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Entre Mirtha, “cucarachas” y discurso político en la televisión

Entre Mirtha, “cucarachas” y discurso político en la televisión
abril 17
22:57 2017

Por Juan Branz*. Rosa María Juana Martínez (Mirtha “la Chiqui” Legrand), creció al calor del cine y la radio: los soportes que emergieron y sostuvieron una cultura de masas en Argentina, al mismísimo tiempo que la Patria se estaba inventando como Patria.

Luego de actuar con Niní Marshall, protagonizó Los Martes, orquídeas, un film emblemático para el cine argentino. Elenita -Mirtha- representaba la figura de una joven romántica e ingenua, que calaría hondo en los imaginarios de los públicos de la pantalla grande, vinculados a una trama amorosa de época. También sacudió la audiencia radial siendo una de las voces más populares de Radio Splendid, junto a su hermana María Aurelia Paula Martínez Suárez (Silvia, la “Goldi”).

Mirtha sabe mucho de televisión, porque creció con la televisión argentina.

La cuestión es que hace 48 años que almuerza en pantalla. Si alguien le encuentra algún sentido de contenido y de formato para lanzar un programa donde invitados e invitadas coman y hablen al mismo tiempo, bienvenido el argumento que lo sostenga. Pero parece que la cosa funciona. ¿Qué le gusta al público de Mirtha? No lo sabemos. Pero podemos sospecharlo.

Legrand se convirtió en una agente especializada de la política. Mirtha despliega un repertorio que va desde lo estético/moral (balbucea algunas palabras en francés; ya no es más “Mirtha Legrand de Tinayre”, aunque Daniel Tinayre, su difunto marido, le otorgó, por ósmosis, su status civilizado), hasta el recuerdo de sus pagos: nunca olvida Villa Cañás. Conjuga todos los imaginarios sobre una “ciudadana ideal”. Es un producto de la cultura de masas en Argentina, cuyo derrotero no podía terminar en otro lugar que no fuera el estrellato. Hija de inmigrante español, actriz, y ascendida socialmente gracias a su trabajo.

Mirtha no usa “cucaracha” en su oído, pero siente el vértigo del rating. Es astuta: invierte la secuencia de un guión demostrando audacia y, muchas veces, morbo y perversión. Le lleva metros de ventaja televisiva a otros conductores del debate político en TV. Alejandro Fantino, Santiago Del Moro y, en menor medida, Jorge Rial no se pueden despegar del “cucarachismo”. Legrand pregunta lo que “la gente quiere saber en la calle”, no lo que le indiquen por “cucaracha”. Hay una complicidad lograda entre ella y su público que garantiza la legitimidad de cualquier pregunta, a cualquier invitado.

Los productores no son improvisados: tienen la destreza de capturar imágenes, símbolos y representaciones de sentido común y las vuelven narrativa televisiva. Tanta destreza que, al compás de escenarios políticos diversos, la mesa de Mirtha se volvió el espacio más plural en términos de invitados y de perspectivas ideológicas. Esto no es sólo mérito de producción: en las últimas décadas, los modos de hacer periodismo oscilaron entre la impugnación hacia los oficialismos y oposiciones, y la imposibilidad de acumular autonomía informativa y crítica.

Entre la condena y la ceguera

Por supuesto que el sistema para ver televisión por aire no sólo excluyó televidentes y concentró el negocio hacia la televisión por cable, sino también que el contenido audiovisual se deterioró al ritmo y la emergencia de actores precarizados (laboral e intelectualmente).

El fracaso en la implementación de la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, terminó con el escaso entusiasmo por encontrar diversidad de contenidos en la televisión abierta. 6,7,8, Majul, Lanata o Navarro, demostraron lo que entre el sentido común se nombraría como “periodismo militante”: informes patrocinados por algún empresario o bloque político, lanzando verdades que luego serán replicadas por redes sociales y las multipantallas.

Se supone una democracia que ofrecen la TV y la política tradicional. El gobierno del control remoto parece estar constreñido. Pero nos apresuramos para proclamar “la manipulación de los medios con el pueblo”. Cuidado, diría Stuart Hall: la teoría de la manipulación y el engaño de las masas (la idea de los “tontos culturales”) no resiste si contrastamos qué hacen esos públicos con lo que miran. Pensar en la pasividad de la televidencia es una idea poco transformadora. Pues nos perderíamos qué es lo que pasa entre la TV y los públicos: en términos de clase, de género, de etnia. Lo que muchos y muchas teóricas de la comunicación llamarán las mediaciones: las experiencias y la institucionalidad que moldea nuestras prácticas, nuestra cotidianeidad.

Mirtha sabe y opera entre esas mediaciones. Tiene guiños de clase, complicidades, negociaciones con su público. No poder interpretarlas es no comprender los fenómenos de masas, ni la cultura popular. Significa que no podremos disputar un sentido común cristalizado que circula entre la pantalla y las experiencias del hacer: cotidiano, político, cultural. Además, evidencia que no sabemos nada de televisión; un soporte dispuesto por las clases dominantes, cargado de contenidos y deseos elaborados estratégicamente para que otros imaginen y deseen lo mismo. Entre los condicionamientos ideológicos, tecnológicos y políticos, y la astucia (el tiempo del que disponen los dominados), es la escena que se acomoda a una buena teoría que rompa con el determinismo de los medios.

Almorzar con Mirtha es bucear por lugares y costumbres de nuestra cultura popular. Entre la violencia y vehemencia de sus preguntas, y el sueño de una distinguida mujer ascendida socialmente; mirando el sueño de la Europa civilizada, claro. Ofreciendo sabores gourmet, pero creyendo en los mitos y en los cuentos populares: “Este programa trae suerte”, “Como te ven, te tratan…” y otras tantas “verdades”.

Ella dice lo que escucha en la calle. Ella es la parte por el todo. Es “se viene el zurdaje” (hablando del kichnerismo), y es “ustedes no ven la realidad” (almorzando con Macri). Dispone de una destreza implacable para interpelar, otra vez, lo que está entre la “tele” y su público.

La videopolítica se adapta a los diferentes soportes tecnológicos; y Mirtha también. La condena hacia sus públicos, por creer en lo que Legrand dice, es pura miopía cultural. Habla más de la incapacidad analítica de quienes condenan, que de Legrand. En todo caso, la disputa no es contra “la Chiqui”, es con los modos de hacer política que, cada vez más, se preocupan por los medios, y no por las mediaciones.

Doctor en Comunicación. CONICET/IDAES. UNLP. Colaborador del Centro de Estudios para el Cambio Social (CECS)

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