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La clase obrera (no) va al paraíso

La clase obrera (no) va al paraíso
diciembre 16
00:00 2016

Por Martín Ogando. Salario, empleo y condiciones de trabajo, fueron un terreno central en el cual el gobierno desplegó su iniciativa antipopular, consiguiendo innegables avances, pero también enfrentando fuerte resistencia.

Macri vino a operar una fenomenal transferencia de ingresos hacia los sectores más concentrados de la economía, y lo hizo. Vino a comprimir los salarios, y lo hizo. Vino también a intentar un disciplinamiento más duradero de la fuerza de trabajo y eso, todavía, es asunto del futuro. ¿Cuál es el saldo del 2016?

Tiempos difíciles

Durante una década América Latina vivió un sostenido crecimiento del empleo, de los salarios reales, y un descenso de los indicadores de pobreza e indigencia. Desde 2010 aproximadamente, y con importantes diferencias nacionales, estos indicadores se vienen deteriorando. El signo político de los gobiernos profundiza o morigera una tendencia que tiene como sustrato la caída en los precios de las materias primas y commodities.

El Panorama Laboral de América Latina y el Caribe 2016, que elabora la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que el desempleo creció de 6,8% a 8,2% a nivel región, entre septiembre de 2015 y el tercer trimestre de este año. Esto significa 5 millones de nuevos desocupados para finales de 2016. Por supuesto que las mujeres y los jóvenes son los principales afectados. Los salarios reales promedio de la región se contrajeron -1,3% entre 2014 y 2015, y los datos disponibles del sector formal muestran una continuidad de esta tendencia para el 2016.

En Argentina los puestos de trabajo perdidos sólo en el sector formal se calculan en más de 127 mil y la reducción del poder de compra del salario es de un 5,2%. La conflictividad asociada a las negociaciones paritarias logró, en parte, que esta caída no sea aún más pronunciada.

Estos datos constituyen un componente fundamental de la relación de fuerzas objetivas, sobre la que se desarrolla cualquier conflicto laboral. Las fuerzas de la clase trabajadora, que habían logrado una recomposición relativa durante el ciclo político precedente, sufrieron este año un retroceso parcial. No estamos hablando de una derrota decisiva, pero hoy no estamos igual que ayer. El crecimiento de los conflictos típicamente defensivos, por despidos, suspensiones e incluso cierres de empresas, son un indicador de esta realidad.

Acción y reacción

La clase trabajadora fue golpeada y respondió. Estatales, docentes, judiciales, bancarios, petroleros, metalúrgicos, y muchos otros sectores, protagonizaron conflictos de importancia. Estos conflictos se desarrollaron en dos ciclos. Primero, entre febrero y agosto, la conflictividad se concentró en las negociaciones paritarias y en los despidos entre los estatales.

Luego de la unificación de la CGT, la Marcha Federal y los conflictos por el tarifazo del gas, se abrió un nuevo ciclo de luchas. En este segundo momento el reclamo por la reapertura de las paritarias no terminó de tomar fuerzas, fundamentalmente por responsabilidad de la CGT. Los trabajadores y trabajadoras del Estado protagonizaron parte importante de las luchas, y los conflictos del sector privado tendieron a ser dispersos y aislados. Así y todo, la clase trabajadora demostró disposición a la lucha y desarrolló tendencias a la unidad de acción, a pesar de la fragmentación objetiva y de la división entre las direcciones sindicales.

La CGT reunificada jugó un rol importante para encauzar estas tendencias hacia la negociación con el gobierno. A pesar de las amenazas y las críticas al oficialismo, terminaron desactivando la posibilidad de un paro nacional a cambio de un bono que pocos cobraron y una reforma en ganancias que sigue enredada en el Congreso por estos días. Demasiado barato para Macri, y muy costoso para los trabajadores y trabajadoras.

Los sectores sindicales que pugnaban por el paro no lograron (o no quisieron) patear el tablero. Las CTA tuvieron su punto más alto con la Marcha Federal que llegó a Buenos Aires el 2 de septiembre. Esta acción multitudinaria tuvo la capacidad de aglutinar a muchos sectores populares agredidos por el plan económico del gobierno, y además incidió de alguna manera en marcarle la cancha a la CGT y evitar una agachada aún más prematura.

Sin embargo, el acuerdo de la CGT con el gobierno aisló a estos sectores, y las divisiones y fragilidades propias les impidieron producir una nueva acción de masas unificada, cuya necesidad caía de maduro. En los últimos meses el conflicto siguió teniendo un volumen importante, pero se acentuaron las tendencias a la fragmentación y dispersión. Este es un triunfo político del gobierno.

En este difícil contexto terminó de irrumpir la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), como instancia representativa del sector más precarizado y empobrecido de nuestro pueblo, aquellos que no son contenidos por los sindicatos tradicionales. Dos grandes movilizaciones, el 7 de agosto y el 18 de noviembre, marcaron una agenda que, además de ser atendida por el gobierno, tuvo que ser tomada en cuenta por la dirección de la propia CGT. Con las contradicciones del caso, este sector ha sido de lo más dinámico del año, y lo cierra con una conquista de relevancia como es la Ley de Emergencia Social.

Sabor agridulce

El saldo del año es negativo, pero no decisivo para las fuerzas del trabajo. Han perdido frente al ajuste salarial del gobierno, pero han dejado en claro que no se encuentran derrotadas, ni mucho menos. Esto es central de cara a lo que viene. El empresariado sueña con la aprobación de una nueva reforma laboral flexibilizadora, que incluye el ataque a los Convenios Colectivos y otras conquistas históricas de nuestro pueblo. Allí el gobierno tendrá tremendo desafío. La clase trabajadora ha perdido una batalla, pero también ha demostrado que no se encuentra desarmada para esa guerra.

El rol de las conducciones sindicales burocratizadas en esas confrontaciones está por verse. Su disposición dialoguista ha quedado suficientemente clara, pero puede que con eso no alcance. Las estructuras sindicales, tan útiles para salvar coyunturas conflictivas y darle una mano al gobierno, pueden terminar siendo demasiado rígidas para las transformaciones por las que pugna el capital más concentrado.

Con qué organizaciones y liderazgos contarán los trabajadores y trabajadoras para estas luchas por venir aparece como un problema central. La renovación sindical ha sido una de las cuentas pendientes más flagrantes de la “década ganada”, y las nuevas direcciones son aún minoritarias. El balance de este 2016 deja planteada la necesidad de nuevas experiencias de organización sindical democráticas, combativas y unitarias, para defender incluso las más elementales conquistas.

@MartinOgando

Foto: Bárbara Leiva

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