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La vanguardia rusa (I)

La vanguardia rusa (I)
mayo 02
22:49 2017

A 100 años de la Revolución Rusa de 1917, comenzamos la publicación de una serie de artículos sobre “El arte en la Revolución y la revolución en el arte”. En esta introducción, una descripción de la multiforme y vital vanguardia rusa. Luego seguirán notas sobre el cine, las artes plásticas, la arquitectura, el teatro y la gráfica.

Con la Revolución Rusa, su vanguardia, el partido bolchevique, llega al poder. El término vanguardia, de raíz militar, del francés avant-garde, es re-significado en su carácter político y artístico, donde el bolchevique, el paradigma del vanguardista político, constituye una figura que cala también en el campo del arte. Son los hombres victoriosos, artífices de la revolución, protagonistas de una nueva sociedad prometeica que incidirán en la cultura como prototipo del actor radicalizado que conduce a las masas hacia una nueva época.

El chispazo de Octubre ilumina a los revolucionarios de todo el mundo y permite hacer realidad la utopía de superar el divorcio entre arte y sociedad. La revolución disparó una nueva manera de pensar y hacer el arte, la arquitectura, el cine y el diseño gráfico, fertilizó el terreno para aportes creativos, debates y polémicas originales, inaugurando una diferente relación entre las vanguardias políticas y las artísticas.

Durante los primeros 25 años del siglo XX en Europa las artes experimentaron una transformación radical, suscitada por los debates de lo abstracto y lo no figurativo. Pero las vanguardias rusas, a diferencia del resto del continente, se desplegaron en el contexto de un proceso inédito de emancipación social.

Frente al arte momificado de la academia, numerosos artistas que se habían identificado con las nuevas corrientes europeas (futurismo, cubismo, dadaismo, expresionismo) abrazaron sus ideales como un posibilidad liberadora al calor de la revolución. Estos artistas constituyeron la vanguardia rusa, cuyas figuras más destacadas fueron el poeta Vladimir Maiakovsky, los artistas plásticos Kazimir Malevich y Vasili Kandisky, los constructivistas Lásar Lisitski, Vladimir Tatlin, Aleksandr Rodchenko, Liubov Popova, Natalia Goncharova, los hermanos Naum y Antoni Pevsner, Vsévolod Meyerhold y su biomecánica teatral y los cineastas Sergéi Eisenstein y Vsévolod Pudovkin.

Fueron parte de una dinámica que servía a la sociedad que se estaba construyendo, actores principales de la génesis de un arte nuevo para un hombre nuevo en una nueva sociedad. Todos ellos fueron pioneros esenciales del arte, el cine, la gráfica y la cultura del siglo XX.

Recibieron la influencia de un acontecimiento sin precedentes, de un hervidero de innovación política e intelectual. Esta experiencia solo puede encontrar un antecedente parcial en la metamorfosis tempestuosa de Gustave Courbet de artista a político de la cultura, durante la breve experiencia de la Comuna de París.

En el período inicial la mayoría participó en el trabajo de propaganda, construyendo imágenes y gráfica en apoyo a la Revolución. Buscando una fusión de concepto, forma y contenido, explicando las necesidades y el sentido de la Revolución a una población principalmente analfabeta. Estos artistas y escritores que trataron de separarse de la vieja tradición, se esforzaban por crear una cultura universal que pudiera ser apreciada y comprendida por todos.

Fueron los encargados de la misión de crear museos de arte vivo y de organizar escuelas que se adecuaran a las nuevas necesidades. Realizaron demostraciones, decoraron trenes y barcos con composiciones cubo-futuristas y los cubrieron con consignas revolucionarias para llevar la buena noticia a todo el país. A partir de 1919 empezaron a diseñar objetos para la producción industrial y proyectos de arquitectura para modernizar la vieja Rusia zarista.

En ese período se desarrollaron metáforas poderosas, surgidas del espíritu de cambio y rebelión, que proporcionaron a los artistas un vocabulario de formas y espacios alimentados por ese clima de agitación innovadora, propicio y estimulante, para que ellos pudieran difundir sus propias teorías artísticas y crear un arte a la altura de los vientos de cambio

Maiakovsky dijo: “No necesitamos un mausoleo de arte donde se veneran las obras de muerte, necesitamos un arte vivamente humano, en las calles, en el tranvía, en las fábricas, en los talleres y en las casas de los trabajadores. Las calles son nuestros pinceles y las plazas nuestras paletas”.

Fuera de la academia, en la cultura popular, estaban arraigadas formas tradicionales tales como la iconografía y el grabado y el desafío de respetarlas o negarlas dividió aguas. El dilema enfrentó a quienes querían tomar el arte popular y reinventarlo, como Marc Chagall, o hacer tabla rasa y crear un arte libre de los límites del objeto, un modo diferente de percibir e interpretar las creaciones, una apuesta a la potencia de la ciencia y la tecnología, a la máquina moderna que haría posible socializar el arte.

“El artista debe aprender a utilizar los medios modernos de producción, y poner su creatividad y energía al servicio del proletariado”, pregonaba Rodchenko. “El arte debe ser transformado en trabajo y trabajar debe ser un arte”, profetizaba Tatlin.

Silvio Schachter

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