, si tengo suerte, otra gente indignada y dolida como yo. Aprovechemos entonces.

Varias preguntas me arden en este momento. ¿Por qué pensamos que lo que se había conseguido no se podía perder? ¿No estuvo el ministro de Trabajo, José Triaca (h), en una misa homenaje a Miguel Ángel Egea, integrante de la patota de la ESMA? ¿No es Oscar Aguad el ministro de Comunicación el mismo Oscar Aguad que está acusado de ser parte de los servicios de Inteligencia en Córdoba durante la dictadura? ¿No son Nicolás Massot, José Alfredo Martínez de Hoz (h) y Luis María Blaquier hijos de sus padres, sobrinos de sus tíos y también funcionarios de este gobierno? ¿No negó en público Darío Lóperfido que los desaparecidos hayan sido 30 mil? ¿No es la familia Macri la misma que tenía siete empresas en 1976 y recibió la democracia con 47?

Entonces. ¿Qué estamos haciendo ahora mismo que no salimos a la calle a hacer algo? Algo. Un escrache. Una movilización. Una acción directa. Los organismos de derechos humanos fuimos lo más dinámico del campo popular en un momento. Las ideas se nos caían de la boca, no alcanzaban las manos para realizarlas todas. No hablo de los otros, hablo de nosotros. No critico como si yo no tuviera nada que ver. Esto es una autocrítica. Yo estuve en lo que se hizo, en lo que se hizo bien y en lo que se hizo mal. Estuve o consentí cierto acomodamiento en el statu quo. Estoy en esta pasividad de las protestas virtuales. Sólo que no quiero estar. Estoy convencida de que somos un montón los que no queremos estar acá, empantanados, patinando en el barro de esta derrota que no terminamos de procesar. No estemos, entonces. Hagámonos con coraje estas dos preguntas. Con honestidad. Sin obturar debates aduciendo lealtades ciegas. Sin chicanas. Sin desimplicarse. Como siempre: poniendo el cuerpo.

Cuanto más tarde entendamos que la derecha nos aplastó, que algo hicimos mal, que los malos no ganan sólo porque tienen más balas, que tenemos que conversar, que tenemos que volver a la acción; más nos van a quitar. Y ellos no tienen límites. Lo quieren todo. Todo. Nuestra vida también. Porque también se puede perder la posibilidad de no morir en manos de la violencia del Estado. Milagro Sala ya está presa y su cautiverio es la cabeza en la pica que nos recuerda -o debería recordarnos- que ese puede ser nuestro destino también. Nos están mojando la oreja. Reaccionemos.

En una película de hace unos cuantos años llamada Damage, uno de los protagonistas decía “hay que cuidarse de los que han sufrido mucho porque saben que pueden sobrevivir”. Yo creí en esa sentencia pero hoy no estoy tan segura. O no quiero estar segura. No sé si se puede volver a sobrevivir. No quiero perder a ningún ser amado más, no quiero inaugurar más pañuelos ni levantar más fotos. No hay recetas ni hay garantías, pero me parece que afinar el lápiz de la autocrítica, organizar la autodefensa del campo popular y preparar una ofensiva contra este avasallamiento, podría servir. Y estoy segura de que mientras más tiempo nos lleve reaccionar, más cosas iremos perdiendo. Y son cosas importantes. De esas que pensamos que ya estaban ganadas para siempre.

* Escritora y una de las integrantes que fundaron H.I.J.O.S.

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