Notas

En boca cerrada

En boca cerrada
agosto 08
20:18 2017

El problema de base no es que las películas sobre los pobres las realicen personas de clase media. (…) podés ser de la villa y aprovechar tus vivencias como la materia prima de tus películas, para que la gente de afuera entienda un poco mejor las enormes problemáticas del lugar, o hacer una película que reproduzca los discursos que andan en la televisión, en los diarios. Entonces es una cuestión más de percepción que de clase.

César González, cineasta y poeta argentino

Por Melania Ramírez* y Ana Clara Azcurra Mariani**. El sábado 5 de agosto conoció la pantalla grande en Argentina El auge del humano, el primer largometraje del argentino Eduardo “Teddy” Williams. El joven director de 30 años presentó su obra premiada en 2016 en el cine del Museo Nacional de Bellas Artes con una sinopsis prometedora.

Distintos grupos de jóvenes de Argentina, Filipinas y Mozambique son puestos en relación a partir de la abulia por el trabajo y la continua necesidad de conexión a través de dispositivos electrónicos, además de experimentar todos ellos formas particulares de miseria según el país del que se trate. Es así que el título se nutre de ironía y el texto fílmico aporta elementos ingeniosos y originales a la hora de articular las realidades.

Sin embargo, durante todo el film abundan los planos largos, la cámara en mano y los planos secuencia se componen lejos de los personajes y la despreocupación por la iluminación se asimila a la propuesta del Dogma95, en la que la oscuridad resultante de la no utilización de luz artificial vuelve aún más ajeno al espectador frente a la escena.

¿Puede ser que Williams haya propuesto evitar el cliché del golpe bajo frente a las situaciones de miseria alejándonos de la chance de generar empatía con los personajes sólo por la cercanía que la cámara hace posible? ¿Puede haber optado por mostrar cuán ajenos somos a las condiciones de pobreza los espectadores que concurrimos, por ejemplo, al cine de un museo? La posible conclusión estuvo en las respuestas que él mismo brindó post estreno a las preguntas de los asistentes.

La pobreza de la experiencia

Espectador: – ¿Qué quisiste decir con auge del humano? ¿O es lo humano?
Williams: – Es lo mismo, no sé, el auge no es ni bueno ni malo necesariamente.

No sé. Con estos dos monosílabos que expresan duda o ignorancia el director comenzó casi todas las respuestas acerca de su película. Es por esto que nos alejamos de la mera crítica del film para poner en juicio nuestro afán por el autor, por la importancia de la reflexión de quien orquesta una obra. ¿Qué sentido tiene preguntarle a un autor sobre lo que quiso decir en su obra? ¿Por qué no nos completa lo que vimos, lo que entendimos?

Esto se agudiza cuando el autor parece movilizar menos interpretaciones que las construidas por su película. ¿Es esto posible? Al menos en apariencia, y porque no existe una regla natural que predique la necesidad de tener destreza al mismo tiempo para el lenguaje cinematográfico y para el discurso oral. O, también, por la innata tendencia que tenemos a cerrar los sentidos.

El mayor desánimo arriba cuando se escucha que filmar en Argentina, Mozambique o Filipinas no comporta mayores diferencias para la realización audiovisual. Acá nos detenemos: ¿será esto lo que evita que aparezca un primer plano, un plano detalle, la imagen de un gesto, la ampliación de una mirada? ¿Cómo se pueden generar imágenes que produzcan empatía cuando quien filma y dirige admite desangeladamente que le da igual el territorio y las personas con las que filma?

Son las relaciones humanas las que dan vida al cine, tanto las que se narran en el texto como las que se desarrollan detrás de cámara. Negarlas o distanciarse es desteñir el relato o, al menos, darle un barniz con hielo.

Las imágenes de la pobreza

La monótona exposición y la catarata de ideas inconclusas por parte del director se vuelven aún más dantescas cuando tras la pregunta de uno de los espectadores se toca la idea más sensible de la película y que inunda las publicaciones teórico-ensayísticas hace años. ¿Por qué decidió abordar la temática de la hiper conexión en grupos de jóvenes de un estrato social de bajos recursos? ¿Qué presupuestos lo convocaron para ello?

La respuesta dejó entrever indiferencia y el remate fue su aclaración de no querer mostrar y filmar el mundo de lo que el llamó “ricos, muy ricos”, ya que el mundo en realidad es en general pobre. Su más jugada declaración fue la de desarrollar una nueva categoría sociológica al referirse a los sectores medios como “semi pobres” (¿o será que en realidad es una apreciación de clase?), y aclarando que en Mozambique o Filipinas no existe esa idea tan marcada de los estratos sociales. Claro, porque son todos pobres.

Esta forma de ver el mundo nos lleva a deducir su poco conocimiento sobre el contexto de la economía mundial y las implicancias sociopolíticas de la forma en que está distribuida la riqueza. Pero no seamos injustas: no se trata esto de una obligación para ser director de cine, seguimos discutiendo el riesgo de que el autor siga teniendo tanto peso respecto de su material ya que su des manejo sobre algunos conceptos en contraposición con una gran destreza para el cine podrían finalizar en un sketch de Peter Capusotto acerca del imaginario snob.

La película se mueve en un mundo completamente ajeno a su creador y es esta condición de extranjero la que habilita un pedido de delicadeza. Referirse a pasear por Lugano para conocer a sus actores es una expresión que denota que no logró conectar con esa parte de la realidad y la causa que vacía por minutos y minutos de historia lo que se ve en pantalla, sobre todo en África y en Asia.

Podemos decir que la aclamada vanguardia de su film en algunas críticas es una idea extraña a la que podemos creer que se llega por la manera en que se exponen realidades que parecen bruscas, como masturbarse entre amigos frente a una web cam para ganar dinero. Una imagen en principio disruptiva cuya potencia inicial queda omitida por todos los baches del guión que el espectador debe reponer con la sobre interpretación.

No se trata de impugnar quién puede retratar o representar a los sectores económicamente pobres de cualquier lugar del mundo, sino de interrogarnos si alcanza con el buen manejo de la técnica o la originalidad en el uso del lenguaje audiovisual cuando vamos a narrar las angustias que nos mueven a la reflexión estética sobre las cuestiones sociales.

Nadie relata en el vacío de la experiencia, y se pueden detentar distintas intenciones, incluso sólo las ganas de crear algo bello. Pero si el espíritu que crea lo hace desde el reposo crítico, lo que visualicemos posiblemente carezca de alma.

@melaniaayelen y @serserendipia

* Licenciada en Comercio Internacional (UNlaM) y estudiante de Historia del Arte (MNBA)

** Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA)

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