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El pasado cíclico de la Ciencia y la Tecnología

El pasado cíclico de la Ciencia y la Tecnología
octubre 01
21:25 2017

Para este martes 3 de octubre se espera una definición sobre la situación que atraviesan los 498 investigadores afectados por el ajuste del 60% en la admisión al CONICET, en 2016. Para ello habrá una nueva reunión con las autoridades Ministerio de Ciencia y Tecnología (MinCyT).

La solución propuesta por el gobierno a nueve meses de conflicto con el sector y dos tomas del departamento conducido por Lino Barañao, fue que las universidades y otros organismos de ciencia tejieran la red para los primeros caídos del proyecto científico-tecnológico del macrismo.

Con el nombre de “Programa de Fortalecimiento de la Investigación en Universidades”, los funcionarios encontraron el eufemismo para disimular los malabares que debieron hacer ante el proceso de anemia presupuestaria iniciado con el recorte del 32,5% en los recursos de este año.

Existen, sin embargo, paralelos históricos ante los que ésta actualidad del sistema nacional de ciencia parece reflejarse: los que culminaron con la gestión de Dante Caputo, en 2000, en la Secretaría para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva (SeTCIP), durante la Alianza.

Al igual que la propuesta elaborada en la Secretaría de Articulación Científica Tecnológica del MinCyT por Agustín Campero, el proyecto de Caputo proponía pasar a los investigadores de CONICET a las universidades, con cargos de dedicación exclusiva.

Como contraparte de obtener un cargo en alguna casa de altos estudios, los postulantes al máximo organismo de ciencia recibirían un adicional salarial a su labor universitaria, y perderían su cargo en el Consejo si no conseguían hacerlo antes de los cuatro años.

La falta de pulso político del funcionario hizo que esa iniciativa se leyera como un intento de eliminar la Carrera de Investigador (CIC) del organismo, lo que le valió el repudio de la comunidad científica y la dimisión al cargo, con el posterior traslado del área nuevamente a Educación.

Si bien esa situación hoy, en lo inmediato, parece inverosímil por la coyuntura de un sistema que se ha expandido y complejizado, en el horizonte asoman los indicios de una racionalidad política que se refleja en nociones políticas, datos, promesas de campaña y hasta nombres propios.

En ese sentido Guido Giorgi, doctor en Sociología de la UBA, becario postdoctoral de CONICET y especialista en sociología de ministerios ofreció su análisis a Notas: “El plan que impulsa Campero se liga a una concepción del radicalismo que relativiza la centralidad de CONICET porque creen que la universidad debe ser el centro de la producción científica”.

Pero otra de las coincidencias es patronímica, ya que detrás de la iniciativa del ex canciller alfonsinista de trasladar la investigación a las universidades se encontraba, también, el mismo apellido. Ricardo Campero integró la mesa chica de quien entonces dirigía de la cartera científica.

El ex dirigente histórico de la UCR por el desarrollismo, fundador de la Junta Coordinadora Nacional que participó en el Cordobazo, titular de Comercio de Raúl Alfonsín y crítico de las políticas neoliberales de los ’90, es el padre del actual secretario de Articulación del MinCyT.

En la misma línea Giorgi, interpretó que “lo que hoy está haciendo Agustín Campero es lo que su padre y Caputo no pudieron hacer en el año 2000. No es casual que él y (Lucas) Luchilo, ambos impulsores de la propuesta desde “Articulación”, sean los radicales pro-universitarios del Ministerio”.

Pero Agustín Campero también comenzó su carrera política mayúscula acompañando la carta “progresista” de la UCR con la candidatura a presidente de “Ricardito” Alfonsín, en 2011, pero el 12% obtenido en la elección lo llevó a hacer la vista gorda sobre los vínculos y apoyos del partido.

Justamente, mientras su ex candidato todavía farfullaba en los medios sobre límites y ética en la UCR al referirse a una posible alianza con Mauricio Macri, Campero hijo se escabullía para dar el sí al equipo de Ernesto Sanz, quien llevó al radicalismo al acuerdo con el actual presidente de la nación.

Ahora bien, haciendo retrospectiva (y números) se puede afirmar que el reflejo de la actual política se extiende, además, a los veinte años que prosiguieron al inicio de la democracia en Argentina, donde Alfonsín, Menem y De la Rúa mostraron anuencia para ralentizar la inversión del área.

En 1983 el CONICET tenía dos mil investigadores, que no llegaron a duplicarse durante las dos décadas siguientes. Si se tiene en cuenta que 2015 finalizó con 9200 investigadores que multiplicaron por tres la planta, la inversión y la infraestructura, no cabe duda que lo que dejó a 498 doctores en las puertas de CONICET en 2016 fue la inercia de una política que volvió a poner el freno de mano a los recursos.

Hoy son comunes las declaraciones de funcionarios expresando la voluntad para que se modifique el sistema de becas y la absorción de los investigadores: “Hay miles de doctores que lo único que quieren es empleo fijo en CONICET”, manifestaba (sin sonrojarse) Barañao en una entrevista.

Por último, otra de las similitudes entra en el campo de las campañas políticas, porque entre los rechazos de la comunidad a las reformas del sistema científico de Dante Caputo, se encontraba “cumplir la promesa preelectoral” de llegar a una inversión del 1% del PBI, en ciencia.

El reclamo, tenía como telón de fondo el ajuste de recursos, la restitución de 19 millones de pesos recortados al presupuesto del CONICET y 12 millones quitados a los salarios de los investigadores.

Hoy, a casi veinte años de aquella situación, las exigencias parecen ingresar en una espiral cíclica.

Eduardo Porto – @PortoEdu

Foto: Pablo Carrera Oser / Agencia TSS – UNSaM

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