El Mundo

31 octubre, 2017

La grieta que cambió el mundo cinco siglos atrás

Un día como hoy pero de 1517, hace 500 años, un monje agustino de 33 años, martillo en mano, clavaba sobre la puerta de la capilla del palacio del obispo de Wittenberg, un escrito de 95 tesis. Tiempo después, la Historia reconocería en ese acto de Lutero el inicio de la Reforma Protestante.

Un día como hoy pero de 1517, hace 500 años, un monje agustino de 33 años, martillo en mano, clavaba sobre la puerta de la capilla del palacio del obispo de Wittenberg, un escrito de 95 tesis. Tiempo después, la Historia reconocería en ese acto de Lutero el inicio de la Reforma Protestante.

Teniendo en mente el verdadero cataclismo que significó para la Iglesia Católica la Reforma, el texto con el que se estrena resulta algo decepcionante. Las 95 tesis de Wittenberg no atacan la institución papal, no revelan siquiera un atisbo del programa de reforma religiosa luterano ni tampoco arremeten contra los sacramentos de la Iglesia Católica. Lo que hace Lutero en su escrito es criticar, de 95 formas diferentes, un aspecto específico de la piedad religiosa de aquél momento: la institución de las indulgencias papales.

¿Por qué, hacia 1520, las indulgencias papales estaban tan de moda? León X, primer pontífice del linaje de los Médici, anhelaba una nueva basílica de San Pedro. Pero el costo de tal obra escapaba a las capacidades económicas del papado, por lo que ideó una forma muy original de aumentar las recaudaciones: ofreció indulgencias a los fieles que realizaran donativos con dicho fin específico. ¿Qué eran las indulgencias? Una forma de reducir la penitencia que el sacerdote imponía al fiel arrepentido una vez concedida la absolución de sus pecados. Por medio de la confesión el fiel obtenía el perdón; sin embargo, segundos antes de concederlo, el sacerdote imponía una pena sin cuyo cumplimiento el perdón no resultaba efectivo. Sobre ese castigo actuaban las indulgencias que, gracias a la brillante idea de León X, ahora podían comprarse.

Este texto, el menos protestante de los textos protestantes fue, sin embargo, motivo suficiente para que desde Roma convoquen a Lutero a ser juzgado. Las tensiones fueron en aumento hasta terminar en la publicación de un nuevo ensayo por parte del monje, donde delineaba por primera vez su revolucionaria teoría de la salvación cristiana: “El justo vivirá por la fe. Es decir, no hay nada que el hombre pueda hacer en vida, no existe obra -por más divina que sea- capaz de redimirlo del pecado original; toda posibilidad de salvación está en manos de Dios y sólo de Dios, sin intermediarios.

A la Iglesia, por supuesto, en tanto administradora por excelencia de la gracia divina, monopólica expendedora de indulgencias, dicha teoría no le cayó nada bien, y Lutero fue excomulgado en 1521.

Ahora bien, aunque a la hora de hablar de la irrupción del protestantismo los manuales tradicionales de historia sólo suelen mencionar a Lutero (y quizás con suerte a Calvino), la reforma religiosa del siglo XVI en Occidente fue un fenómeno sumamente extendido, que rebasó con creces la prédica del monje alemán para constituir un verdadero movimiento.

Dicho impulso reformador supuso, además, dos tendencias en una: la más conocida, la reforma «institucional». Un programa impulsado desde arriba, hecho desde y para el poder, en el que se inscriben los programas de Lutero y Calvino, entre otros. Prácticamente todas las formas proto-estatales de la Europa del siglo XVI apoyaron, en un momento u otro, programas de reforma religiosa. Es que pasarse al bando anti-católico guardaba sus ventajas: la ruptura con el papado significaba la desamortización de los bienes eclesiásticos, el cese del flujo de remesas anuales hacia Roma y la apropiación por parte del Estado de las tierras en manos de las instituciones eclesiásticas.

El espectacular éxito conseguido por esta vertiente de la Reforma fue posible porque expresó fuerzas de cambio social que la trascendían. Después de todo, muchas de las doctrinas religiosas postuladas por Lutero o Calvino no eran muy distintas de las defendidas por los principales herejes de los siglos previos, y sin embargo aquellos triunfaron y estos últimos no lo hicieron.

La diferencia entre unos y otros radica en el proceso histórico que acompañó el movimiento: la aparición por primera vez de un nuevo tipo de identidad colectiva de carácter político, una nueva clase de identidad macro-regional o proto-nacional. Se pensaba, con razón, que pasándose al bando reformado se lograba una mayor autonomía de los mandatos provenientes de Roma.

Pero existió otra reforma, mucho menos difundida pero no por ello menos importante: la llamada reforma «radical», representada principalmente por el movimiento anabaptista. Fue la reforma ensayada desde abajo, sin el apoyo de las autoridades constituidas y perseguida ferozmente por todas las instancias de poder religioso y civil existentes en Europa, hasta el punto de contar los anabaptistas con más muertes que las brujas durante el Cinquecento. Y es que los anabaptistas, en tanto protestantes, eran odiados por los católicos; pero en tanto anabaptistas eran odiados además por luteranos y calvinistas, y morían quemados también en las hogueras de la Inglaterra anglicana.

¿Por qué no consiguió esta reforma que hoy identificamos como «radical» el apoyo de los poderes políticos europeos que sí consiguió su vertiente «institucional»? Si bien se pueden identificar varios motivos, existe uno que resulta fundamental: estos movimientos manifestaron una clara tendencia a fusionar las exigencias de cambio religioso con las demandas de transformación social. Thomas Müntzer, máximo apóstol del anabaptismo alemán, lo decía claramente: “No podrá nunca regir el Evangelio, no podrá nunca instalarse el reino de Dios en la tierra, si los poderes que oprimen al pueblo cristiano no son aplastados. Solicitamos a los fieles que lean la Biblia con frecuencia, pero ¿cuándo tienen tiempo de hacerlo, si trabajan de sol a sol para pagar las rentas e impuestos que les exigen los poderosos?”.

Un siglo más tarde, Gerrard Winstanley, reformador protestante inglés, iba un paso más allá y postulaba que la religión era “en sí misma una fábula” inventada de manera deliberada “para mantener a la clase baja aterrorizada”. “El poder estatal, los ejércitos, las leyes y la maquinaria de justicia, las prisiones, los patíbulos; todo ello existe para proteger la propiedad que los ricos han robado a los pobres. La explotación, no el trabajo, es la maldición”, afirmaba.

No es de extrañar, entonces, que la reforma radical haya sido vista a ojos de los poderes constituidos como un peligro para el orden no sólo religioso, sino también social y económico vigentes y, en tanto tal, haya sido perseguida, censurada y reprimida por cuanta autoridad política o religiosa se cruzara en su camino.

Florencia Oroz, historiadora (UBA) – @Flor_Oroz

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