Cultura

23 febrero, 2017

Solo el fin del mundo: sobredosis de Dolan explícito

“Solo el fin del mundo”, la última obra de Xavier Dolan, es una película respetable desde lo conceptual, pero que falla en la forma (que es lo importante en el cine). Ahoga sin parar durante 97 minutos.

Los manuales de guion dicen que para que una historia funcione tiene que partir de un concepto. En este caso, el mismo que determina la película es expresado por el protagonista en sus primeras lineas: “¿Soy dueño de mi vida?”

El film narra la historia de un Louis, un joven escritor que tras doce años de ausencia vuelve a su pueblo natal para anunciarle a su familia que pronto morirá.

Solo el fin del mundo es una película respetable desde lo conceptual, pero que falla en la forma (que es lo importante en el cine). En principio es buena la idea de mostrar a todos sus personajes como humanos. No hay buenos ni malos, solo hay personas. El personaje de Antonnie (hermano mayor) no es únicamente un bruto rudimentario, sino que también es un pobre tipo que padece sentir todo el peso de la responsabilidad de su familia. Y Suzzane (la hermana menor) no es solo una rebelde fuma porro, sino una chica que se crió viendo a su hermano triunfar desde la lejanía mientras ese ideal contrastaba con su vida mundana.

Todo esto se muestra de forma explícita en el monologo de la madre. Pero justamente esa explicitud es de lo mas criticable del film. La forma es el cómo, y el cómo, en la obra del director, Xavier Dolan, es el subtexto. Tal vez será que este joven pero talentoso director nos tenía acostumbrados a tratar muy bien los conceptos desde el subtexto, aquello que hace al cine un arte de la seducción. Así es como en Los amores imaginarios la idea de deseo e ideal se expresan a través de las acciones ridículas que llevan a cabo Marie y Francis. Y en Tom en la granja, el choque entre la educación patriarcal y la tendencia homosexual naciente de Francis entran en una especie de dialéctica que resulta en un accionar violento y bipolar para con Tom.

Lo contrario pasa en este ultimo film, donde Dolan prefiere recurrir a la obviedad del dialogo. Todo es expresado en palabras. Pareciera a primera vista que es un film sin tanta dedicación, sino no se entiende la utilización de un recurso tan trillado y simplista.

Sin embargo el mayor error de Dolan es, una vez más, la exacerbación de los recursos. Nuevamente falla en encontrar un equilibrio. En principio, la utilización de la música, ya sea para ambientar o con una intención mas bien clipera (haciendo parecer un flashback más a publicidad de un perfume que a un recuerdo), no concuerda con una película que es narrada en tiempo real. Y segundo, y mas obsceno aún, la utilización de planos cerrados con una casi nula distancia focal.

La película ahoga, pero no en un momento determinado, sino durante los 97 minutos de duración. Dolan no deja que la película respire. Absolutamente todos los planos son cerrados lo cual le quita intensidad dramática a los momentos de clímax, ya que se termina convirtiendo en una especie de masa homogénea sin puntos altos ni bajos. Es todo lo mismo.

Lo mejor sigue siendo el concepto. En principio, hasta ultimo momento Louis no sabe si decirle o no a su familia que su muerte es inminente, entrando en un juego de especulación con el espectador. Segundo, se le quita importancia a la enfermedad, mostrando que el conflicto no está relacionado a ella sino a la incomunicación de una familia disfuncional. Y tercero, las preguntas que deja: ¿el ser amado conlleva una responsabilidad?, ¿Y el solo hecho de formar parte de una familia?, ¿Dónde empieza y termina la linea fina que separa el priorizarse y el ser un egoísta?

Finalmente cabe destacar la escena, tal vez la mas verosímil, donde se muestra que hasta en los momentos mas álgidos de la catástrofe familiar, siempre aparecen esos destellos de felicidad que reviven aquellos tiempos que ya no existen. Y por supuesto, las actuaciones, que hacen valer la película.

Facundo Rodríguez

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