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Cristiano Lucarelli: el delantero comunista

Cristiano Lucarelli: el delantero comunista
abril 27
21:57 2017

Entre el olor a peces muertos y fruta fermentada, varias personas caminan por los pasillos angostos de una feria de Livorno, Italia. Lo que alguna vez fueron escombros de la Segunda Guerra Mundial, hoy son edificios humildes de colores pintorescos y banderas rojas. La hoz y el martillo no han de faltar en las ventanas. Tampoco los posters de Cristiano Lucarelli.

Las bocinas de los barcos se mezclan con el sonido de las olas del mar, la sal penetra en las narices de los trabajadores, que saben que no basta con llenar sus redes de pescado. Es por eso que regocijan su memoria con los recuerdos de épocas doradas del pensamiento marxista. Buscando en las penumbras del pasado encuentran un halo de luz, un viernes 21 de enero de 1921, cuando, con la presencia de intelectuales reconocidos -como Antonio Gramsci- se fundó el Partido Comunista Italiano.

La ciudad se fundó en las bases del socialismo y, pese a la dominación del sistema capitalista, el compromiso político se extendió a todos los sectores sociales. Es por eso que, por aquellas épocas también (1915 para ser exactos) se fundó el equipo de fútbol de la ciudad: Livorno, “el club comunista”.

En la actualidad miles de personas llenan las gradas del estadio Armando Picchi con banderas rojas con los rostros de sus líderes políticos. Figuras como Vladimir Lenin, el Che Guevara y el Comandante Chávez flamean al ritmo de los bombos y de las canciones.

Pero en Livorno surgió también una leyenda de lealtad y sacrificio, difícil de encontrar en tiempos dónde el mercado condicionó la vida de la sociedad. Todo comenzó en 1975, cuando en una pequeña y oscura casa del puerto, una pareja de obreros militantes vieron nacer a Cristiano Lucarelli.

Sus primeros pasos fueron en la miseria, pero siempre confiado en los pasos de sus padres. En su temprana adolescencia alternó las redes de pescar con las pelotas de fútbol, y ya para el año 1992 se convirtió en un joven debutante en la Serie D italiana. El Cuoiopelli, un equipo de Pisa, a pocos kilómetros de Livorno, fue su primera experiencia.

Delantero, de pelo negro y cejas pobladas logró enamorar a los hinchas con tan sólo veinte años. Su metro casi noventa le daba una gran presencia que lo ayudó a marcar sus primeros goles. Tuvo un rápido paso por equipos de las ligas menores y terminó explotando como jugador en la temporada de 1996, jugando para el Padova. Sus actuaciones le abrieron las puertas del seleccionado juvenil, donde marcó diez goles en diez partidos.

Finalmente, tras la espera de varios años, la selección le dio la oportunidad de disputar un partido amistoso en su casa. Livorno lo recibió con los puños en alto. Amigos y familiares lo miraban desde las gradas esperando un grito de gol.

Cristiano pasó la prueba de fe.

Tras marcar, esquivó a sus compañeros y corrió a pararse en uno de los carteles de publicidad. Desaforado, levantó sus puños al cielo y se sacó la remera para mostrar otra debajo. La cara del Che Guevara enardeció a livorneses y livornesas.

Pero no todo fue gloria para el delantero. Los dirigentes de la FIFA tildaron su festejo de “provocación” y censuraron los sueños del joven en la selección juvenil.

Aún así, a Lucarelli no pareció importarle. Conocía los intereses de la Federación, y a sus 20 años no era un militante ingenuo. Sabía, con seguridad, que no estaba dispuesto a negociar sus ideales por mantenerse en un lugar de privilegio en el fútbol mundial. Es que, después de todo, él ya tenía su lugar en el mundo.

Su carrera no se vio frustrada. Tuvo un paso por varios clubes italianos y por el Valencia español -su peor experiencia futbolística-. Hasta que, para el año 2003, una gran noticia hizo vibrar las calles livornesas. El club de la ciudad obtuvo el ascenso a la Serie B y Cristiano no dudó en firmar para los rojos. La idea de jugar en su casa, con su gente, era más grande que cualquier club vecino.

Aceptó firmar por 500 mil euros, la mitad de lo que ofrecía Torino por renegociar el contrato. Un porcentaje de esa suma fue destinado a obras sociales. En declaraciones de esa semana el delantero dijo: “Para algunos, su sueño es ser millonario. Comprarse una Ferrari, un yate. Para mí, lo mejor de mi vida sería jugar en Livorno”.

Y así fue que en su ciudad natal comenzó a escribir con los pies la historia que ya está tatuada en el corazón de sus hinchas. Anotó 29 goles llevando al club comunista a la primera división luego de 55 años.

Tras una gran temporada, varios clubes europeos hicieron ofertas millonarias por el jugador, pero él mismo decidió rechazarlas. A cambio, se convirtió en el goleador de la liga y obtuvo una clasificación histórica del club a una de las competiciones más importantes del continente Europeo: la UEFA Europa League.

Además, el año 2005 fue un año de revanchas. Tras la desafección a la selección juvenil en 1996 tuvo la oportunidad de volver a vestir la camiseta italiana.

Pero su importancia no solo estaba en sus goles. Lucarelli era reconocido por su militancia activa y sus jugosas donaciones a la creación de hospitales y escuelas. Tal es así que en ese mismo año fue invitado a un encuentro a beneficio de la salud cubana. Allí conoció a Aleida Guevara, la hija del Che. En aquella ocasión la hija del líder guerrillero argentino sostuvo: “Ese rostro es un símbolo de lucha. Espero que no se quede sólo en un mito, sino que sea un emblema para crear un mundo mejor”.

Luego de cuatro temporadas, en 2007 firmó para el Shaktar Donetsk de Ucrania. Allí hubo otra donación emblemática del italiano. Esta vez fue la mitad de su sueldo para financiar la conformación de un diario en su ciudad, creando así nuevas oportunidades de trabajo. A partir de allí su carrera se fue apagando hasta retirarse en el año 2012.

Es uno de los máximos goleadores de la historia del club, detrás de Igor Protti, con 101 goles en 162 partidos. Todos y cada uno de ellos fueron celebrados con el puño en alto, el saludo del Partido Comunista, en nombre de la revolución. Desde sus comienzos, el delantero lució el número 99 en su espalda, año de creación de Las Brigadas Autónomas Livornesas, la barra de Livorno.

“Algunos creen que el estilo de vida de un futbolista no se condice con el comunismo, pero yo ya era comunista antes de ser futbolista”, dijo alguna vez.

Ezequiel Maestú

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