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Acá no es indio el que no quiere

Acá no es indio el que no quiere
septiembre 11
21:22 2017

Por Nicolás Trivi*. Mientras se achica el margen para las operaciones y coartadas del gobierno nacional, y su séquito mediático, alrededor de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, se abrió una discusión en la sociedad argentina sobre quiénes son estos encapuchados que le reclaman tierras a la empresa de las remeritas de colores, qué tenemos que ver nosotros con ellos, y a quién defiende el Estado. Un debate que, más allá de la mala leche de algunos impresentables, tiene múltiples aristas y, en definitiva, es un interrogante que se nos presenta en la cara, imposible de evitar. No sobre quiénes son los mapuches, sino sobre qué somos nosotros, los argentinos.

Se cumplió otro aniversario de la muerte de un tipo que hizo todo lo que pudo por definir qué somos los argentinos. Dijo que la sangre de gauchos e indios sólo servía para regar la tierra, quiso traer agricultores protestantes del norte de Europa para poblar el país, y se le llenó el rancho de gallegos y calabreses patasucia. Con su célebre dicotomía, la de Civilización y Barbarie, Sarmiento trazó la frontera social y cultural más perdurable de la historia nacional, entre los que pertenecen a la sociedad argentina, y los que no, o más o menos, o están en el borde. Jauretche dirá después que es la madre de todas las zonceras. Pero alcanza poner “Intratables” un rato para reconocer que es un planteo que sigue permeando el debate público con una fuerza inusitada.

La cara barbuda del Brujo (el Lechuga, para la jiponeada platense que lo conoció cuando estudiaba en Bellas Artes), nos mira en las innumerables reproducciones que han poblado calles, lugares de trabajo y (¡por suerte!) escuelas. No sabemos cuándo le sacaron esas fotos, pero ahora tienen un significado terrible, que moviliza. Ya sea por su aparición con vida, o bien invita al rechazo, como otro capítulo de la novela de la grieta. Ahora, con una mano en el corazón, ¿qué hubiera pasado si el desaparecido era un morocho con cara de indio como el testigo Matías Santana? ¿Qué reacción hubiera tenido la sociedad argentina?

¿Y las organizaciones de izquierda? Recordemos el año 2010. Pensemos en las veces que vimos la cara de Mariano Ferreyra, en las multitudinarias convocatorias que reclamaban justicia por su asesinato. Y tratemos de recordar el nombre de alguno de los miembros de la comunidad qom La Primavera, asesinados por la policía formoseña. No, Felíx Díaz no. López se llamaban, Mario y Roberto. Sí, yo también los tuve que googlear.

Buena parte de la repercusión de la desaparición de Santiago Maldonado, un pibe de clase media del interior de la provincia de Buenos Aires, se debe a que se parece bastante a lo que tiene que ser un argentino con cara de argentino. Y eso es lo revulsivo de su historia. Que siendo uno como nosotros los argentinos, gringos ma non troppo, se la jugó por esos otros, esos indios, morochos, chilenos, kurdovenezolanoiraníes. Como un Martín Fierro posmoderno, se fue a las tolderías, cruzó la frontera entre la civilización y la barbarie, en la dirección en la que que no hay que ir. Y encima sin escapar de nadie, por convicción.

¿Una nueva etnogénesis?

Santiago representa una camada de activistas que encontró en el resurgimiento del movimiento indígena latinoamericano, que tuvo como hito fundacional el quinto centenario de la conquista, una de las banderas con las cuales identificarse para movilizarse. Lo hizo a su manera, combinando altas dosis de hippismo, new age y veganismo. No soy quién para juzgarlo.

La lucha por el territorio, en contra del extractivismo, del agronegocio y la megaminería, son parte de la agenda actual de reivindicaciones de tantas organizaciones y activistas sueltos como Maldonado, en un momento en el que la dinámica depredatoria capitalista pone en riesgo el fundamento de la reproducción de otras formas de organización social. Y ahí es donde cobran relevancia las comunidades aborígenes, aquellos que están en la frontera de la depredación, y que tienen para aportar un acervo de estrategias de resistencia útiles para todos los que queramos combatir la explotación. La pelea de fondo en este momento, por el que el gobierno se dio la tarea de crear un enemigo interno con el verso del indio trucho, es por la posible prórroga de la Ley de Emergencia Territorial. En este contexto se movilizó Santiago, y se movilizan tantos otros.

Como señalan Mariano Skliar y Andrea Szulc, los mapuches y aborígenes que habitan hoy el suelo argentino han renovado sus estrategias y dirigentes, atravesados por la condición de urbanidad de muchos de sus miembros. No es un dato menor una gran parte de los que se reconocen como parte de algún pueblo aborigen en este país, viva en las ciudades. Sí, cuando se dice que el Conurbano está lleno de negros, de indios, se está diciendo una verdad, de forma tergiversada y despectiva, pero verdad al fin.

Y tal como retrata Florencia Yaniello en Descolonizando la palabra, eso implica de parte de las comunidades, apelar a nuevas formas de comunicación, a la elaboración de nuevos discursos para hallar eco a sus demandas. Un trabajo de comunicación que es una invitación a participar de instancias ceremoniales y políticas donde rara vez te piden certificado de pertenencia.

En la zona norte del Gran Buenos Aires, donde los countries se han expandido como en ningún otro lugar del país, un grupo de vecinos, activistas y guaraníes que usan Adidas, se organizó para recuperar un pedacito de tierra donde hay restos de un antiguo cementerio aborigen. Lo bautizaron Punta Querandí, y se organizaron con el nombre de Movimiento en Defensa de la Pacha, sintetizando el rescate de la historia local previa a la conquista, la defensa de los humedales y la lucha por el espacio público, como describe el documental Runa Kuti, indígenas urbanos. Hoy, ante la creciente amenaza del desalojo, han pasado a reconocerse como comunidad indígena que integra guaraníes, qom y collas, y están haciendo los papeles ante el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).

Este caso es un ejemplo más de cómo se están dando, en las profundidades de las periferias urbanas y de los espacios rurales, procesos de reconfiguración de las identidades étnicas y políticas, al calor de la lucha de clases. ¿Una nueva etnogénesis? Lo cierto es que se plantean preguntas incómodas: ¿cuál es el verdadero riesgo para la integridad territorial del país? ¿Una comunidad mapuche o una empresa como EIDICO dispuesta a incendiar bosques para comprar tierras baratas?

Eduardo Viveiros de Castro dice que en Brasil todo el mundo es indio, excepto quien no lo es, criticando la necesidad del Estado occidental de delimitar, de señalar quién es indio y merece serlo, y quién no lo es, y por lo tanto es blanco, o criollo. Y señala que la condición de indianidad de buena parte de la población mestiza es producto de una historia de exclusión social y destrucción cultural sistemáticas.

Algo similar pasa en Argentina: desde el poder se definió que ser argentino es estar peleando toda la vida contra la posibilidad de ser un indio. Maldonado nos habla de otra forma de ser argentinos, que se puede ser argentino siendo un poco indio, no sólo porque está en nuestra sangre, sino por voluntad propia.

@soyeltrivi

* Licenciado en Geografía de la UNLP. Becario del CONICET y Doctorando en Geografía. Integrante del Centro de Estudios para el Cambio Social (CECS)

Foto: Mauro V. Rizzi / La Nación

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