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Golpearse contra el piso

Golpearse contra el piso
mayo 11
21:42 2017

Por Mariano D’Arrigo. Al final, el 2×1 fue una oferta semanal. Solo siete días después del fallo de los supremos en el caso Muiña, el extendido repudio social y político forjó en tiempo récord una “gran coalición” -desde un PRO que recalculó hasta el FIT- que blindó legislativamente la aplicación de esa ley a los criminales de lesa humanidad.

El miércoles, multitudinarias movilizaciones en todo el país reafirmaron que aún en la Argentina agrietada prima un consenso básico (¿El único, tal vez?) alrededor de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia.

Como en una película de acción, los supremos cortaron el cable equivocado. ¿Imaginaron en el palacio la onda expansiva de ese gancho, que podía abrir la jaula a torturadores, desaparecedores y apropiadores de bebés?

El primer descolocado fue el propio gobierno nacional. En un primer momento, la primera línea de funcionarios pidió “respetar el fallo”. Sin embargo, ante el rechazo social generalizado y el avance de denuncias judiciales, el gobierno tomó la iniciativa. Encuestas en mano, afinó el discurso. Sintomáticamente, Macri fue el último dirigente político de peso en pronunciarse públicamente. El miércoles, después de que el Senado convirtiera el proyecto en ley, el presidente sintetizó el giro discursivo: “Siempre estuve en contra del 2×1 y más en casos de lesa humanidad”. Ese mensaje, signo de los tiempos punitivistas, traza un riesgoso continuum entre delitos comunes y los de lesa humanidad, por definición imprescriptibles y no pasibles de ser indultados o amnistiados.

Por la opacidad del manejo del poder, probablemente nunca se sepa si efectivamente el gobierno dio luz verde al fallo de la Corte. Más allá de esto, y de su velocidad de reflejos para surfear la inmensa ola que tenía enfrente, el macrismo tiene una doble responsabilidad en la caja de Pandora que destapó el trío Rosatti – Rosenkrantz – Highton.

En primer lugar, porque los tres supremos ocupan su sillón por iniciativa del propio gobierno. En el caso de Rosatti y Rosenkrantz, intentó primero meterlos por la ventana con un decreto de necesidad y urgencia; luego emprolijó el trámite y los designó según manda la Constitución, con la impagable venia del bloque de senadores del PJ. En el caso de Highton, el gobierno renunció a apelar el amparo que había presentado la magistrada, por lo que la jueza se mantendrá en su cargo luego del 7 de septiembre, cuando supere el límite constitucional de 75 años.

En segundo lugar, porque el macrismo promueve desde el día cero de su gobierno un contra-revisionismo sobre los ‘70, la dictadura cívico militar y la agenda de derechos humanos. Sostiene a funcionarios abiertamente negacionistas como Gómez Centurión y Lopérfido. Intentó desjerarquizar el feriado del 24 de marzo, día en el que buena parte del bloque de diputados nacionales de Cambiemos se fotografió con carteles con leyendas como “los derechos humanos no tienen dueño”. Incluso el propio Macri calificó el genocidio como “guerra sucia” y reconoció que no tiene “ni idea” si los desaparecidos son 9 mil o 30 mil”. “Es una discusión que no tiene sentido”, evaluó.

Por eso, el gobierno parece tener más un “desacuerdo táctico” con un fallo con el que podría tener un “acuerdo estratégico”. Cuestiones de forma, más que de fondo.

Pisos

En su plan de demolición, el macrismo tantea pisos. Algunos, de apariencia más duros, se muestran más perforables, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la paritaria nacional docente. En este caso encontró cimientos sólidos.

El macrismo debe entenderse no sólo como un elenco gobernante, sino también como una etapa de cambio en la correlación de fuerzas, de disciplinamiento social, de corrimiento de fronteras.

Además, el fallo de la Corte sacudió la relativa quietud en la calle después de las movilizaciones de marzo y el paro nacional del 6 de abril. Del repliegue corporativo a una manifestación profundamente política.

Con el espaldarazo del 1A el gobierno se envalentonó, pero se recostó sobre su núcleo duro. Sin logros económicos para chapear, el gobierno apuesta a hiperpolitizar con los ejes pasado/futuro, mafia/República, y que la fragmentación opositora lo ubique como primera minoría o arañando la mayoría. Apuesta a exhibir luego el ansiado apoyo electoral como el supuesto consenso al ajuste que planea aplicar post octubre.

Recostarse sobre una minoría siempre entraña riesgos. El macrismo sabe que un porcentaje de la población (¿un cuarto, un tercio?) está dispuesto a sacrificarse y atravesar el desierto hasta llegar a esa tierra prometida donde no hay colectivos llenos de militantes ni olor a choripán.

Al comienzo de esta semana vertiginosa, el gobierno pareció demasiado cerca de la fracción más rancia de esa minoría: los genocidas y sus apologistas.

@mdarrigo

Foto: Ana Mombello

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