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En campaña contra el «pasado», Cambiemos llama a no cambiar

En campaña contra el «pasado», Cambiemos llama a no cambiar
mayo 18
19:00 2017

Por Federico Dalponte. Todos quieren cambiar. Los opositores más que nadie. Los oficialistas, en cambio, quieren la consolidación del cambio que empezó en 2015. Aunque poco hayan disfrutado la conversión.

La estrategia es sencilla, y además un poco vieja. La utilizó el Frente para la Victoria con insistencia y hasta bien entrada la segunda década de este siglo. En el ballotage de 2003 el planteo era bastante fácil. El cambio lo encarnaba el candidato que nunca había sido presidente.

En 2007 lo mismo. La vuelta al pasado era votar contra Cristina Fernández. Y el cambio suponía seguir cambiando. Es decir: no cambiar.

Ahora el gobierno llegó a su propia encrucijada. “Acá lo que se va a discutir es si seguimos con el cambio o si se vuelve para atrás”, declaró la semana pasado Mauricio Macri, agitando el oxímoron. «Seguir con el cambio».

María Eugenia Vidal lo tiene un poco más claro. “El voto del 2015 -dijo esta semana- fue mucho más profundo que un voto a Mauricio Macri o a María Eugenia Vidal, no fue un voto a las personas, fue un voto de hartazgo, de desilusión y un voto de límites a ese sistema”.

Y ese sistema de gestores malos, despiadados, corruptos, kirchneristas, es hoy la figura de terror con la que Cambiemos apela al voto conservador. Mientras el peronismo se limpia la cara todo lo que puede, el oficialismo insiste con la fórmula del éxito: reavivar ese hartazgo o esa desilusión que sintió el 51% del electorado en noviembre de 2015.

Lo que no es poco. Al macrismo le alcanzará con retener ese 35% conseguido dos años atrás para aspirar a tener un Congreso razonablemente equilibrado. Lo curioso, sin embargo, es que sus principales dirigentes no parecen ofrecer mucho más.

Cristina Fernández, esposa del entonces presidente Néstor Kirchner, tampoco arriesgó demasiado en 2005, durante su candidatura a senadora. Enfrente estaban Hilda “Chiche” Duhalde y, cruzando el riachuelo, el novedoso Mauricio Macri. El discurso contra el pasado resultaba entonces consistente. “Quieren volver a apropiarse de la rentabilidad de los argentinos”, denunciaba la candidata oficial frente a dos exponentes del menemismo recién graduado.

Y le resultó bien. El Frente para la Victoria consolidó su presencia nacional. Fue el partido que más votos cosechó y ganó en la Provincia de Buenos Aires por más de veinte puntos.

Algo similar al triunfo radical de 1985, donde allí el oficialismo le sacó quince puntos de ventaja a la lista peronista. Además de las victorias contundentes en Capital Federal, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. “Usted sabe: para seguir avanzando, Alfonsín necesita mayoría en el Congreso”, rezaba su lema de campaña.

Y amén de la ventaja semántica de apelar a la continuidad del «avance» y no del «cambio», lo cierto es que el entonces presidente encarnó las mismas expectativas que lo habían hecho ganar dos años antes. El triunfo de su partido suponía, por tanto, la concesión de una herramienta para cumplir las promesas de campaña.

La situación del macrismo abre sin embargo una experiencia novedosa. Decidido a no apelar a la idea de un futuro sustancialmente distinto al presente, la confrontación con el «pasado» se sitúa como principal alternativa. Aunque valdría dudar de su efectividad en este escenario.

Para ganar por quince puntos en la provincia más populosa del país, cualquier oficialismo necesita un adversario que represente a un pasado repudiado de forma masiva, cuya presencia proyecte por sí mismo todo aquello que una mayoría deplora en cualquier escenario: crisis, inestabilidad, peligro, orfandad.

Pero si la intención de voto inicial del oficialismo no presume un piso alto -y ese presente no demuestra ser una ventaja notoria respecto al pasado-, el resultado de esa dualidad se vuelve incierto. Dicho de otro modo: si Cambiemos no propone algo más que sólo cambio, es posible que los votantes busquen otras ofertas más consistentes. Que busquen, en definitiva, propuestas más palpables, más concretas, que demuestren ser soluciones a los serios problemas actuales.

Basar una campaña de inicio de mandato en la repulsión hacia la gestión anterior puede ser suicida para el gobierno. No siempre. Pero puede serlo. Máxime si una buena porción de la sociedad no comparte esa caracterización.

Es posible, en tal sentido, que la gran ausente de esta campaña sea la discusión acerca del destino al que nos lleva este proceso de cambio. Qué es lo que viene en los próximos dos años. Qué implica dotar a Cambiemos de más legisladores. Qué significa, en términos actuales de trabajo, redistribución y derechos, no volver a ese «pasado» tan cuestionado.

@fdalponte

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