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Río revuelto, ganancia de ajustadores

Río revuelto, ganancia de ajustadores
noviembre 23
12:10 2017

Por Federico Dalponte. La ebullición es para el que pierde. Siempre. Desde las elecciones de octubre, los principales bloques de oposición sobrellevan la tradicional maraña de catarsis y pases de factura.

Los reiterados episodios de peronismo epistolar sin dudas fueron los más efusivos. Pero sin carácter exclusivo.

Incluso podría decirse que el único que alinea con efectividad a sus adeptos es el presidente. De hecho el PRO carece de disensos palpables. Los debates entre los dos o tres economistas de mayor relieve tienen una impronta técnica, pero no califican para convertirse en facciones internas.

Aunque aquello no es factor común en el pleno de Cambiemos. El sector minoritario y díscolo del radicalismo -cada vez más minoritario y menos díscolo- también lava sus trapos sucios en TV.

Los porteños que se encolumnaron detrás de Martín Lousteau para enfrentar a Elisa Carrió igual apuestan al caballo ganador. Como los bonaerenses Ricardo Alfonsín o Federico Storani, dos cambiemitas con reparos pero incapaces de resquebrajar la solidez de la alianza gobernante.

***

La proporción lo es todo. A mayor frustración, mayor crispación interna. El peronismo cree entenderlo bien. Durante años glorificó aquella metáfora de la reproducción que aparenta pelea. Pero el costo es alto: mientras transita las riña, el gobierno moldea el país de sus sueños.

La expresión de esa disputa se sintetiza hoy en la distancia entre los gobernadores y los voceros de cierto proyecto nacional.

Estos últimos parecen dispuestos a sacrificar hasta la última intendencia con tal de enfrentarse al macrismo. Héctor Recalde, Juliana Di Tullio, Axel Kicillof. Ejemplos de toda estirpe y origen, sin ataduras territoriales que facilitan las posiciones duras.

No es una estrategia sencilla, está claro. Con cierta lógica el senador Miguel Ángel Pichetto le endilga a Cristina Kirchner haberse ido del PJ y eso impide cualquier acercamiento interbloques.

Formalismo extremo. Sobre todo si se piensa que hasta el propio presidente del PJ bonaerense, Fernando Espinoza, fue candidato por Unidad Ciudadana.

Sin dudas las disputas por el control partidario no desvelan a ese movimiento poliforme que es el peronismo. Bien lo saben en el Frente Renovador y en el Bloque Justicialista: con fortaleza en caída libre, siguen acaparando a una porción del viejo partido. Aunque hay dos elementos que deben tenerse en cuenta.

En primer lugar, acogerse a la institucionalidad partidaria implica defender las responsabilidades de gobierno, y de ello se deriva la necesidad de pactar cierto cese de hostilidades con el gobierno nacional. Así lo entendió por ejemplo Alicia Kirchner. No cabía mucha alternativa.

Y en segundo término, construir por afuera del PJ siendo peronista es problemático, pero no por carencia de estructura, sino porque se ceden espacios de poder que otros podrían capitalizar. Florencio Randazzo y sus cinco puntos, por ejemplo.

Tal vez eso explique parte de la intensidad que tiene por estos días la interna peronista en la provincia más populosa del país. Aunque las consecuencias a escala nacional y en el corto plazo tiendan a cero.

Existe un dato curioso: la semana pasada el senador Pichetto le hizo saber al gobierno que si la reforma laboral se debatía tras la asunción de Cristina, no podía garantizar el voto obediente de su bloque.

El sello tiene una importancia relativa en casos así. Hay exponentes de la política que mueven el amperímetro incluso sin partido ni banca. Ese potencial y esa libertad de maniobra es poder en estado puro.

***

Del otro lado, entre quienes sí fijan posturas bajo la cotidiana preocupación de la gestión local, sólo los puntanos Rodríguez Saá se animan por ahora a ponerse de pie. Y vaya uno a saber cómo se lo harán pagar en Casa Rosada.

Tal vez la firma del pacto fiscal haya sido apenas una muestra. Pero habrá que ver si las necesidades provinciales degluten también otras exigencias del macrismo menos apetecibles: reforma laboral, recorte previsional, límite a los sueldos de estatales.

La liguilla de gobernadores constituye un poder con lógicas propias, heterogéneo por antonomasia. Las reuniones se suceden a diario. El salteño Juan Urtubey construye puentes con Schiaretti, su tocayo cordobés. Pero el tucumano Juan Manzur, el sanjuanino Sergio Uñac y el chaqueño Domingo Peppo también atienden su supervivencia sin descuidar los vínculos con el Ejecutivo nacional.

En ese marco, se dirá que el gobernador santafesino Miguel Lifschitz tiene el problema resuelto. El Partido Socialista se quedará sin diputados después de diciembre. Su definición en contra de los proyectos oficialistas es apenas simbólica. Aunque sirve para pensar un poco más allá: ciertos sectores autodefinidos como progresistas, que esbozarían una oposición cerrada a esta nueva etapa del macrismo, hoy tienden a la extinción parlamentaria.

La excepción está un poco más hacia la izquierda del espectro. Con una característica: el foco de resistencia institucional emerge desde las legislaturas. Si ello logra tener complemento en la calle y en los espacios dinámicos de la sociedad, tal vez pueda tener alguna incidencia en los debates que se acercan.

Sino todo quedará en manos de los gobernadores provinciales, los grandes actores del próximo bienio: de allí podrán surgir los próximos presidenciales o los principales apoyos al oficialismo. Bastante notorio hoy en la Cámara Baja, donde los operadores radicales y del PRO dejaron de negociar con el massismo.

En definitiva, los gobernadores no son la oposición más efectiva al gobierno, pero tal vez sí la más decisiva. Los votos de sus senadores y diputados son la llave que necesita Cambiemos para controlar cómodo el Congreso.

@fdalponte

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