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Caracas es nuestra batalla

Caracas es nuestra batalla
mayo 31
22:51 2017

Por Mariano Dubin. Eric Hobsbawn tiene una formulación célebre: el short twentieth century. Un siglo XX que no duraría sus cien años sino (casi) la vida de la Unión Soviética: 1914-1991. De la Primera Guerra Mundial al proceso de desmantelamiento soviético. Un siglo de revoluciones, de transformaciones sociales, de creación popular, de guerras civiles. Frente a la expansión infinita del imperialismo y el colonialismo durante el siglo XIX, la Revolución Rusa sería la irrupción violenta y creativa de las clases populares.

Los nombres propios pueden variar (no superponerse): Lenin, Ho Chi Minh, Fidel Castro, Mao, Tito, el Che. Lo determinante es este signo de las masas que no sólo sobredetermina la política sino al sujeto que habla la política. Surge la voz femenina, obrera, india, negra, asiática, campesina. El imperialismo traduce (esconde) las diferencias sociales en diferencias biológicas, étnicas, civilizatorias. Las revoluciones, en cambio, hacen que la voz salvaje deje de ser nombrada por otros: como leemos en las Preguntas de un obrero que lee de Bertolt Brecht: ¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? / En los libros aparecen los nombres de los reyes. / ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

El siglo XX (corto) fue -desde el tango y el jazz a la toma del Palacio de Invierno, de Atahualpa Yupanqui a Mohammed Alí, de Fanon al 17 de Octubre de 1945- el desmadre de la voz popular. No obstante, debería hacerse más breve ese siglo corto: de 1917 a 1975. De la revolución bolchevique a la liberación de Saigón. Entonces, comenzaría el triunfo imperial en el que hoy todos vivimos. Comienza una derrota prolongada que le deja al imperialismo una enseñanza maoísta en términos invertidos. Mao definía que los revolucionarios triunfarían en tanto se fusionaran con el pueblo como pez en el agua. La opción reaccionaria era una sola: sacarle el agua al pez.

El imperialismo comenzó su política de tierra arrasada que, si bien ya estaba esbozada en la guerra de Corea y de Vietnam, fue sistematizada y profundizada. Hoy el imperialismo posee una fortaleza mayor a la decimonónica. Vivimos en una larga y continuada revolución conservadora que no sólo ha logrado una mayor concentración, una disparidad tecnológica y militar descomunal, el armado de una ingeniería imperial sofisticada (tratados, organismos, leyes, etc.) sino también, sobre todo, el triunfo de su voz: vivimos en la aceptación de los valores burgueses, liberales y etnocéntricos.

De 1975 a la actualidad vivimos en una derrota prolongada. Ningún proceso político pudo avanzar nada más que lo avanzado hasta 1975. Ni siquiera se pudo detener el avance caníbal del imperialismo. Desde 1998 (con la irrupción electoral de Hugo Chávez) a la actualidad el capital global se concentró aún más y su triunfo ideológico se profundizó. Las políticas reformistas de los gobiernos latinoamericanos fueron un hecho aislado y débil que no contrarrestó el proceso general.

No obstante, el caso de Venezuela muestra que el imperialismo mantiene sus eslabones débiles. Las revoluciones no son muestras arqueológicas. Necesitamos análisis de larga duración y miradas, como querían Ho Chi Minh o Mao, de aliento milenario. No enmarcar nuestra lucha política en el marco de una derrota global es de una ingenuidad de maximalismo de biblioteca. Peor aún, sin embargo, es no hacer revisión política de ese brevísimo siglo XX. Una nueva acumulación popular ha comenzado: exige que volvamos a pensar en clave revolucionaria.

Caracas, en este contexto, es una batalla crucial.

Los intelectuales kelpers han colocado como enemigo principal al gobierno de Maduro. ¿O no conocen estos intelectuales la podredumbre profunda de la naturaleza del imperialismo? ¿Recordarán El corazón de las tinieblas? No son los únicos. Parte de la izquierda marginal y extrema (pero que no deja de ser un actor a ser atendido en estas situaciones) ha marchado a la embajada de Venezuela en Buenos Aires a exigir la renuncia de Maduro.

El imperialismo está usando todos sus instrumentos para cerrar el proceso bolivariano. No podemos asumir que ese proceso haya sido impoluto. Lo contrario: ha sido, muchas veces, sucio, confuso, torpe, contradictorio. Pero, sobre todo, ha sido un movimiento popular que ha avanzado en la construcción de un proyecto soberano. Y, sobre todo, ha sido un proceso que debió enfrentar sistemáticamente la violencia clasista de los sectores dominantes y del imperialismo (guarimbas, golpe de Estado, paramilitarismo, terrorismo económico, etc.). La revolución bolivariana es, como ha sido todo proceso antiimperialista, lo que ha podido ser en los estrechos márgenes que le ha permitido la violencia desatada del imperialismo. No olvidemos que la ocupación del planeta Pandora en la película Avatar de James Cameron se hace con veteranos de la guerra en Venezuela. Digamos: el futuro llegó hace rato. El imperialismo quiere cerrar un proceso de desmadre popular. Esta guerra ya está escrita mil veces.

Los límites, contradicciones -y digamos: las relativas continuidades con los regímenes conservadores y liberales previos- de los procesos abiertos desde el triunfo electoral de Hugo Chávez (desde sus versiones más reformistas y antiimperialistas a las más sojeras con derechos sociales) no se han resuelto en sus recambios políticos. Por el contrario: en Honduras, Paraguay, Argentina y Brasil ha avanzado el imperialismo en nuevos expolios. La política, en tal sentido, es autoritaria: exige a los actores operar en campos definidos de participación y acción. Estar fuera de estos procesos es, muchas veces, estar en el otro campo. Los discursos, no importa su complejidad, sus matices, rápidamente se traducen en acciones de un campo político.

Las clases populares en movimiento, como ha entendido el chavismo desde su origen, son la posibilidad de ir más allá de esos límites de una época que son reales pero, a su vez, una frontera imprecisa que para cruzarla se exige la audacia (y la determinación) popular. Ir más allá hoy asemeja a un abismo ideológico y político porque las discursividades de la época -como lo demuestran los intelectuales liberales alarmados por la supuesta violencia chavista- están todas en este más acá.

El triunfo del pueblo venezolano es crucial. Caracas es nuestra batalla. Ahí el imperialismo quiere lograr imponer su teatro de operaciones (digámoslo: un genocidio que hoy ya se deja ver en el asesinato de dirigentes chavistas, en la persecución a militantes, en la ocupación territorial de los paramilitares, etc.) que funcionará como vanguardia de lo que impondrá Estados Unidos a su patio trasero.

Por eso, en esta derrota prolongada, en esta revolución conservadora ininterrumpida, caníbal, en estas condiciones extremas, podría comenzar un nuevo ciclo revolucionario. La historia está en nuestras manos. Otros le pondrán el nombre a este siglo. Nosotros, le pondremos la lucha. Caracas es nuestra batalla.

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