Asia

8 mayo, 2017

La grieta, la campaña, la guerra: una crónica de las calles de Seúl

Por Nicolas Cordeiro, desde Seúl. Recorrer las calles de Seúl en estos días implica, necesariamente, la particular aventura de toparse con la agitación de una campaña electoral peculiar, en el marco de una tensión internacional creciente, el contexto hace explotar las singularidades del momento histórico.

Por Nicolas Cordeiro, desde Seúl. Recorrer las calles de Seúl en estos días implica, necesariamente, la particular aventura de toparse con la agitación de una campaña electoral peculiar, en el marco de una tensión internacional creciente. El contexto hace explotar las singularidades del momento histórico. Da rienda suelta a un proselitismo que puede resultar único y hasta logra crear situaciones que rozan lo bizarro ante los ojos atónitos de quien ha visto cualquier campaña occidental “normal”.

El enemigo lo es todo, está en todas partes…

corea2Una señora sola de unos 50 años sostiene, en lo que podría ser una postal que evoca un antiimperialismo espontáneo, individual y de alto contenido fotográfico, una pancarta demasiado grande para su estatura que dice “Yanquis go home”. Rodeada de siete policías la miro y ella gira como para que le saque una foto, en su mirada descubro inconfundible su deseo de que entienda y transmita que acá hay alguien que “no los quiere”. Está parada frente a la embajada norteamericana, sobre la avenida principal donde todo transcurre.

Camino un poco mas allá hacia la esquina, a metros de la entrada de un palacio inmenso que recuerda épocas de emperadores, un grupo que no llega a 10 personas grita consignas en favor de la recién destituida presidenta Park Geun-hye y agitan banderas en favor del Partido de la Libertad. Cruzando la vereda, en una suerte de boulevard, unas carpas amarillas ancladas desde hace unos años llevan la voz de los familiares y las fotos de las victimas de la tragedia no natural mas grande de la historia reciente de Corea del Sur: más de 300 estudiantes y profesores fallecidos en un accidente marítimo por el que todavía se reclama justicia.

Apenas cruzando otra vez -todo ocurre en las 10 cuadras de rodean al Congreso y la plaza principal- un grupo de unos 60 activistas cantan un himno en coreano mientras agitan el puño en alto, están tomando el hall de entrada de un canal de TV y me explican en un inglés básico que reclaman contra la flexibilización laboral y los despidos. Esta vez los policías que rodean la protesta son casi 100, la gente cruza lejos de la escena ya que la represión en el espacio público se da de manera frecuente y esta parece estar yéndose de las manos.

corea1Casi como parte del decorado pero sin dejar de cumplir su rol, fanáticos religiosos levantan volantes y gritan consignas acerca de como “sólo Jesús” va a salvarnos de todo. Algunos fueron mas allá y colgaron una pancarta, donde las imágenes cuentan de la intima relación entre satán o el infierno y el comunismo. La hoz y el martillo arden en el fuego del averno. Intento en vano que me conviden con una explicación, pero el militante en cuestión se niega dejándome entender que este es un asunto del que no puedo ser parte por mi evidente condición de extranjero.

Sigo caminando y recibiendo lo que sólo se pueden describir como alaridos, para quien no entiende el idioma, salidos de un megáfono que intenta tapar todo lo demás. Es de un candidato con su propia mascota de campaña y lo aplauden no más de 12 personas con remeras con su propia cara. La campaña decididamente parece prescindir de actos masivos.

Entro en la plaza que antecede al Congreso y la escena desborda lo esperable. De una de las carpas de un nutrido campamento, salen varias personas uniformadas que parecieran haber pertenecido al ejército en otro momento. Colgado, un pasacalles en coreano pero también en inglés: “Stop the subversive enemy“.

Una mujer corre presurosa a avisarme que no me vaya, que tiene algo para mí. Para ese entonces me sentía tocado en mis fibras más íntimas por el cartel, algunos vicios de la retórica no cambian por más lejos que se encuentre uno. La mujer vuelve con un volante completamente en inglés e intenta explicarme o darme un resumen sobre la situación actual por la que atraviesa el país. Cree firmemente que el impeachment que destituyó a la presidenta un mes atrás, no es otra cosa que una burda maniobra del “enemigo”. Sí, de agentes norcoreanos. Me urge preguntarle cómo era que éstos operaban con tanta destreza de este lado de la frontera, la respuesta no podría haber sido mas clara: “Porque están en los medios, en los sindicatos, en la calle… el enemigo está en todas partes”.

Se quedó mirándome fijo. Para ese entonces yo rezaba por haber leído algún manual de instrucción a lo Cortázar de cómo zafar de situaciones incomodas, de esos tremendos cuatro segundos de silencio que siguieron a su afirmación. Quizás sólo atiné a agradecerle y seguí mi recorrido, ¿que más podría desearle? Nada que irritara ese campamento de paranoicos fascistas parecía la opción mas sensata.

Cuando la restricción hace la norma

corea3En Corea del Sur la inmensa mayoría de la población va a elegir entre candidatos que ni de cerca apuntan a amenazar lo que es una sólida hegemonía cultural capitalista. Una sociedad que confía ciegamente en el mercado, en sus virtudes y en una próspera alianza con EE.UU.

Esto sucede principalmente por dos razones muy distintas. Una es el éxito de la alianza entre medios, corporaciones y políticos liberales, cementados por una influencia del gobierno norteamericano de una intensidad sin mucha similitud con otros países. La otra es más desconocida y es la cantidad alarmante de restricciones que existen en la política surcoreana, en donde básicamente es ilegal ser de izquierda.

Cualquier coreano puede explicar por qué no hay partidos de izquierda compitiendo en las elecciones: “Por qué tienen vínculos con el norte”, es la explicación mas recurrente. Los sindicatos están mal vistos; las protestas y manifestaciones son reprimidas; cualquier comentario de acercamiento o contemplación alguna para con los vecinos, es tomada como una amenaza directa; la paranoia está a la orden del día.

Todas las organizaciones populares e incluso las mas progresistas o de centro izquierda están ilegalizadas. El Partido Progresista Unificado -que contaba con cinco congresistas- fue el último en ser proscripto en 2014 y varios de sus miembros puestos en prisión.

La tensión se apoderó del ambiente de manera total. El debate internacional se monta sobre los debates internos y todo se mezcla. Ya no son los tiempos de la sunshine policy (1998-2003) en donde el gobierno más centrista que puede tolerar el sistema surcoreano (el presidente Kim Dae-jung recibió el premio Nobel de la Paz por esta iniciativa), intentó sin éxito algunos acercamientos con Pyongyang. Se llegó a abrir un parque industrial conjunto con trabajadores norcoreanos que operaban las fabricas cruzando las fronteras todos los días y duró poco más de cinco años.

Las calles de Seúl gritan en silencio con sus grafitis. La tranquilidad en las veredas y parques siempre es parcial y delicada cuando el día va terminando. Las elecciones están a la vuelta de la esquina, el ganador esta casi puesto (Moon jae-in, Partido Democrático, centro), y todo el mundo espera con cierta ansiedad el desenlace de una elección y de una escalada del conflicto que esta rozando picos de presión inusuales en esta guerra nunca terminada.

@nicopildora

Foto: Nicolás Cordeiro

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