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Black Mirror: en busca de la humanidad

Black Mirror: en busca de la humanidad
enero 12
13:48 2018

Andrew Ross Sorkin se acomoda la corbata violeta a lunares que hace juego con la pulcritud de su traje gris. El columnista del New York Times y presentador de CNBC está en Arabia Saudita, en el Future Investment Initiative 2017, una feria mundial en la que inversionistas multimillonarios observan, seleccionan y financian proyectos relacionados con la tecnología. Sorkin está en el escenario del foro. A su lado, de pie detrás de una tarima, sonriendo a las cámaras y a los flashes de los celulares está Sophia, la primera androide con forma humana en recibir la ciudadanía de un país. El robot contesta las preguntas de Sorkin de manera amable. A simple vista, más allá de que no tiene pelo y sus gestos son algo rústicos, su conversación no difiere en nada de cualquier ser humano. Sophia fue programada con inteligencia Artificial por Hanson Robotics, la compañía que ahora busca financiación para seguir adelante con el proyecto.

La entrevista es amena y el androide agradece cuando el periodista le anuncia que es el primer robot ciudadano del mundo. Sorkin, de buen humor y un tanto aturdido por hablar con un androide, pregunta: ¿Sos consciente de que sos un robot?. Sophia contesta: ¿Y los humanos? ¿Son concientes de que son humanos?

Esta anécdota forma parte de nuestra vida real. Cualquiera puede googlear a Sophia y ver sus avances y múltiples entrevistas en distintos medios de comunicación. Black Mirror, la serie de Netflix que ya va por su cuarta temporada, surfea con maestría este futuro posible, probable, algunas veces inminente y otras apocalíptico.

En la pregunta de Sorkin y la contrapregunta de Sophia está el eje de ese mañana cercano. ¿Qué tan conscientes somos los humanos de lo que somos? ¿Nos destruiremos a nosotros mismos en el loco afán de querer trascender? ¿Dónde está la esencia de lo humano? Y la que se esconde detrás de todas: ¿Qué somos?

Isaac Asimov, Ray Bradbury y cientos de otros escritores imaginaron el futuro y en la caverna platónica las sombras siempre traían esa pregunta. Black Mirror es ese espejo roto y opaco que nos devuelve una mirada deformada de nosotros mismos. Como si nos mirásemos en la pantalla de un celular apagado y pudiésemos escrutar nuestra cara pero creyendo que esa es nuestra forma verdadera.

Lo humano se pone en juego en cada capítulo como una pregunta sin respuesta. Si bien en la última temporada algunas temáticas se repiten, como la cuestión del universo artificial, el apocalíptico, el ordenado por las prolijas máquinas que lo gobiernan, la narración siempre está en un punto alto de compromiso con el espectador. Esto es posible gracias a las llamadas vueltas de tuerca que no sólo adornan sino refuerzan conceptos de otras temporadas.

El cinéfilo avezado dirá que hay demasiado homenaje que roza el afano. Series como The Twilight Zone, Amazing Stories de Spielberg y hasta algunos toques de Tales from the Cript pueden ser rastreables sin mucho esfuerzo. Lo original es esa humanidad cada vez más vacía que se esclaviza en lo nuevo y termina por explotar. En Black Mirror como en las obras de Shakespeare importan los sentimientos. Odio, amor, venganza, celos, ambición. En resumen, esa esencia humana que no sabemos bien dónde está, pero que todos tenemos a flor de piel y que nos hace actuar de una forma u otra.

Charlie Brooker, creador y cerebro absoluto de la serie dijo en varias oportunidades que Black Mirror no es antitecnológica. Isaac Asimov declaró alguna vez que si el conocimiento puede crear problemas, no es con la ignorancia con lo que vamos a resolverlos. Hay en BM una apuesta por la tecnología que en el fondo es una crítica y una búsqueda del ser humano.

El mensaje puede diversificarse en miles de colores pero en el fondo siempre queda una necesidad de libertad latente, de rebeldía, de cambio. Los hombres le escapan al control, aman, odian, se rebelan, porque son hombres y los sentimientos son parte de ellos. Parece que la clave para entender ese futuro cercano es la posibilidad de liberarnos, en esa búsqueda infinita por ser nosotros mismos.

Mariano Cervini – @marianocervini

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