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Claves del triunfo chavista en Venezuela (II)

Claves del triunfo chavista en Venezuela (II)
octubre 18
23:19 2017

Por Julián Aguirre, desde Caracas. La seguidilla de rounds dentro de la disputa que gira en torno al destino de Venezuela y la Revolución Bolivariana está lejos de terminar. Aciertos tácticos y condiciones históricas. Debilidades del contrincante convertidas en fortalezas propias. En el país que derriba todas las predicciones y donde la incertidumbre es ley, chavismo y oposición han dejado lecciones concretas para entender una dinámica política tan cambiante.

De estar contra las cuerdas a pasar a la ofensiva, en cuestión de meses, el chavismo ha demostrado una gran capacidad de sorpresa y ante todo vitalidad. La victoria en las regionales del domingo pasado sorprendió a propio y ajenos. Con siete puntos porcentuales por arriba de la participación de las elecciones de gobernador de 2012, el peso de la votación crece si se tiene en cuenta que el registro electoral incorporó a más de 2,1 millones de personas desde entonces.

Del total nacional, el Gran Polo Patriótico (GPP, la coalición chavista) creció casi 15 puntos, mientras que la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD) cayó unos 22 comparando sus resultados relativos en 2012. Esta combinación de crecimiento de votantes y recuperación del caudal electoral oficialista acabó con el espíritu triunfalista de la oposición y permite poner en entredicho el relato reinante que quiere mostrar en Venezuela una “dictadura” aislada y al borde del colapso.

Del brote insurreccional a la resignación electoral: crónica de una derrota autoconstruida

La MUD acabó dinamitando el capital político amasado desde la histórica victoria en las legislativas de 2015. Las inconsistencias del discurso y la estrategia desarrollada en el plazo de este año contribuyeron a la desorientación y desmoralización de su base electoral. Tras meses -de abril a julio- de agitar en la calle explícitamente el llamado a forzar la salida anticipada del gobierno por vías violentas, la realización de la constituyente paró esta estrategia.

Los niveles de violencia extrema alienaron al conjunto de sectores moderados y de indecisos -los “despolarizados” o “ni-ni”, claves para terminar de volcar la balanza hacia un lado o el otro-, al tiempo que estimularon el cierre de filas en el chavismo. De ahí en más, se pretendió hacer borrón y cuenta nueva, aún a costa de desacreditarse ante aquellos grupos ya comprometidos con la vía insurreccional.

Pese a que la abstención bajó relativamente, experimentó un aumento en zonas de ingresos altos y medios, territorios comúnmente asociados a la oposición. Entonces, parte de la derrota opositora se explica por un voto castigo, o más bien, dos castigos cruzados. Uno como condena a la violencia carente de perspectiva constructiva que la MUD promovió irresponsablemente. El otro, del sector más radicalizado, como castigo a la “traición” percibida como el compromiso de ir a las urnas y relegitimar las instituciones. Curiosamente, este reproche también provino del secretario general de la OEA, Luis Almagro.

El gran ganador de esta interna ha sido el partido que encabezó al sector pragmático-electoralista: Acción Democrática (AD), que contaba con un desarrollo territorial y una base de apoyo nacional lo suficientemente consolidados como para tener aspiraciones reales de disputar espacios institucionales. La ambigüedad con la que acompañaron las protestas sin exponer a sus principales referentes nacionales les permitió desmarcarse de los costos políticos tras el rechazo social a la violencia.

AD se ha adjudicado cuatro de las cinco gobernaciones ganados por la oposición y posiblemente será quien dirija las negociaciones con el gobierno, aún a expensas de sus aliados. Habrá que preguntarse si la abstención significará el germen de un sector que, entre la radicalización y el desencanto, acabe apoyando opciones no-democráticas.

El chavismoos y los frutos de persistir contra las cuerdas. 

Es exagerado decir que el chavismo ha cerrado completamente las fisuras que pusieron en entredicho la hegemonía que supo construir. Asediado diplomática y mediáticamente, en medio de una crisis económica y una profunda polarización social y política, el bloque de fuerzas en el gobierno se recompone, gana tiempo, estabiliza el proceso político y dicta las reglas de juego, por ahora. Pero, ¿cómo?

Una de las claves está en la decisión de sostener el funcionamiento de las políticas sociales a pesar de la erosión constante que provoca la crisis económica e institucional. Esto es particularmente efectivo en una sociedad que ha naturalizado el rol central del Estado como proveedor y garante de derechos y de bienestar. Pese a los golpes enormes contra el estándar de vida, el gobierno no ha recurrido a medidas de ajuste sobre el consumo popular con tal de paliar la crisis.

En segundo lugar, frente a la fragmentación de la oposición, el chavismo contó con un accionar y un liderazgo cohesionado, que logró enfocar el esfuerzo de todos sus sectores en pos de sus objetivos. Durante varias campañas hubo un énfasis en la autocrítica y la necesidad de renovación, que sin duda tuvo recepción en la población.

Tercero, pudo proveer un discurso que empalma con las expectativas y subjetividades de vastos sectores de la sociedad. Es imposible entender al chavismo como fenómeno social, cultural e identitario sin integrar en cualquier análisis su reivindicación histórica y simbólica de sectores por largo tiempo negados y marginados de la política, algo que aún hoy es ajeno a la oposición.

Otro factor importante lo otorgó el escenario internacional. El endurecimiento de la postura de los EE.UU., hizo que el elemento “antiimperialista” del discurso oficial se volviera más tangible. Las repetidas apariciones de referentes y portavoces de la oposición en Washington hicieron que fuera fácil identificar a la MUD como un intermediario con una agenda subordinada a la iniciativa e intereses de actores externos.

El subestimar estos elementos de los movimientos populares o “populistas” lleva a no comprenderlos; y a refugiarse en el prejuicio forzado de narrativas que reducen todo a una combinación de “clientelismo”, “fraude” y “represión”. Ninguna de estas miradas logra explicar cómo el chavismo no se ha derrumbado y mucho menos como ha recompuesto su fuerza después tras estos años críticos.

@julianlomje

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