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Crónica de una transacción comercial en Venezuela

Crónica de una transacción comercial en Venezuela
diciembre 12
12:29 2017

Por Fernando Toyos, desde Caruao. El apacible pueblo costero de Caruao, en el estado Vargas, vive una escena cotidiana: ocho turistas, de los cuales siete somos argentinos y una es de Caracas, volvemos de una paradisíaca playa en Chuspa, a diez minutos de lancha, disponiéndonos a planificar nuestra noche. Una idea tan sencilla, aprovisionarnos de comida y bebida antes de volver a la posada, atraviesa una serie de complicaciones.

“Noventa y seis bolos, mi amor”. Con sonrisa caribeña, nos informan el precio de diez botellas de cerveza -de un tercio de litro cada una, como se toman aquí. Al número hay que agregarle tres ceros. Nada se compra hoy día a menos de tres mil bolívares (un vaso de jugo en Plaza Bolívar). Los alimentos se encarecieron terriblemente para un salario mínimo de 455 mil bolos. Pensando en mi propio bolsillo, hago la cuenta: 96 mil equivalen a poco menos de un dólar. Un dólar por dos litros y medio de cerveza. Comparo con Argentina, donde un dólar compra medio litro de cerveza de la misma calidad. Algo -como dicen aquí – no cuadra.

Sin embargo, no todas las cosas se encarecieron a la par de los alimentos: el transporte urbano en Caracas -por caso- se apoya sobre los buses de gestión estatal (unos lindos colectivos marca Yutong, de procedencia china) y las busetas, camionetas más pequeñas de gestión particular (generalmente pequeños propietarios) y carrocería nacional, fabricada por Ensamblado de Carrocerías Valencia, En.Ca.Va. Ambas tienen un pasaje de 700 bolívares, catorce centavos de peso argentino, pero lo que resulta realmente surrealista es el precio de Metro (subterráneo) caraqueño, de gestión pública: cuatro bolívares por pasaje.

Así, la canasta básica del venezolano incluye valores que van desde los cuatro bolívares hasta los cien mil que puede costar un kilo de queso. Una de las variables que (al menos en parte) explican esta fabulosa amplitud de los precios es el carácter estatal o subsidiado de algunos de ellos: las populares arepas a precio subsidiado cuestan hasta diez veces menos que se compran en negocios particulares, mientras que la bolsa de alimentos que distribuye -no sin importantes demoras en su entrega- el gobierno, a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), tiene un costo de 15 mil bolívares, incluyendo productos que superan ampliamente ese precio en el mercado.

La otra variable clave es el origen de los productos: con un dólar paralelo -cuyo precio es fijado a través de un sitio web que opera en Colombia, con la anuencia de su gobierno – a unos 100.000 bolívares, los productos importados -autopartes, ciertos alimentos, medicamentos, etc.- se vuelven prácticamente inaccesibles.

“Misión fallida. Hay pescado, pero no hay punto

Los planes del grupo del que soy parte se complican. El “punto de venta” (posnet) es el nuevo fetiche de la economía popular, desde que comenzó a escasear el dinero en efectivo, en el marco de una hiperinflación cuya dinámica -como señalamos- muestra indicios de ser, al menos parcialmente, inducida. En una economía que no ha superado la absoluta dependencia respecto de la exportación de petróleo -deuda asumida por el mismo gobierno- la estrepitosa caída que experimentó el barril de crudo en los últimos años pone de relieve los déficits estructurales de la revolución que la bonanza permitía pasar por alto. Los bolos en formato físico son una vista cada vez más exótica.

Pero volvamos al principio: aún no pasa el punto para las diez cervezas. La escasez de efectivo se expresa, además, en la congestión de las líneas telefónicas a través de las cuales los posnets se comunican con sus respectivos bancos. Las tarjetas de bancos privados tienen más suerte que las de la banca pública, que se encuentra desbordada. En Caruao los puntos operan a través de la red de celular (tecnología prácticamente inexistente en Argentina), con lo cual la compraventa de bienes y servicios se ve sometida a la misma arbitrariedad que los whatsapp que no salen. La situación nos lleva a trasladarnos, punto incluido, al otro lado de la calle, junto al bonito malecón, a ver si logramos congraciarnos con los dioses de Movistar, empresa que -junto con la estatal Movilnet- es la principal operadora de Venezuela.

Ante la adversidad, decidimos organizarnos: mientras unos se quedan con la chica de la licorería a ver si pasa el punto, otros nos iremos a explorar opciones alternativas. Tras caminar unas cuadras logramos comprar algo de pan y jugo en un abasto grande en el que, por alguna razón, el punto pasa sin mayores dificultades. Antes de esto, pasamos por una charcutería a comprar un poco de mortadela para el pan: recibimos un papelito con el monto, que debemos cancelar en el mismo punto donde pagamos el pan.

“Antes tu veías a alguien pagando efectivo y le ofrecías pagar con tarjeta y que te dé el efectivo. Ahora ya no dejan”. El testimonio de este chamo, que atendía otro abasto con menos afinidad para el punto, ejemplifica un repertorio de prácticas a las que el pueblo -como nuestro grupo- recurre para capear el temporal: prestarle la tarjeta a amigos/as y familiares, pagar por transferencia, hacer avances de efectivo, compartir el punto entre distintos comercios, etc.

Sin embargo, a la par de la solidaridad camina la especulación de quienes elevan a máxima el dicho popular “río revuelto, ganancia de pescador”. Los que se adelantan en las sistemáticas colas, los que revenden productos subsidiados en el mercado “libre”, los que venden el efectivo. Son las empresas de mayor porte las que descollan en estas prácticas: en un país donde un puesto callejero de comida tiene punto, los pasajes de larga distancia sólo pueden pagarse en efectivo, lo cual genera contratiempos de todo tipo. La empresa Polar, que produce gran parte de la canasta alimentaria venezolana, ha sido denunciada por acaparar productos, induciendo su desabastecimiento. En abusos de este tipo se evidencia, además, la falta de control por parte del Estado.

Finalmente, logramos hacernos de comida y bebida para pasar la noche. Tal vez no son los víveres que hubiéramos elegido, y ciertamente hubiésemos preferido que el trámite fuese más expeditivo, pero no nos podemos quejar: disfrutamos de una playa paradisíaca, una posada increíble y nuestra propia compañía, amparados en los precios irrisorios que la hiperinflación, paradójicamente, nos prodiga.

La situación del pueblo venezolano es muy diferente: a ellos y ellas les toca ponerse al hombro una situación muy dura que viene desde la muerte de Chávez en adelante. Los niveles de precariedad que presenta la vida cotidiana de las mayorías aquí harían combustión sobre el tejido social de cualquier otra sociedad, o por lo menos, sobre la Argentina. Uno observa que, contra viento y marea y apelando a múltiples estrategias, la gente hace su vida.

Venezuela es ese lugar en el que la vida cotidiana resiste una desorganización organizada por factores externos que están empeñados en no dejar que la nación caribeña haga su propio camino. El bravo pueblo venezolano, por su parte, responde enseñando vida.

Todos los días.

@fertoyos

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