Europa

14 marzo, 2017

Los Países Bajos van a las urnas en medio de una crisis política generalizada

Con la legitimidad de los partidos tradicionales diezmada, la oscura figura del ultraderechista Geert Wilders asoma como gran ganadora de los comicios. Aunque no podrá formar gobierno, las encuestas lo ubican en un empate técnico con el primer ministro Mark Rutte.

Probablemente nunca en la historia reciente unas elecciones en los Países Bajos (el país erróneamente nombrado como Holanda) atrajeron tanta atención como las de este 15 de marzo. Se trata de la renovación de los diputados de una nación rica, con uno de los Índices de Desarrollo Humano más altos del mundo, con niveles ínfimos de desempleo y una tradición de conformar gobiernos de consenso en el marco de una monarquía parlamentaria.

A pesar de todo esto, su sistema político está en crisis. Y su máxima expresión es la posibilidad de que el excéntrico líder ultraderechista Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV, por sus siglas en neerlandés), gane las elecciones.

Según las encuestas más recientes, Wilders llega al día de los comicios en una situación de empate técnico con el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD) del primer ministro Mark Rutte.

Pasokización

El sistema político neerlandés se sostuvo desde el final de la Segunda Guerra Mundial en tres partidos: el VVD, la Llamada Demócrata Cristiana (CDA), y el socialdemócrata Partido del Trabajo (PvdA). En el marco de un sistema atomizado, que generalmente tiene 9 o 10 partidos con representación en un parlamento de 150 miembros, han formado infinitas coaliciones y se han repartido los períodos de gobierno.

Sin embargo, la Segunda Cámara (la única electa por voto popular) que salga de estas elecciones tendrá un panorama totalmente distinto. El VVD es el único de los partidos tradicionales que se mantiene “sólido”: el entrecomillado se debe a que, de acuerdo a las encuestas, perdería al menos una tercera parte de los diputados con los que cuenta actualmente.

La CDA, por su parte, mantendría números bastante similares, que los sitúan en una relativa marginalidad con entre 17 y 20 representantes (un aumento respecto a los 13 actuales).

Pero el gran derrotado de estos comicios, sin lugar a dudas, será el PvdA. La socialdemocracia, que actualmente integra la coalición de gobierno, pasaría de tener 38 diputados a, en el mejor de los casos, 13. Un proceso de pasokización, término que se empezó a utilizar a partir del caso griego en el que el partido tradicional de la socialdemocracia (PASOK), descendió rápidamente a un lugar secundario en la política helénica ante la aparición del frente de izquierda Syriza.

El PvdA resigna votos desde todos los sectores: se fortalece la izquierda, representada por el Partido Socialista y la Izquierda Verde, que pasaría de cuatro representantes a alrededor de 20; también el centro, a través de los liberales de Demócratas 66 (D66); e incluso la centroderecha del VVD y la CDA.

Wilders: la islamofobia como programa

El PVV va camino a ser el gran ganador de la elección. Posiblemente consiga el primer puesto, pero es casi imposible que integre el gobierno surgido del nuevo Parlamento. Alrededor suyo se ha formado un “cordón sanitario”, que va desde la izquierda a la derecha en el que prácticamente todos los partidos asumieron el compromiso de no integrarlo en una eventual alianza.

Wilders se esfuerza por presentarse como un outsider de la política, pero no lo es. Desde 1994 hasta 2004 integró el VVD, por el que llegó a ser electo diputado. Abandonó el partido y fundó el PVV.

Desde entonces ha ocupado un lugar en la política neerlandesa, con suerte electoral diversa. Su gran momento llegó en 2010, cuando obtuvo el tercer lugar en las elecciones y 24 diputados en el parlamento. Eso le permitió apoyar con sus votos a la alianza de gobierno, liderada por Rutte e integrada por el VVD y la CDA.

En 2012, sin embargo, retiró su apoyo con críticas a los recortes presupuestarios propuestos por la Unión Europea. Se desató una crisis que llevó a unas elecciones anticipadas de las que Rutte salió fortalecido y Wilders debilitado.

Todo cambió en 2014: tras un acto partidario en La Haya en el que Wilders agitó a sus simpatizantes contra los inmigrantes marroquíes. Fue juzgado y encontrado culpable de incitación a la discriminación, aunque sin condena efectiva. El tema consumió ríos de tinta y horas de televisión, y cuando terminó el proceso judicial (a fines de 2016) la intención de voto del PVV se había disparado.

Ahora, subido a caballo de Donald Trump, Marine Le Pen y el Brexit, presentó un programa que apenas ocupa una hoja A4. Cuenta con 11 puntos, entre los que se destacan cerrar las mezquitas, prohibir la venta del Corán, impedir el ingreso de personas procedentes de países de mayoría islámica, y sacar al país de la Unión Europea.

Todo eso combinado con una serie de promesas de corte progresista en lo económico: llevar la edad de jubilación de los 67 a los 65 años, reducir el precio de los alquileres, aumentar el gasto en salud y subir impuestos que afectan a las clases altas.

Conflicto a pedido

A días de las elecciones, el gobierno de Rutte se enzarzó en una disputa con su par de Turquía, tras impedirle el ingreso al país a un ministro turco que iba a hacer campaña entre la enorme colonia turca de cara a un nuevo referéndum que busca concentrar aún más poder en manos del presidente Recep Tayyip Erdogan.

¿A quién favorece semejante maniobra? Inicialmente al primer ministro, que disputa una buena parte de la base de votantes de Wilders y que, con este movimiento, muestra a la población que, si lo que buscan en mantener lejos al “islamismo radical”, él puede hacerlo.

Pero tras su decisión, miles de inmigrantes turcos se reunieron en el consulado de la ciudad de Rotterdam para reclamar por el ingreso del ministro. Punto para Wilders y su cruzada contra la colonia turca actualmente residente en el país. Y otro punto para él, que logró que sea su agenda la que se imponga en los días finales de la campaña.

Este 15 de marzo se sabrá si esta última escaramuza movió la aguja hacia algún lado. Lo cierto es que, tras las elecciones, un sistema político en crisis buscará reconstruirse a través de la rosca. Una costumbre tan neerlandesa como los tulipanes y los molinos.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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