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Esa semana de septiembre en México

Esa semana de septiembre en México
octubre 02
20:54 2017

Por Facundo Cruz. Llegué a México en enero de este año y viví ahí durante ocho meses. El capricho del tiempo y el espacio me sorprendía. El desfase hemisférico. No estar en Córdoba me obnubilaba. Cuando llegó el invierno a Córdoba, yo, en México, no lo pude experimentar en la piel. Sentí que traicionaba y escribí un poema. Volví a mi ciudad, a mi ciudad de Córdoba, y no imaginé ninguna razón para volver a sentir esa vergüenza injustificada en el corazón.

No pasó un mes y México cimbró bruscamente con dos terremotos. El último, el del 19 de septiembre, mordió los talones de la capital, ese lugar inmenso y densamente poblado donde viví la mayor parte de este año, durante ocho meses en los que aprendí a querer su pavimento y su gente amable casi tanto como a la ribera del río Suquía. El temblor puso de rodillas a la ciudad, pero no a su pueblo. Otra vez siento la distancia como una prueba del abandono, aunque ya este en casa. No puedo escribir un poema, porque no conozco el terremoto. Puedo escribir alguna otra cosa.

El suelo de la Ciudad de México es altamente sensible al sismo. Su sociedad también ¿Y el Estado? Esa es la pregunta que recorre a México del 19 de septiembre al 26 y 27 de septiembre. Una semana que parece condensar medio siglo de la historia de México. Capricho del tiempo, capricho de la naturaleza, voluntad de las personas.

México se presenta como si estuviera gobernado por dos fuerzas de la naturaleza, impersonales y letales, potentísimas y brutales: el terremoto y el narco. El terremoto del 19 de septiembre de 1985 derrumbó la ciudad más grande de la América Latina de habla castellana y también hirió la absurda hegemonía de siete décadas sin derrotas electorales del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Quince años después del sismo, en el 2000, el PRI perdió por primera vez unas elecciones presidenciales. La derrota comenzó en 1985 cuando las mexicanas y los mexicanos demostraron que eran capaces de realizar lo que el Estado no podía: el pueblo reaccionó ante la emergencia, lo hizo en defensa propia, por la vida.

En 2014, con el PRI de vuelta en el gobierno, la desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero no se pudo minimizar. La ira del pueblo mexicano brotó más repentinamente que las cenizas del Popocatepetl y otra vez hirió al centenario partido de los poderosos, fue en defensa propia también. Peña Nieto dentro de poco dejará el cargo como el presidente con menor popularidad de la historia.

México es un país inmenso donde nada puede suceder sin que sea abrumador. La revolución mexicana, sin parangón, puede presentársenos como la marea de la historia que sube e inunda al viejo mundo; y el minuto universal del terremoto durante el cual se bambolean los edificios y hablan con crujidos monstruosos y el polvo con su lentitud y su violencia lo cubre todo y todas las personas piensan al unísono en la muerte; y la masacre monstruosa que provoca el tráfico ilegal e ilegalizado de drogas hacia los Estados Unidos de América, que parece más grande que cualquier economía. Todo parece un espectacular y lúgubre acto de la naturaleza. Lo cierto es que no lo es. Todos y todas debiéramos preguntarnos, con los mexicanos y las mexicanas, como ellos hacen cada vez que sucede la muerte ¿Y el Estado?

Ni se discuta. La devastación del último terremoto del 19 de septiembre es mínima si la comparamos con la devastación del primer terremoto del 19 de septiembre. Ni hablar si se mide en contra la letalidad de las fuerzas militares, policiales, parapoliciales y del crimen organizado. Sin embargo hay imágenes y hechos que el inconsciente colectivo no puede tolerar, ni ningún discurso público justificar.

Los edificios colapsados, otra vez en las zonas centrales, las más caras e intervenidas de la ciudad, que son, al mismo tiempo, las más vulnerables al sismo; los servicios de emergencia desbordados; el poderosísimo torrente de la juventud y la sociedad mexicana acudiendo a asistir sin encontrar cauce. El tiempo, el larguísimo tiempo, de los rescates y de los que no. La incertidumbre, ahora sí multiplicada por mil, de quienes no saben cuando podrán volver al hogar porque sus viviendas tienen daños estructurales. Todo ello atravesado por una desconfianza, un presentimiento que con cada minuto se confirma. El Estado no responde, no alcanza a responder, está en otra, está pensando en otra.

Permanece impune el crimen de lesa humanidad perpetrado contra estudiantes de Ayotzinapa, Guerrero, en la ciudad de Iguala, del mismo estado. Son cuarenta y tres muchachos, tenemos el número impreso en la retina, que fueron visto por última vez presos por las policías municipales y estatales y cuyo paradero se desconoce hasta la fecha. Esa misma noche otras nueve personas fueron asesinadas por la propia policía y civiles armados.

Este 26 y 27 septiembre se cumplieron tres años del hecho. La alevosía de la evidencia que indica la colusión de fuerzas estatales y crimen organizado para la realización y el ocultamiento del crimen movilizó durante meses al pueblo mexicano. El verdadero desastre se manifestó después de las desapariciones: los largos años de la impunidad, la indignante ineficacia para encontrar justicia. Es otra vez la constatación de una certeza lascerante en el fuero íntimo. El Estado está en otra, está pensando en otra, no va a responder.

Me enteré del terremoto en México con la misma demora que me puedo enterar de un incendio a veinte cuadras de mi casa. Las palabras que se emplean en estos casos aturden por su contundencia. Un grupo de Whatsapp: “Estoy bien ¿y los demás?”. Un chat de Facebook: “Se cayó media ciudad”; “Mi papá estuvo en un derrumbe pero está bien”. Una chica que dice: “Tembló todo”. Una catarata caótica en las redes sociales que apenas permite percibir el caos voluntarioso y desesperanzado que habrán sido las calles de la ciudad.

Con los días llegó lo insólito, lo impensado, lo aterrador. Piden relevos en la Roma a las veinte horas, porque los voluntarios siguen sacando escombros y buscan sobrevivientes. Ya pasó casi una semana. La asamblea de vecinos de un complejo derrumbado en Tlalpan denuncia que no les notifican cuando rescatan los cuerpos de sus familiares y casi que tienen que montar guardia en la morgue. Un amigo me dice, más de una semana después: “Esto es un desastre. Hay muchas ganas de ayudar pero nadie sabe decir bien dónde. Hay lugares del centro donde hay olor a muerto”. Entonces, la contundencia de esas palabras hace temblar la tierra.

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