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Civilización es barbarie

Civilización es barbarie
octubre 01
22:00 2017

La espera terminó. Lucrecia Martel estrenó su ya mítica Zama, cuarta película de su escueta y prestigiosa cinematografía. Con una puesta en escena repartida por el noreste argentino, la directora argentina ya se ubicó en la historia grande del cine nacional a partir de su adaptación de la obra de Antonio di Benedetto, que a tan solo un día de su estreno ya va camino al Oscar. Hombres, espera y pulsiones sexuales en la época colonial.

Si hay algo por lo que se destaca Lucrecia Martel, esa mujer que opta por esconderse detrás de sus anteojos grandes, puntiagudos, distantes, es por su sentido del momento histórico. Amanecía el año 2001, con cubiertas pidiendo por su fuego, cuando parió su primera obra. La Ciénaga contaba la historia de una familia salteña alguna vez poderosa, chocándose con la decadencia. Como una profeta, Martel olfatea el clima social argentino para incrustarlo en su obra. Algunos años más tarde, en La mujer sin cabeza (2008) teorizaba sobre el poder de negación de una parte de la sociedad. Su poder es no estallar la pantalla con la coyuntura. Martel cuenta lo que percibe de una manera solapada, sutil, casi susurrándolo. Espera.

Tuvieron que pasar casi diez años para gritarnos con su cámara lo que entiende de nuestros días, llevándonos unos siglos hacia el pasado. La historia ahora es acerca de un hombre, a diferencia de sus tres obras anteriores. Diego de Zama es un funcionario de la corona española que aguarda pacientemente la carta del Rey que lo saque del lugar inhóspito al que fue encomendado. Suceda lo que suceda debe mantenerse concentrado en llevar todo hacia el cauce de su salida de ese lugar. Sin embargo, pasan los días, los años y la carta no llega. De eso se trata Zama, de la paciencia que invoca el funcionario en el norte argentino de fines del siglo XVII.

Estrenada en el Festival de Venecia y producida por Rei Cine (Argentina) y Bananeira Films (Brasil), la película fue llevada a cabo con la co-producción de productoras de todo el mundo, entre ellas El Deseo, de los hermanos Almodóvar, Patagonik (Argentina), KNM (Suiza) y Lemming Film (Holanda).

El pesado andar de Zama no tardó en retumbar. A horas de su estreno en Argentina, el film quedó pre-seleccionado para competir por el Oscar a Mejor Película de habla no inglesa en los premios del año próximo, junto a films de Michael Hanneke (Happy Ending, Austria), Angelina Jolie (First they killed my father, Camboya) y Marco Martins (Sao Jorge, Brasil).

Unas mujeres se bañan en la orilla del río. Se esparcen barro en la piel, se lo pasan por todo el cuerpo. Charlan, se cuentan cosas en un guaraní al que se le caen alguna palabras en español. Lo que podría hacer ajeno, Martel elige transformarlo en cercano a través de la cámara, en tiempos de persecución originaria. Y es un desplazamiento de la otredad que atraviesa toda la película.

Aquí el otro es Diego de Zama, el protagonista, que busca eyectarse de esa comunidad de gobernantes, mujeres de la alta alcuña criolla y esclavos. Debe lidiar con su tedio y, sobre todo, con su frustración sexual. “Para el hombre, para muchos hombres, el fracaso es una pared. En la educación esta horrible a la que han sido sometidos, el fracaso es una pared. Para la mujer es indicación de un desvío. Bueno, ahora vamos por acá, entonces ahora hay que hacer así”, cuenta la directora en una entrevista a Infobae. Es que Zama es una película profundamente sexual por momentos, en las que la cada intento del protagonista por conectar con una mujer se ve estancado por la propia hostilidad del contexto. Y eso es lo que explica Martel cuando le preguntan por su debut con una historia protagonizada por hombres: hay algo profundamente femenino en la forma que Diego de Zama procesa su situación.

Si bien Lucrecia Martel entiende como necesarios los tiempos entre una producción y otra, lo cierto es que el camino de financiación de Zama sufrió de muchos contratiempos. Una película tan inmensa necesitó de una co-producción de más de diez países. Una vez realizado, el estreno tuvo que posponerse repetidas veces, en ocasiones por la miopía de los programadores de grandes festivales y otros por lo fortuito de la coincidencia entre responsables de jurados y productores del propio film (a saber, los Almodóvar, productores del film, encabezaban el jurado de Cannes, por lo que no pudo participar de la competencia oficial). Una vez estrenada, Zama pudo cautivar a la crítica de todo el mundo, comenzando en Venecia y Toronto.

El español Daniel Giménez Cacho encarna a este conflictuado, a veces patético, protagonista. Se inmiscuye en las texturas de un norte colonial que se representó en un Corrientes, una Formosa e incluso un Mercado Central de una textura atrapante, con guiños tanto a Terrance Malick como a David Lynch. Se cruza con Juan Minujín, la española Lola Dueñas y el villano, que por momentos alcanza una evocación mítica, Matheus Natchergaele. Es difícil no perderse en la luminosidad profunda del director de fotografía brasilero Rui Poças, capaz de pintar un atardecer en el río como reventar la luz de la luna en una noche de acecho desconocido.

Con una primera hora y media existencialista y sórdida, en la que el relato se recuesta más en el fuera de campo robustamente trabajado capa por capa por el director de sonido Guido Berenblum que en lo que vemos en pantalla, por momentos Zama se nos presenta ininteligible. Nos pone incómodos, nos tensa. Nos aburre. Y está bien. Está bien que las obras respiren, se extiendan, nos hagan sentir la butaca en la espalda. Sin embargo, lo majestuoso de la obra se completa con esa última media hora de western profundo que es magistral a la hora de escaparle de los maniqueísmos, tan corrientes en nuestros días. Y es ese el acierto de Martel. No nos muestra una pintura fácilmente abarcable. Debemos pensarla, recordarla, trabajarla. Y cuando estamos listos, Zama ya terminó su espera.

Iván Soler – @vansoler

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