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Punitivismo: una mirada feminista y del psicoanálisis implicado

Punitivismo: una mirada feminista y del psicoanálisis implicado
mayo 08
23:55 2017

Por Diana Broggi*. Un análisis del punitivismo como tendencia represora. Cómo la supuesta “justicia” genera un daño tan irreversible como el que dice que pretende reparar.

No es una novedad que la actualización del debate respecto a qué hacer con los violadores se reconduce a más penas, más castigo y más cárcel, en un contexto de legitimidad del discurso represivo y ataque contra los derechos humanos. El impacto social que tuvieron los femicidios de Micaela y Araceli, en la escalada y arremetida cruel de la violencia machista despertó en la sociedad argentina, la sociedad del Ni Una Menos, una avalancha de consideraciones y argumentos que nos llevan a debatir la relación del feminismo con el derecho penal. Y que más que nunca deben servirnos para agudizar la mirada sobre la trampa que implica el punitivismo como respuesta desde lo penal, que ignora los contextos de violencia, y ubica “los hechos”, “los casos”, como fenómenos aislados.

¿Hijo sano?

Cuando desde el feminismo se afirma que los violadores, agresores, femicidas, victimarios “no son enfermos, son hijos sanos del patriarcado” se intentan evitar los lugares comunes que los definen como monstruos o enfermos, como seres que se aleja de lo humano.  Desde el psicoanálisis, o en nombre de él, hay quienes hablan incluso de la perversión como estructura clínica y en términos de patología.

Sin embargo, el violador no ejerce solo sus actos desde la singularidad de su estructura psíquica, sino que en todo caso ésta (sea cual sea) se encuentra determinada por un sistema cultural que hace de la violación, tal como plantea Rita Segato, un crimen de poder. Un ataque desde el cual se busca disciplinar, encuadrar, ejercer el poder sobre la otra persona ubicada como objeto (no como persona) desde su más íntima fibra humana: la sexualidad.

Alfredo Grande, psiquiatra y docente, dice desde el Psicoanálisis implicado: “A su vez hay muchos hijos sanos del patriarcado, la gran mayoría, que no violan. Por eso el machismo es una cuestión cultural, y sin embargo no está tipificado como delito.  La violación es una tortura sexual, y abuso de poder… sexual. Por eso es represor.”

En este sentido es que coincidimos con quienes plantean que no hay relación sexual en una violación, en tanto no hay reciprocidad. Sin embargo, sí hay una expresión de la sexualidad: de la sexualidad represora, donde el odio y el terror son elementos fundamentales del mecanismo que propicia satisfacción en el victimario.

No podemos prescindir del plano de la sexualidad para hacer análisis sobre el tema con cierta rigurosidad.  Sí, hay relación sexual en la violación y es una expresión sexual propia de la sexualidad represora, ya que existe una sexualidad reprimida y una sexualidad represora. No podemos hablar de la sexualidad represora, que es la violación, sin hablar de la reprimida, que es la sexualidad en nuestra cultura: maniatada, superflua, catolizada.  El concepto de sexualidad represora explica la sexualidad capturada por el mandato represor de la cultura patriarcal, como afirma Alfredo Grande.

Otro tópico en el debate que divide aguas es una de las polémicas que radica en la idea que algunos llaman el mito acerca del “abusador abusado”. Decimos -con sustento clínico y no como justificación- que “el abusado no siempre es abusador, pero el abusador habitualmente fue abusado” y hay en su accionar una repetición de su vivencia traumática en la cual su lugar fue el de oprimido. Entonces si asumimos esto, ¿tendríamos que estar rodeados de violadoras y mujeres violentas o femicidas?

La respuesta viene en clave de la cultura, otra vez, por los roles y estereotipos, porque las mujeres en nuestra cultura represora tenemos anestesiada la violencia, el odio y la autoconservación.

Somos más vulnerables por estar en una posición de subalternidad y el mecanismo que nos opera ante el avasallamiento subjetivo que implica una violación es la culpa. Y muchas veces incluso la repetición de la agresión pero sobre nosotras mismas, no sobre otro/a como sí ocurre en la masculinidad.

Entonces, hay que hablar de la sexualidad reprimida. Hay que hablar de educación sexual en las escuelas, hay que atender a que más castigo para los violadores no los corrige ni previene, no “van a pensar dos veces antes de hacerlo”. No se trata de decisiones que se toman de forma individual o que el agresor actúa desconociendo o simplemente desafiando la ley y las penas,  desconociendo la condena social (que muchas veces es más fuerte que el castigo en prisión y el encierro). Se trata de que la posibilidad de hacerlo es mandato y “hay que hacerlo”: violar, castigar, matar como mandatos patriarcales, aunque queden en el plano de la fantasía. Esa es la verdadera ley que tracciona y legitima los abusos de poder. Esa es la ley de la que no se habla y continuará operando históricamente desde el machismo femicida, disciplinador.

Obviamente que la castración, en sus diversas formas -química por ejemplo, como ridículamente se propone-, no sirve más que para promover incluso diversas y nuevas formas de abuso y maltrato, porque no se trata ni circunscribe exclusividad al órgano genital, porque la sexualidad no se define por la genitalidad. Es el lenguaje, los discursos, el entramado cultural y vincular. Es la sexualidad reprimida la mejor obra del patriarcado.

¿Qué es lo verdaderamente reparador?

Indefectiblemente el castigo y la punición se encuentran asociados a una idea de reparación de la víctima ante lo sufrido. La reparación es en la victima y consiste en elaborar la culpa por lo sucedido. Reparación tiene que ver con creación, con la capacidad y la posibilidad en juego de simbolizar elaborando el trauma, rompiendo con la culpabilidad avasallante y disciplinadora.

A su vez, diferenciar entre la idea de “justicia” y lo que es justo. Como lo justo es que nadie viole, abuse o maltrate a nadie, quebrado lo justo, la justicia nunca alcanza para reparar. Por eso es que necesitamos luchar por un ideal de justeza que nos permita un mundo en el que sea posible vivir en la diferencia sin ser ultrajados.

La lógica punitiva es repetición, no reparación y la voluntad de reparar tendría que estar en el victimario, no en la victima. Y casi nunca está, porque en la producción de subjetividad del macho patriarcal no es permitido. Puede hasta ser impostado, a menos que se trabaje minuciosamente con él y en clave del desarme de su sexualidad reprimida y luego represora, y no desde una cuestión “conductual o de valores”.

Por eso no podemos depender de esto para cifrar la reparación. La reparación simbólica -que siempre lo es- no puede estar cifrada ni en la repetición, ni en el victimario.

La verdadera forma de reparación no está en clave de castigo ni de venganza. Esto no implica negar la bronca e indignación, pero la verdadera reparación tiene que ser histórica y sistémica. En términos estructurales y no superficiales ni para “la tribuna”. La reparación consiste realmente en saber qué se está haciendo para no repetir, en romper los cercos patriarcales que oprimen a las mujeres y las diversas identidades de género. Se trata de una tarea histórica y de largo aliento: una batalla cultural.

*Integrante de ÁTICO, Cooperativa en salud mental.

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