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Abelardo Castillo: el último escritor orgánico

Abelardo Castillo: el último escritor orgánico
mayo 16
00:47 2017

Para Abelardo Castillo ser persona y escritor era algo indivisible. Esa máxima la tomaba de Jean Paul Sartre: la literatura tiene que ser todo. En ese todo Castillo fue construyendo su propio mito. Con solo 22 años escribió El Otro Judas, su primera obra de teatro que trata con profundidad y precisión temas como la culpa y el castigo existencial de los hombres, logrando muy buenas críticas. Pero aquello que parecía una gran carrera de dramaturgo para un joven autor argentino luego se convirtió en algo superior.

Castillo comenzó a asomar al mundo literario como un escritor total. Su cuento “Volvedor” ganó el concurso literario del año 1959 de la revista Vea y Lea, con Borges y Bioy Casares en el jurado. Comenzaba su largo camino de superación personal.

El escritor Sebastián Basualdo (Mañana Solo Habrá Pasado, 2017) contó a Notas que la supuesta dureza de Castillo como maestro de escritores era la misma con la que se tomaba su propia tarea: “Si la literatura no es todo para vos, entonces no vale la pena perder un solo minuto en ella”, dice que le repetía el autor de Las Maquinarias de la Noche en sus encuentros en el mítico taller literario por el que pasaron escritores argentinos como Samantha Schweblin, Juan Forn o Pablo Ramos. Basualdo, quien en 2014 dedicó un número de la revista literaria que dirige llamada Los Inútiles a Castillo, lo recuerda con nostalgia: “Me resulta extraño hablar de él en pretérito; con Abelardo aprendí a trabajar los textos, a leer y saber que hay que corregir muchísimo y que nunca te acercás a ese ideal platónico de lo que vos pensaste a lo que terminás escribiendo”. Ese trabajo persistente y artesanal iba construyendo mito del escritor total.

En 1959 fundó la revista literaria El Grillo de Papel, prohibida un año después por el gobierno de Frondizi por su adhesión al pensamiento de izquierda. En 1961 asomó la mítica El Escarabajo de Oro, un pilar en la difusión literaria latinoamericana que contaba entre sus colaboradores a Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Augusto Roa Bastos y Alejandra Pizarnik, por mencionar solo algunos nombres.

El novelista Gonzalo Garcés (Los Impacientes, El Miedo) logró una amistad con Castillo a pesar de la diferencia de edad que los separaba. “Un día lo fui a saludar porque me iba a estudiar a Europa; conversamos sobre Balzac. A los dos años vuelvo y cuando lo voy a visitar, se sienta en el sillón del living, cruza una pierna y me dice: ‘Por otro lado, Eugenia Grandet no es su mejor novela’. Para Abelardo un amigo era aquella persona con la que se podía retomar una conversación en el mismo lugar en que la habías dejado, sin importar los años que hubiesen pasado”, dijo a Notas.

Las obras de teatro, los cuentos y las revistas literarias iban configurando el castillo de Abelardo. Las Otras Puertas (1961), Cuentos Crueles (1966), Las Panteras y el Templo (1976) y El Cruce de Aqueronte (1982) conforman un entramado elogiado por colegas y lectores.

Claudia Piñeiro recomendó leer sus cuentos tanto como sus ensayos: “Hay un libro que a mí me gusta mucho recomendar que es Ser Escritor. Ahí recoge muchas anécdotas de taller. También hay consejos que son para estar subrayando con lápiz para cualquiera que quiere escribir”, dijo la autora de Las Viudas de Los Jueves (2005). También sus novelas, El Que Tiene Sed (1985), Crónica de un Iniciado (1991) y El Evangelio Según Van Houtten (1999) forman parte de una vida entregada a la escritura.

En Literatura y Arte, Jean Paul Sartre sostiene para alcanzar la libertad es necesario tener una conciencia despierta. Esa utopía liberadora es la que persiguió Castillo toda su vida. Y no fue en vano.

Mariano Cervini –[email protected]

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