Batalla de Ideas

17 abril, 2017

Tesis contra El Capital

Por Martín Ogando. En abril de 1917 el curso de la joven Revolución Rusa cambió para siempre. Lenin demolió una a una las concepciones osificadas, presentó radicalmente las nuevas tareas y sacudió el conservadurismo de las facciones más moderadas de la revolución, pero también el de su propio partido.

Por Martín Ogando. Antonio Gramsci supo escribir uno de los más brillantes elogios de la Revolución Rusa y, sugestivamente, eligió titularlo La revolución contra El Capital. Revolución anticapitalista, sin ninguna duda, pero revolución también contra el dogma, contra lo que se debía y podía hacer en función de las supuestas enseñanzas de los grandes maestros. Es que en Rusia, decía, El Capital de Marx era “el libro de los burgueses más que el de los proletarios”. La encarnación evidente de este desafío a lo posible fue octubre. Sin embargo, varios meses antes, lo esencial de esa ruptura ya había sido enunciado por un hombre: Vladimir Ilich Ulianov.

El 17 de abril (4 de abril según el calendario ruso) de 1917 el curso de la joven Revolución Rusa cambó para siempre. Lenin, esa ausencia de casi diez años, vino a conmover las certezas de propios y extraños. En un Palacio Táuride colmado, la voz del viejo líder demolió una a una las concepciones osificadas, presentó radicalmente las nuevas tareas y sacudió el conservadurismo de las facciones más moderadas de la revolución, pero también el de su propio partido.

Ahora es cuando

La intervención de Lenin tuvo un objetivo claro: orientar la acción de los revolucionarios, de las multitudes obreras y campesinas, hacia la toma del poder. La ruptura fue evidente desde un principio. El esquema según el cual la revolución debía mantenerse en los cauces y límites de un movimiento republicano y burgués fue a parar a la basura. Según esta interpretación, Rusia debía alcanzar primero un pleno desarrollo capitalista, dejando atrás al atraso zarista, para desde allí desplegar la lucha por el objetivo último socialista. Lenin señaló que ese objetivo último debía alcanzarse aquí y ahora.

Lenin afirmó que la primera etapa de la revolución, que había dejado el poder en manos de los liberales, se encontraba concluida y que era necesario proponerse el traspaso del poder a obreros y campesinos. Más aún, que esa etapa no respondió a leyes ineluctables o necesariedad histórica alguna, sino a que el proletariado carecía del “grado necesario de conciencia y de organización”. Una ruptura significativa con las lecturas objetivistas y deterministas del marxismo estaba en curso.

La estructura del gobierno obrero y campesino ya existía. Eran los Soviets, y era en ellos en los que debía residir el poder real. El gobierno provisional era burgués, no estaba llevando ni llevaría adelante las medidas necesarias para terminar con la guerra, con el hambre, con la humillación del campesino. Por eso los bolcheviques no debían prestarle ningún tipo de apoyo.

Sin embargo, los partidarios de Lenin representaban una pequeña minoría en los propios Soviets, y los partidos mayoritarios, las propias masas populares depositaban aún su confianza en el gobierno provisional. Era necesaria una “labor de crítica y esclarecimiento de los errores”, un trabajo “paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas”.

No es nuestra guerra

“Las tareas del proletariado en la presente revolución” (Tesis de Abril) comienzan rechazando el llamado “defensismo”, es decir la idea de que había que sostener la guerra contra Alemania, ya que ahora su contenido había cambiado, puesto que se trataba de defender a un gobierno revolucionario. Lenin, por el contrario, reafirmaba el carácter imperialista de la confrontación, y al gobierno provisional del Príncipe Lvov como un agente de esa guerra de rapiña. Pedir más sacrificios a los millones de rusos que se desangraban en el frente, sólo podía estar justificado por un gobierno verdaderamente popular, que tomara medidas concretas en favor de esos campesinos y trabajadores en armas, y que renunciara por anticipado a cualquier anexión territorial o vocación imperial.

Esta denuncia de la guerra imperialista, en pleno suelo ruso, le valió la acusación de agente del Kaiser alemán. Meses después, cuando luego de las “Jornadas de Julio” se descargó una rabiosa persecución sobre los bolcheviques, esta acusación se generalizó. El hecho de que Alemania le permitiera a Lenin atravesar su territorio en el misterioso tren precintado aportó condimentos novelescos a la denuncia.

Lenin contra los bolcheviques

El giro propuesto por Lenin chocó de frente con la orientación que los propios bolcheviques se habían dado luego de la revolución de febrero. La autoridad de Lenin era grande, pero estuvo muy lejos de convencer de inmediato a sus viejos camaradas. Después de todo era un recién llegado.

En los acontecimiento de febrero los bolcheviques no habían ejercido dirección alguna, y en las semanas siguientes su accionar fue zigzagueante y confuso. Una vez más se demostraba que cuando las masas ocupan la escena, los revolucionarios, aún aquellos que se han preparado durante años para ese momento, suelen quedar a la saga.

La llegada de Stalin y Kámenev del destierro terminó de orientar la acción del partido en un sentido conservador, asumiendo las consignas “defensistas” y el apoyo condicionado al gobierno provisional. Aún el 21 de abril (8 de abril), desde las páginas de Pravda se desautorizaba el planteo de Lenin, cuando afirmaba que “la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista”. La lucha de Lenin para convertir en mayoritaria su política al interior del bolchevismo se resolvió recién en la conferencia partidaria veinte días después.

El deber de todo revolucionario: hacer la revolución

Cien años han transcurrido. Conocer la historia es siempre importante, sobre todo cuando ésta ha dejado marcas tan imborrables en el presente. El siglo XX entero, sus movimientos económicos, políticos e ideológicos, no pueden ser explicados por fuera del impacto de la Revolución Rusa, aún en nuestras tierras. Y en esa enorme empresa histórica las Tesis de Abril tienen un lugar relevante.

Detrás de ellas late la vida de un revolucionario que se deshizo del dogma, que puso al sujeto en su lugar, y supo identificar el núcleo activo y revolucionario del pensamiento marxista. Un hombre que atravesó el exilio y las persecuciones, pero jamás claudicó en su optimismo de la voluntad. Que confrontó con el pensamiento hegemónico, no temiendo quedar por momentos presumiblemente aislado. Un militante convencido de que las clases trabajadoras y campesinas eran las protagonistas últimas de cualquier cambio verdadero, y de que su democracia directa estaba destinada a terminar con la dictadura del capital y abrir un destino nuevo a la humanidad. Alguien que, lejos del supuesto aventurerismo que se le endilga, sabiendo que sus posiciones eran minoritarias, aconsejó el trabajo paciente, persistente, pedagógico y apostó a la experiencia política de un pueblo en movimiento.

La Unión Soviética no llevó al socialismo ni una nueva era de valores humanistas se expandió por el mundo. Lenin tal vez erró. Sin embargo, en este mundo más cruel e injusto que nunca, cómo no sentir que muchas de sus certezas mantienen fulgurante vigencia.

@MartinOgando

Foto: Lenin expone las Tesis de Abril en Petrogrado / Crédito: @RT_1917

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