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Una novela de ajustadores

Una novela de ajustadores
enero 11
11:00 2018

Por Rolando García. En los últimos meses se fue fortaleciendo la idea de que al interior del gabinete económico del gobierno de Cambiemos existen al menos dos tendencias: una supuestamente ortodoxa, cuyo representante es Federico Sturzzeneger, a la cabeza del Banco Central (BCRA) desde diciembre 2015, y la encabezada por el niño de oro Marcos Peña Braun, quien sostiene una visión heterodoxa al decir de los paladines del monetarismo bestial. Una intrigante novela de disputas intestinas entre ajustadores.

Parecía que la narrativa encontraba un final la semana pasada con las idas y vueltas de la meta inflacionaria. El gobierno de Cambiemos impulsó un Presupuesto 2018 acorde con la meta establecida por ellos mismos, que planteaba una inflación de 10% durante el corriente año. Al día siguiente, en conferencia de prensa del gabinete económico, se desdecía planteando un objetivo “con más información”, del 15%. Inmediatamente, fueron anunciados los aumentos en trasporte público, y tarifas energéticas, que hicieron de ese 15% nuevamente ciencia ficción.

Inflación de ciencia ficción

A menos que se lleve adelante el gran ajuste que el gobierno de Cambiemos ansía hacer desde su llegada pero que ha tenido que “negociar con la realidad”, la meta parece una referencia inerte puesta ahí vaya a saber uno para qué. En el plano de la economía que nos interesa a todos (ajustadores y ajustados), la política del gobierno se redujo a devaluar fuertemente la moneda, y mejorar las libertades para un “endeudar y fugar”, a una negociada Reforma Fiscal, y a anunciar una rimbombante Reforma Laboral que ha sido “pateada” para adelante sistemáticamente. Primero, por las elecciones, después por la resistencia que generó una reforma de menor envergadura como la Previsional, en el conflictivo diciembre.

La política de ajuste del gobierno de Cambiemos caminó por los márgenes, sin lograr reducir significativamente el gasto público, y ni siquiera lograr las grandes reducciones salariales con las que parte del establishment local sueña. Es por ello que la combinación de déficit fiscal primario argentino y déficit por deuda externa es alarmante hasta para los ajustadores. Parece que el ex ministro Alfonso Prat Gay tuvo razón finalmente en su descripción de los estragos que estaba causando el déficit económico más importante de nuestra historia (pero lo dijo dos años antes).

Con este panorama, Cambiemos tuvo la política de dejar actuar el lento veneno de la enfriamiento económico, desprotegiendo mercados, impulsando la reconversión tercerizadora, favoreciendo a las empresas en los tribunales, impulsando despidos, atacando condiciones laborales. Sin poder entrarle al núcleo de la cuestión, dudosamente la sumatoria de estos pequeños triunfos del capital sobre el trabajo (tormentosos para quienes los sufrimos, pero totalmente insuficientes) vaya generando un contexto propicio para finalmente poder ajustar a la Temer.

Hacer la plancha en un mar turbulento

La ortodoxia económica que hoy controla las reglas de juego del mercado financiero viene promoviendo una fiesta de endeudamiento y tasas altas para mantener “el dólar planchado”. La evolución de la divisa estadounidense de 10% a diciembre de 2017, con una inflación del 20% indicaba que podría darse una devaluación, y de hecho sucedió.

Pero cuando llegó el momento de convalidar un rumbo económico que ponga un coto al enorme costo financiero en dólares de sostener el tipo de cambio vía Lebacs (o cualquier otro instrumento), el supuestamente cuestionado Sturze decidió mandar una señal contraria: mientras el “mercado” (miles de compradores de letras del tesoro, sobre todo empresas y grandes jugadores) esperaba un timonazo (200 puntos de reducción de la tasa), el Banco Central la bajó tan solo 75 puntos, llevándola de 28,75 a 28. El mensaje de los ortodoxos es claro: “Este paciente necesita cirugía, mientras tanto nosotros vamos a seguir metiéndole calmantes”.

La medicina indicada contra la inflación es el ajuste

Para la ortodoxia, sólo se puede lograr una meta inflacionaria como la planteada por el oficialismo con una drástica reducción del gasto y un fuerte golpe al salario real (que supondría paritarias muy a la baja, o la suspensión de las mismas). De esta forma se evita el “populismo económico” (Marcos Peña dixit), motor de la “máquina de imprimir billetes” que produce, al entender de estas mentes brillantes, el descalabro inflacionario. En esto hay “frente único” contra las y los trabajadores. Mientras tanto, se pagará el costo financiero que se deba pagar para “mantener el tipo de cambio”.

Quién mantiene el tipo de cambio

El gobierno macrista sostiene una flotación sucia similar a la que tenía el kirchnerismo, con un esfuerzo extraordinario para mantener el tipo de cambio. La ilusión es que el Banco Central controla todo, porque es el que pone la tasa de referencia (que desde que está Macri en el poder, son los Lebacs). La realidad es que el tipo de cambio en Argentina esta sostenido por un enorme endeudamiento que tiene algo que ver con el BCRA y mucho con el Ejecutivo nacional. En esto también hay frente único de los ajustadores.

Mientras haya endeudamiento y refinanciación, puede haber un dólar más o menos controlado. Las Lebacs mientras tanto son la forma de mantener a la fiera distraída, garantizar negocio sin prácticamente riesgo y de corto plazo para “calmar las aguas”. Y mientras el gobierno resuelve la cuestión social, los intelectuales del establishment cuestionan el “kirchnerismo con buenos modales” y la “heterodoxia keynesiana” del jefe de Gabinete supermercadista.

Detrás de este pleito se encuentran quienes entienden la dimensión política y quienes fantasean con gobiernos autoritarios que impongan a los trabajadores férreas condiciones de trabajo. Marcos Peña trabaja para acercar el barco a ese puerto de fantasía, en medio de un mar tormentoso, y el fanclub timbero de Sturze pide a gritos que no le toquen a su presi, y que no hagan olas.

@RolanGB

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