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“La disyuntiva sobre el modelo de universidad es la misma que hay ahora”

“La disyuntiva sobre el modelo de universidad es la misma que hay ahora”
julio 29
01:01 2016

Eduardo Díaz de Guijarro es Físico y Magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad. Actualmente trabaja en historia de las universidades y dicta un seminario en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. En esta entrevista con Notas desmenuzó los pormenores de la Noche de los Bastones Largos y el debate sobre el modelo de universidad que expresó.

- Se cumplen 50 años de la Noche de los Bastones Largos. Como suele pasar con estas fechas terminan reduciéndose en el imaginario a la anécdota de la intervención policial y golpiza en la universidad. ¿Cuál era la discusión de fondo sobre la orientación de la universidad y del país?

– Pasados los años se ha instalado una versión muy simplificada de aquel episodio donde muchas veces se lo resume en una escena de brutalidad policial o en un enfrentamiento entre la brutalidad militar y la ciencia, que son muy parcializadas y no expresan la cuestión de fondo.

En primer lugar porque la realidad de las universidades argentinas, especialmente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en aquella época no era única. No fue un ataque contra toda la UBA ni contra toda la ciencia, sino que estaban en juego distintas orientaciones. Había sectores que estaban impulsando una ciencia y una cultura dirigida hacia el desarrollo del país con una visión antiimperialista, orientada a lo social, con impulso de todas las formas democráticas de gobierno interno de la universidad; y por otro lado existía dentro mismo de la universidad un sector que no estaba de acuerdo con eso: muchos de los docentes, investigadores e incluso sectores estudiantiles vieron con agrado la nueva política instaurada por Onganía. No fue blanco o negro sino que era un enfrentamiento entre concepciones diferentes sobre qué debe ser una universidad y para quién debe servir la ciencia.

- Además, cuando uno repasa el relato oficial parece que, a partir de la brutalidad policial, hubo una fuga de cerebros. Como si los investigadores huyeran escandalizados por la violencia, en una sociedad que vivía hace mucho tiempo atravesada por la violencia. Lo que oscurece es que hubo una política científica que expulsó justamente a esa vertiente de la investigación que mencionás…

– Es cierto que el episodio de violencia precipitó las renuncias y los exilios. Por otro lado, 50 años después se sigue discutiendo si lo correcto era irse o hubiera sido más apropiado quedarse y dar una batalla interna por defender lo conquistado. Todo ese tema sigue siendo polémico. Pero lo que es más interesante para que conozcan las generaciones actuales es que en realidad lo que estaba en juego en aquella época era muy parecido a lo que está en juego ahora.

Más allá de la brutalidad de los bastonazos, casi que fueron lo de menos. Lo realmente importante es que se quiso abortar un intento de desarrollar una universidad orientada hacia las necesidades sociales, verdaderamente democrática, que se posicionara ante temas internacionales como el rechazo de la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana. Esa orientación se buscaba atacar. Y tenía bastante peso pero que no era hegemónica. Por ejemplo, el decano de la Facultad de Derecho de esa época, Marco Aurelio Risolía, pasó a ser parte de la Corte Suprema de Onganía.

Esa disyuntiva entre una universidad al servicio de las necesidades sociales o una universidad en defensa del sistema, de los privilegios económicos, de la cultura tradicional, del elitismo, es la misma que existe ahora. Inclusive ahora con ropaje democrático se disputan las mismas cuestiones. No basta con la autonomía formal para asegurar que la universidad sirva para lo que la sociedad necesita. La sociedad necesita una universidad que se dedique a enseñar, investigar y trabajar para resolver los problemas de las personas necesitadas y no de las ganancias de las empresas como muchas veces lamentablemente ocurre.

- Pasa en esa época y también en la de la Reforma que empieza a desdibujarse la separación en claustros en relación al proyecto universitario…

– Era una época en la que había importantes sectores de docentes -no solo jóvenes- que compartían la visión de la izquierda estudiantil. La línea divisoria no era generacional, era política. Es la línea divisoria que creo que existe realmente en la sociedad. Los jóvenes siempre tienen más dinamismo, más empuje pero la línea no pasa por la edad.

Sin desoir el debate sobre si había que irse o quedarse, el dato es que más de la mitad de los docentes e investigadores que fueron al exilio lo hicieron yéndose a universidades de América Latina, no de Estados Unidos ni de Europa. La mayor parte a Chile y a Venezuela, donde a nivel político se estaban dando fenómenos interesantes…

Hubo de todo. Y también gente que se quedó, aún habiendo renunciado, uns ector se quedó en diversos lugares dentro del país. Es tema de análisis complejo. No es que hubo una traslación de la experiencia argentina a un determinado país latinoamericano. Hubo algunos que lo intentaron, un grupo fue a Chile -esa historia lamentablemente terminó mal-. Hubo gente que renunció por una convicción política realmente, otros porque pensaban que no podían seguir investigando pacíficamente en sus laboratorios y fueron a otros lugares, incluso mejor remunerados y de mayor nivel internacional. La situación es mucho más compleja de lo que suele pintarse. Lo importante, que tiene que quedar claro, es que no fue simplemente una noche de violencia policial. Fue la expresión de un enfrentamiento de dos concepciones de universidad, ciencia y cultura.

- Para cerrar, ¿cuán exitosa fue la intentona de Onganía y esa mirada sobre la universidad?

– Es complejo. En una de las ponencias que se acaba de presentar en las jornadas que se están haciendo en la UBA se mostró la enorme cantidad de movilizaciones estudiantiles que hubo inmediatamente después. Los renunciantes se fueron pero el movimiento estudiantil quedó y siguió peleando. Un mes después en Córdoba mataron a un estudiante, Santiago Pampillón y no podemos dejar de recordar que menos de tres años después fue el Cordobazo, el Rosariazo, etc. Esos fueron expresiones de una gran resistencia que después se acompañó la caida de Onganía y dio a luz a la primavera de principios de los 70 que lamentablemente duró muy poco.

Federico Araya – @fedearayac

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