Cultura

7 diciembre, 2016

Las condenadas de Francia

Con una Cámara de Oro del último festival de Cannes, se estrenó en Netflix Divines, la ópera prima de la directora franco-marroquí Uda Benyamina. A través de la historia de dos jóvenes muchachas de la París más marginal y desplazada, la realizadora nos comparte su visión de una Europa devastada por la exclusión, el patriarcado y la venta de un mundo de decorado a través de Instagram y Snapchat.

“Quizá entonces, acorralados contra la pared, liberarán ustedes por fin esa violencia nueva suscitada por los viejos crímenes rezumados. Pero eso, como suele decirse, es otra historia. La historia del hombre. Estoy seguro de que ya se acerca el momento en que nos uniremos a quienes la están haciendo”.

Jean-Paul Sartre, septiembre de 1961.

Hablar del sentido de época del que nutre Uda Benyamina a su ópera prima Divines, no sólo es hablar del uso que hace de los filtros de Snapchat para la presentación de los créditos iniciales. Tampoco es señalar el conocimiento que se nota tiene de los códigos de la primera generación de inmigrantes que confluye en la enorme masa de jóvenes desocupados de la Europa post 11 de septiembre. Ni mucho menos mostrar con precisión los complejos y las ambiciones a las que son empujados muchachos y muchachas a partir del exhibicionismo instagramer. Es todo eso y mucho más.

Dounia le exige mucho a su amiga Maimouna. Ambas son dos jóvenes de la París profunda, marginal, periférica. Son jóvenes musulmanas, hijas de inmigrantes. Dounia (excepcional Oulaya Amamra) es menuda, inquieta, armada con un cabello largo y enrulado. Maimouna (Déborah Lukumuena) es grande, pesada, buenaza y profundamente religiosa. Cuando ésta se interna durante las tardes a rezar, enfundada en su gurka, no resiste al llamado de su pequeña amiga. Ambas se necesitan, se entrelazan en esa travesura pos-adolescente del hurto al supermercado, escondiendo golosinas debajo de sus túnicas. Y ese es el arranque de Divines, el último gran estreno de Netflix, el que se alzó con la Cámara de Oro de Cannes, premio otorgado a la mejor ópera prima de cada año.

Cuando Benyamina, a través del film, habla de Dounia y de Maimouna, dos chicas de esa Europa que convulsiona entre movimientos migratorios masivos y el resurgimiento de la ultra-derecha mundial, lo hace desde una sensibilidad que poco tiene de inocente. Divines es una comedia que maneja el drama de manera por demás llamativa. La historia de estas dos chicas, tiernas y fieras, es la de dos mujeres que, frustradas por no poder tener esperanzas de realizarse económicamente, se meten de lleno en el negocio de la queenpin Rebecca (intimidante Jisca Kalvanda), una dealer que se gana unos buenos euros vendiendo droga y viajando a Tailandia para iniciarse en el negocio de la prostitución. Sin embargo, poco tiene que ver este proceso de iniciación y ascenso en la transa con las historias a las que nos tiene acostumbrados Martin Scorsese. Acá no hay glamour, acá no hay grandes cuotas de prestigio. Esto es Europa.

Dounia está sentada detrás de un escritorio. Una compañera de curso la ayuda en un role playing que las introduce al mundo de las secretarias ejecutivas. Visiblemente molesta, insulta a su tutora: ¿Qué millonario tuvo que aprender ese tipo de manejos para ganar dinero? Dounia y Maimouna cruzan la fase de la pos-adolescencia, esa época en la que todos y todas afirmamos nuestras creencias, consumiendo las experiencias de vida de jóvenes que en Instagram comparten sus fotos en yates, comiendo platos exóticos y descansando en lugares paradisíacos. ¿Cuándo le llegará esa parte de la torta a unas jóvenes que viven en un campo de refugiados al costado de una autopista parisina? Tras preguntarse esto, Dounia no duda en involucrarse en el dinero fácil que le provee la venta de drogas.

Poco tiene que ver, entonces, la historia de estas chicas con una suerte de estigmatización de las clases populares europeas. Más bien la directora y guionista de Divines muestra una de las formas en las que el vacío que un Estado deja es ocupado por una realidad que es concreta, tangible, terrible. El camino que encuentra Dounia para cumplir su sueño de tener una Ferrari (en una muy comentada escena que toma los recursos del primer Spike Lee y el muy vigente Xavier Dolan), un iPhone 7 plus y un viaje por el mundo la lleva a toparse con lo más cruento de la violencia machista, racista y capitalista.

Es una cuestión de vacíos y rellenos. Ese cariño que Myriam, su madre, no le dio en un principio es ocupado por su compinche Maimouna. Ese padre ausente del que no se habla en toda la película, Dounia lo encuentra en un amor laxo que intenta darle Djigui, un bailarín talentoso que intenta algún tipo de romance con ella (quizá el único punto flojo de la película). Sin embargo, por más lazos afectivos que sean ocupados de manera positiva, el Estado ausente que denuncia el film es ocupado por una violencia brava con la que responde la comunidad en la que vive Dounia. Un fuego cada vez más latente en cada latitud del viejo (decrépito, agusanado) continente se enciende en la nuca de la joven Dounia. Ni siquiera la puesta de cámara reluciente, brillante que le proporciona el director de fotografía Julien Poupard impide que recordemos a la furiosa La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995), esa obra en blanco y negro protagonizada por Vincent Cassel que nos alertaba de la vuelta a la violencia a la que no pueden evitar retornar los civilizacionistas europeos.

Y es el fuego la respuesta que tienen Dounia y Benyamina para ese laberinto del que ellas, mujeres árabes, negras, periféricas no pueden salir. Protagonistas, directoras, personajes secundarias, todas son parte de un mismo entramado que confluye en esta película, en este documento teórico-práctico que resultó ganador de la Cámara de Oro de Cannes y ahora se puede ver en Netflix.

Iván Soler – @vansoler

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