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La verdad Nisman

La verdad Nisman
octubre 04
23:35 2017

Por Federico Piva. El informe de Gendarmería, una fuerza sin experiencia en autopsias, puso otra vez sobre la mesa la hipótesis de que Alberto Nisman fue asesinado. Los medios hegemónicos, que casualmente difundieron las conclusiones de la fuerza de seguridad antes de que esta se las presentara al fiscal federal Alberto Taiano, se hicieron eco de la buena nueva y hasta hablaron de que ahora sí comienza “el verdadero caso Nisman”.

Si bien por estos días otros casos judiciales parecen haber corrido el eje hacia la corrupción k, podemos claramente sostener que la muerte del fiscal es para muchos, incluidos medios y gobierno actual, uno de los principales caballos de batalla con los que atacar a la “pesada herencia”. Ahora bien, si no importa que las primeras pericias informaron que no  hubo huellas de otra persona en el departamento, que no sean las de Lagomarsino en una taza de café; que en el baño no había otra persona porque la sangre del fallecido salpicó hacia los cuatro costados sin nada que se interpusiera;  que no hay testigos (el informe de Gendarmería tampoco los presenta) que hayan visto a los supuestos sicarios; ¿qué es lo que importa entonces?

Podríamos contestar lo que señala el pasquín oficialista en la nota que compartimos al comienzo de este artículo: “La hipótesis principal ya no está en los asados, sino en el expediente judicial”. Pero vayamos un poco más allá, o más acá, a los propósitos de esta publicación. ¿Aporta algo nuevo la idea de posverdad a este y otros casos? ¿Alcanza para explicar lo que sucede con el caso Nisman puntualmente? ¿Con qué otros conceptos podemos pensar la “legitimidad” que adquieren ciertas “verdades” que están más vinculadas  a lo emocional u otras cuestiones que a los hechos fácticos?

De una rápida búsqueda “googliana” acerca de este neologismo podemos tomar la definición del diccionario de Oxford que define la post-truth vinculada a “circunstancias en que los hechos objetivos son menos importantes, a la hora de modelar la opinión pública, que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”. A esa aproximación podemos sumarle declaraciones como “fue elegida palabra del año” o las ansiedades para que llegue diciembre porque parece que la Real Academia Española la incluirá entre sus filas.

Ahora bien, ¿Alcanza esto para pensarla en términos de novedad o nos están colando un “concepto” por la ventana? ¿Agrega algo la posverdad a la idea de manipulación? A priori podemos decir que no, que este concepto se queda en lo evidente, en lo que ya conocemos sobre cómo los poderes fácticos amplifican ciertos temas más funcionales a sus intereses, opacando los que le resultan “incómodos” a ellos mismos o a sus amigos o socios políticos. Es cierto, podemos reconocer que la inclusión de las redes sociales amplifica una cantidad de aspectos, aristas que vuelven aún más compleja la discusión desde donde pensar muchas de las problemáticas sociales que hoy discutimos en nuestra sociedad. Pero la complejidad que esto acarrea, no es saldada por el neologismo en cuestión.

No podemos por eso pararnos desde un lugar ingenuo que nos haga ver que solo existen sectores de la sociedad que son “más permeables” a ser influenciados por lo que digan los medios y otros que no. O por lo menos la ecuación no es tan simplista como esa. Tampoco podemos idealizar los usos de las redes sociales como oposición a los medios dominantes. De lo contrario, o solo por citar un caso, ¿cómo puede ser que en las dos marchas más masivas del último tiempo por la desaparición forzada de Santiago Maldonado se hayan registrado fotografías con rostros claramente identificables de infiltrados que violentaron las manifestaciones para deslegitimar el reclamo y que eso no haya tenido un rebote considerable ni en medios ni en las redes sociales?

Sin querer meternos en un terreno escabroso de definiciones complejas, diremos que “para que las palabras produzcan sus efectos, no basta con decir las palabras gramaticalmente correctas, sino las palabras socialmente aceptables” (Bourdieu, 1978). Y con la idea de posverdad sucede un poco eso.

Aceptar ingenuamente hablar en estos términos, corre el riesgo de opacar el escenario, de tirarle barro a un tema que es de por sí complejo. Los poderes fácticos, que hoy más que antes atienden de los dos lados del mostrador, tienen responsabilidades y hacen uso de sus mecanismos para confundir y dominar a los  pueblos. No hay novedad en eso. Se trata de leer en esa clave cómo se opera socialmente desde el lenguaje.

En otras palabras, en su momento había sectores de la población que se indignaban porque los medios afines al gobierno anterior hablaban de “sensación de inseguridad”. Y es esa operación en términos de construcción -política y comunicacional-  la que también opera  con la “sensación de verdad” que hay frente a la posibilidad de inferir que a Nisman lo mandó a matar Cristina Fernández de Kirchner, casi desde el comedor del piso en Puerto Madero donde se halló muerto al fiscal.

Por eso decimos que no hay nada de novedoso en la idea de posverdad. Recortar, enfocar, amplificar  para contar periodísticamente un hecho es en sí mismo un acto político, inherente al acto comunicacional. No es una cuestión moral la que atraviesa el debate sobre la manipulación mediática y sus alcances. Apoyarse en esa matriz, en un contexto donde la mayoría de las problemáticas sociales son pensadas desde un binarismo de kirchnerismo vs. antikirchnerismo, arrastra el problema de quedarse en una posición partidaria que solo hable de las “mentiras” que propagan los sectores que no nos caen en gracia.

Allí radica el riesgo de leer el presente desde una idea de “posverdad”. La relación entre capitalismo y comunicación de masas es pensada desde que los medios son tales, por eso de lo que se trata es de evitar agregar un velo más que nos impida pensar la práctica del periodismo como una herramienta, donde sus condiciones políticas e ideológicas le son constitutivas.

A la verdad Nisman la harán reflotar todas las veces que haga falta. Esta última vez fue para contrapesar lo que sucede con la causa de la desaparición de Santiago Maldonado y la responsabilidad que le cabe al Estado. Lo paradójico es que utilicen a la Gendarmería, principal sospechoso del caso, para fortalecer el relato de una verdad que comparten con un sector de la sociedad. Y como dice la nota de Clarín citada, si la hipótesis que valía estaba en un asado, ¿qué hacemos discutiendo acerca de la posverdad?

@fedep81

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