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Torazo en rodeo ajeno

Torazo en rodeo ajeno
mayo 24
19:35 2017

Lunes 22 de mayo de 2017. Quizá esta fecha hoy no tenga ninguna significación. Quizá nunca la tenga. Pero en el aire del AT&T Center, en la ciudad de San Antonio y en las pantallas de los Argentinos que miraban por ESPN se empezó a sentir que algo distinto estaba pasando. Nadie quiso asumir lo que estaba viendo, nadie quiere creer que esa posibilidad se concrete, pero todos sabemos que quizá hayamos sido testigos de un momento histórico, irrepetible e inolvidable.

Diego Armando Maradona, el “Che” Guevara, Evita, el Papa Francisco, Carlos Gardel y ahora agreguen también Emanuel Ginóbili. Sin ningún lugar a dudas “Manu” ya es un emblema argentino a nivel mundial. Pero, ¿por qué? Tal vez lo más increíble es que este tipo no hizo ninguna revolución, ni llegó a lo más alto en la jerarquía eclesiástica. Manu ni siquiera fue la expresión de la música nacional. Es apenas un atleta, un deportista y por si fuera poco no compite en el deporte más popular de su país.

¿Qué fue lo que hizo este bahiense de 1,98 mts que llamara tanto la atención?

Podríamos empezar por los títulos: oro y bronce olímpico, una final de un Mundial, dos Copas de las Américas, cuatro anillos de la NBA, una Euroliga, una Liga Italiana y dos Copas de Italia. Nada despreciable, pero tampoco nada que no hayan hecho otros.

Cerca de los 40 años, seguía jugando al nivel más competitivo del planeta. Quince temporadas en la Liga más importante del mundo, 19 años siendo el emblema de la selección argentina. Casi mil partidos en temporada regular de la NBA, más de 200 partidos de Play Off. Junto con Duncan y Parker fue parte del Big Three que se transformó en una dinastía de esas que quedan en la historia. Fue elegido mejor sexto hombre y dos veces parte del All Star Game.

Con su jugada caracteristica (el Eurostep) le ganó un concurso televisivo a los mejores de la historia entre los que estaban Jordan, Bird y Magic. Hoy suena con fuerza para entrar en el Salón de la Fama a compartir un lugar para siempre entre los mejores y donde los extranjeros se cuentan con los dedos de una sola mano. Para eso, solo necesita tomar una decisión que nadie quiere que tome. Solo resta saber si este 22 de mayo vimos los últimos minutos de Manu en cancha o todavía tenemos algo más del “viejito” que quede en el tintero.

Sólo por esa decisión que sigue en suspenso no sabemos cuantos años más recordaremos aquel lunes 22 de mayo de 2017. Lo que sí sabemos es que por las dudas lo vivimos como ese día inolvidable que le vamos a contar a nuestros hijos. ¿Para tanto? ¿Todo por un jugador de básquet que se retira? Difícil de explicarle a los argentinos que en su mayoría ni conocen las reglas del juego.

Pero eso lo hace todavía más grande, porque todos, sepamos o no algo de básquet, sabemos que ahí, entre los mejores, tenemos uno que es nuestro, que es argento, que es del palo. Allá lejos, allá arriba, tenemos uno que es de los nuestros, que se coló en su fiesta, que les comió el postre, que les sopló la vela, que se animó a romper el molde y que se ganó el respeto de ellos, de los que a veces nos ningunean, que ni nos miran o nos miran con desprecio.

Primero se ganó el respeto de Europa, la tuvo a sus pies pero nadie se enteró porque el básquet europeo no vende lo que vende la Champions League. Después se calzó la celeste y blanca y le quedaba justa. Ganó en casa la primera Copa de las Américas y puso a la Argentina entre los primeros planos, algo que no pasaba desde 1950 en la prehistoria del deporte. Pero no le alcanzó, él tenía que ser el mejor y ganarle a los mejores.

En 2002 EE.UU., amo y señor de la naranja, organizaba el Mundial en su casa para ganarlo de punta a punta. Mientras todos querían robar cámara al lado de los homenajeados, Manu fue a sacarles el protagonismo. Les ganó en su casa y los hizo pasar vergüenza, pero tampoco alcanzó. Fue el primero en ganarle a un Dream Team y lo hizo en su cancha, pero le robaron la final y no iba a poder resistirlo mucho más.

Por eso en 2004, con un anillo de NBA ya a cuestas, pero con la herida todavía abierta fue por una nueva revancha. El oro olímpico en Atenas ya no sorprendía a nadie, volver a ganarle a EE.UU. ya no sorprendía a nadie en el mundo del básquet, pero qué chico era el mundo del básquet argentino. Manu y compañía habían transformado en natural lo que años atrás no podíamos ni animarnos a soñar.

Maradona ganó un mundial en el deporte en el que siempre nos creímos los mejores, Fangio fue campeón en un deporte que en Argentina mueve multitudes, las Leonas fueron las campeonas de todo en un deporte que se practica en 20 países. Manu y la Generación Dorada se codearon con los imperios en un deporte donde los países tercermundistas iban a sacarse fotos con los ídolos que veían por la tele.

Nada de su carrera en la NBA se explica sin ese respeto que él solo se supo conseguir con todo en contra. El esfuerzo, la voluntad, la capacidad de crecer y la vocación de salir a ganar siempre en cualquier cancha le hicieron un lugar en tierra de gigantes. Fue parte de su historia y será siempre una parte enorme de la nuestra.

Del último partido de San Antonio en esta temporada habrá poco para contar. Un partido lógico. Complicado por las lesiones y acorralado por el mejor equipo de la liga. Nadie esperaba ninguna sorpresa. Todos sabíamos que hasta ahí habían llegado los Spurs este año y estaba bien. Lo importante era otra cosa. Esos podían ser sus últimos minutos, sus últimos puntos, sus últimas jugadas.

Con el partido efectivamente definido Popovich decide sacarlo y la cancha se vuelve toda hacia él. Las cámaras no miraban otra cosa, los texanos que suelen estar a favor del muro que aleje a los latinos, esa noche cantaban en español. Curry frenaba el partido para aplaudirlo. Todo el estadio gritaba “Manu, Manu” y él con ojos llorosos sabía que ahora sí había llegado. Quizá esto fue lo último, quizá haya algo más. Con Emanuel nunca se sabe. Lo que es seguro que no habrá por estas tierras ninguno igual.

Hernán Aisenberg – @Cherno07

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