Batalla de Ideas

8 marzo, 2017

Crónica de dos días agitados (y un tercero en el que temblará la tierra)

Por Sebastián Tafuro. El movimiento obrero protagonizó dos jornadas de magnitud histórica. El movimiento de mujeres se dispone a realizar la tercera. En las calles se expresa un malestar con el gobierno que va en aumento.

Por Sebastián Tafuro. Las movilizaciones sindicales tienen ese no sé qué. La imagen -ahora retroalimentada por drones y fotos aéreas- de miles de trabajadores y trabajadoras tomando las calles por asalto es una de las más simbólicas de la cultura popular de nuestro país. Las banderas de diversos colores, las bengalas, las bombas de estruendo, los globos aerostáticos, configuran un cuadro único, sostenido además por la incomparable alegría que invade a los presentes, una sensación propia de aquellos que tenemos claro que, aunque sea por un rato, el poder y la fortaleza están de nuestro lado.

Argentina sigue teniendo un alto nivel de organización gremial, que ha superado un sinfín de tempestades y continúa vivito y coleando. Pese a burocracias de diverso pelaje, pese a los intentos mediáticos de degradar la función del sindicalismo en base a lo que significan determinadas caras, los trabajadores y las trabajadoras seguimos apostando a la organización y estamos de pie para hacer frente a unas políticas que nos tienen en la primera línea de fuego para ajustarnos y deteriorar constantemente nuestras condiciones de vida. La tradición de lucha y resistencia bajo la cual se han escrito grandes capítulos al interior del movimiento obrero organizado se ha transmitido de generación en generación y es el motor que empuja a una coyuntura de confrontación.

La historia contada desde abajo narrará en unos años que hubo tres días consecutivos donde las calles, principalmente de la Ciudad de Buenos Aires pero también de otras provincias, se vieron colmadas por multitudes que rechazaron el modelo económico que quiere imponer el gobierno de Mauricio Macri. El lunes fueron los docentes quienes se expresaron contundentemente contra la negación del derecho a la paritaria, el techo salarial y la estigmatización contra un colectivo que ha demostrado una enorme voluntad de lucha y las necesarias dosis de creatividad para hacer frente a discursos nefastos con pretensión hegemónica.

El martes fue la CGT la que impulsó otra gigantesca marcha, con muchas similitudes a la del 29 de abril del año pasado. Por un lado volvió a exhibir que hoy es la única central -Confederación, para ser más exactos- con semejante capacidad de convocatoria, más allá de que también aportaron lo suyo las diferentes vertientes de la CTA y la CTEP. Ese indudable reconocimiento, señal de las fortalezas ya mencionadas del movimiento obrero argentino y a su vez de la apuesta de espacios diversos por discutir ahí adentro y no por fuera, no nos pueden hacer obviar que uno de los grandes espejos con aquella previa al 1ro de Mayo es el amague para realizar una medida de fuerza.

Si aquella vez un posible veto a la Ley Anti Despidos dispararía la convocatoria a un paro general que nunca ocurrió (y sí el veto), en esta ocasión sólo se trataba de ponerle fecha a ese hecho político, inevitable si uno presta atención a los diagnósticos… de la propia CGT. Pero la lectura de la coyuntura que hace el triunvirato no parece encontrar resonancia en las acciones que puedan enfrentar con más firmeza el panorama oscuro que describieron, atravesados por silbidos, Schmidt, Daer y Acuña. Quizás sea el principio del fin para estas figuras oxidadas (aunque su rol en la conducción cegetista lleva apenas unos meses).

Los incidentes alrededor del palco, poco aclarados aún pero con visiones encontradas sobre su origen, no opacan lo que se vivenció como un clamor popular, evidencia clara de un fuerte descontento social: la necesidad de que se determinara la fecha concreta de un paro general. La constante ambigüedad del triunvirato pareció alcanzar un límite y se palpó en el ambiente una especie de hastío con una dirigencia anquilosada en sus sillones desde hace mucho tiempo, con una cultura burocrática cada vez más perniciosa para con los intereses de sus representados.

Es difícil aseverar que estemos cerca de una especie de “que se vayan todos” al estilo 2001 visto y considerando además la capacidad de supervivencia de esos dirigentes, pero cómo se explica sino la desconexión entre los discursos de arriba y la bronca de abajo (vale resaltar que en el acto de los docentes Acuña también sufrió la silbatina de quienes le exigían la convocatoria al paro). ¿Cómo se explica que un dirigente sindical tenga que irse poco más que huyendo del escenario? ¿Cómo se explica que otro de esos dirigentes sólo atine a decir que eran energúmenos los que provocaron los incidentes sin identificar que por detrás hay mucho más enojo que el de esos “grupúsculos”?

Sin embargo, no debemos desenfocarnos del significado principal de ambos eventos. El malestar con el macrismo es cada vez más grande y se hizo notar. Ese es el dato central de estos días.

Y para colmo este miércoles temblará la tierra. Porque será el movimiento de mujeres el que se plantará más firme que nunca y hará el paro -internacional, para doblegar aún más la apuesta- que la CGT se volvió a guardar en el bolsillo de quién sabe qué mesa de negociación o rosca ajena a los trabajadores. Desde aquel “Ni Una Menos” el 3 de junio de 2015, la potencia de este movimiento en Argentina ha ido in crescendo y todo se encamina hacia una nueva página memorable. Aquí también, y con cada vez más claridad política, es el orden social vigente el que se pone en cuestión. Incluso con más radicalidad en la comparación con reclamos laborales más clásicos.

La vigencia del pensamiento de Agustín Tosco se consolida con el paso del tiempo. Por eso no dudamos en hacernos eco de aquella famosa afirmación del dirigente de Luz y Fuerza: “La única división que nosotros hacemos es entre los que luchan y los que se entregan”. Y en las calles se respira lucha. Quien quiera oír, que oiga.

@tafurel

Foto: Fabiana Montenegro

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