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Thoreau, la vida merece formas nuevas

Thoreau, la vida merece formas nuevas
abril 19
20:24 2017

El 6 de diciembre de 1854 en un hall de ferrocarril de Rhode Island, un hombre de 37 años, vestido con levita negra y moño, se paró ante el público y dictó la conferencia que hoy conocemos como Una vida sin principios (Ediciones Godot, 2017). La escena se repitió otras cuatro veces en Massachusetts, su ciudad natal, y una vez más en Nueva Jersey. Alguna vez, en otro escenario similar, el hombre había escuchado a alguien entre el público que se preguntaba: “¿A favor de qué es esta conferencia?” El problema es que Henry David Thoreau -ese es el nombre de nuestro hombre- no era un político, ni un predicador. Era, tal vez, el más raro en una generación de raros.

Ese mismo año Thoreau había publicado Walden, o la vida en los bosques. Un conjunto de impresiones sobre su experiencia viviendo en una cabaña durante tres años. Se dice que en esos días el hombre tomaba un baño a la mañana y después se sentaba frente a su cabaña y pasaba las horas hasta el mediodía. ¿Qué hacía? Observaba, pensaba. “Esto era flagrante ociosidad para mis conciudadanos pero si los pájaros y las flores me hubieran examinado según sus pautas, no habrían encontrado falta en mi”.

Hay una constelación que podríamos llamar Literatura norteamericana del siglo XIX. Es el nombre que reúne a Edgar Poe, Jack London, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne. A ese mapa pertenece el nombre de Thoreau. Él, como ellos, fue un artefacto raro, difícil de estabilizar. Leído como caso aislado parece un error, un hecho literario fuera de toda regla. Leído en relación a sus contemporáneos su rareza adquiere otro sentido.

Si miramos las pesadillas de Poe desplazadas a sus cuentos, o el vitalismo de London que avanza entre esquimales, buscadores de oro y marineros, o las extrañas figuras de Melville con su capitán Ahab y su escribiente Bartleby, o el puritanismo gótico de Hawthorne que deviene alegoría mística; lo que queda es una generación de escritores que están buscando sus materiales en los confines de la razón.

Pero, ¿qué razón combate Thoreau? “Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana -dice en la conferencia- está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta su día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano”.

La oposición que inicia su reflexión parece darse entre ocio y lucro, contemplación y rédito. Hay en él la intuición de que una vida mejor es posible pero que seguirá siendo inaccesible a los hombres en la medida que no destruyamos los cimientos falsos sobre los que vivimos.

El problema está planteado: “Las formas en las que se puede conseguir dinero casi sin excepción nos denigran”, dice Thoreau. Entonces, “Cómo hacer del ganarse la vida no simplemente algo honorable y honesto, sino deseable y dichoso; porque si ganarse la vida no es así, entonces la vida misma tampoco”.

Enfrentar la lógica del rédito y el lucro supone enfrentar el mecanismo que crea la desigualdad social, sí, pero sobre todo lo que esa lógica hace en el corazón de los hombres.  ¿Qué tipo de saber puede engendrar este mundo? ¿Qué tipo de dicha?

“Deberíamos tratar a nuestras mentes -propone- es decir, a nosotros mismos, como a niños inocentes e ingenuos de los cuales somos guardianes, cuidando qué objetos y qué sujetos empujamos hacia su atención”.

Si Una vida sin principios es el para qué, La desobediencia civil -conferencia pronunciada en 1848- es un camino posible para llegar hasta ahí. Thoreau había estado preso en la cárcel de Concord durante 1846 por negarse a pagar impuestos. Dos años después construía una reflexión en torno a esa práctica. Lo que propone es objetar el poder del Estado. ¿Por qué mantener un orden que sostiene la esclavitud y emprende guerras inútiles como el enfrentamiento con México? Esas dos preguntas lo llevaron a diseñar una serie de ideas que luego serían retomadas por hombres tan distantes como Tolstoi en la Rusia zarista, Gandhi en la India durante la ocupación británica y por Martín Luther King en su propio país contra la violencia racial.

Hay quienes han querido ver en él un exponente de la filosofía trascendental. De hecho fue socio del Trascendental Club junto a Walt Whitman, Luoisa May Alcott y su fundador Ralph Waldo Emerson. Sin embargo su rareza lo expulsa de todo conjunto y, si se insiste en incluirlo, su presencia modifica la serie.

Lo cierto es que con la desobediencia civil y el período en el lago Walden a cuestas, lo que Una vida sin principios viene a pensar es el fundamento de esas experiencias extremas. Porque Thoreau fue un hombre persiguiendo una verdad. O, para decirlo con sus propias palabras, “Tal como una ventisca se forma cuando hay una pausa en el viento, se podría decir que, cuando hay una pausa en la verdad, se forma una institución. La verdad, sin embargo, sopla justo por sobre ella y termina destruyéndola”. Y su pensamiento está hecho de esa fuerza ancestral.

Juan Mattio – @juanmattio

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