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Manifiesto Comunista: 170 años de un libro para la acción

Manifiesto Comunista: 170 años de un libro para la acción
febrero 21
11:59 2018

El 21 de febrero de 1848 se publicó en Londres la primera edición de un panfleto escrito por dos jóvenes filósofos alemanes exiliados, Karl Marx (29) y Friedrich Engels (27). Era la concreción de aquella tesis XI sobre Feuerbach que había postulado el propio Marx tres años antes: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Por eso el Manifiesto Comunista es una obra teórica y práctica a la vez. Reflexiva, profundamente analítica, pero con un claro llamado a la acción y a la revolución. Una revolución que, por otra parte, estaba en curso en todo el continente europeo.

Este proceso revolucionario (que a grandes rasgos se circunscribió a los años 1848 y 1849) se enmarcaba, además, en una fenómeno más grande, más amplio, que transformó para siempre la historia de la humanidad y que estaba modificando aceleradamente la sociedad inglesa que los jóvenes alemanes observaban y estudiaban con detenimiento: la revolución industrial.

Del fantasma a la realidad

El Manifiesto cuenta, quizás, con una de las frases iniciales más conocidas y parafraseadas de la historia: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”.

Sin embargo, muchas veces se olvida que es una ironía, recurso que Marx utilizó varias veces en sus textos. De hecho pocas líneas después, los autores sostienen que “ya es hora que los comunistas expongan a la faz del mundo sus conceptos” y que “opongan a la leyenda del fantasma (…) un manifiesto del propio partido”.

Portada de la primera edición del Manifiesto Comunista publicada el 21 de febrero de 1848

Portada de la primera edición del Manifiesto Comunista publicada el 21 de febrero de 1848

En ese sentido, este texto, que marcó un hito en la teoría política moderna, sistematizó por primera vez las tendencias de la nueva sociedad en formación y fue uno de los pilares sobre los cuales se asentó una de las doctrinas políticas más importantes de los siguientes 150 años.

Conceptos como la lucha de clases como motor de la historia y la burguesía y el proletariado como las clases fundamentales de esa disputa, fueron rectores para las luchas posteriores.

También se analiza cómo la burguesía supo ser una clase profundamente revolucionaria que “en apenas un siglo” creó fuerzas productivas más grandiosas que todas las generaciones pasadas.

Incluso, aunque esbozado de forma superficial, en el Manifiesto se delinea la idea de la “acumulación originaria”. El saqueo que la burguesía perpetró en el comienzo de su ascenso al poder y que Marx desarrolló en el capítulo XIV de su obra cumbre: El Capital.

El sepulturero del capitalismo

Pero aquella clase social que dio por tierra con el feudalismo había ahora creado un nuevo sistema que no eliminaba las diferencias económicas ni la existencia de opresores y oprimidos. De hecho, se asentaba en la propiedad privada que es “la más acabada expresión del modo de producción” imperante; de “apropiación de lo producido basado en los antagonismos de clase”; en la “explotación de los unos por los otros”: el capitalismo.

Según la perspectiva marxista, la burguesía había dado nacimiento a quien sería su propio sepulturero: el proletariado, una clase que había sido despojada de todo y no tenía nada más que perder. Una clase que, además, adoptaba un carácter internacional por la propia lógica del capital que se expandía de manera imparable por el globo.

Marx y Engels eran claros, para ellos “las tesis teóricas de los comunistas (…) no son sino la expresión de conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos”.

Las tareas del partido y la unidad

Cabe recordar que en aquellos años, los comunistas estaban lejos de ser el único partido proletario de Europa. Es por eso que el Manifiesto se refiere a las demás organizaciones, analiza los “tipos de socialismo” y plantea claramente qué deben hacer sus militantes ante ese período histórico revolucionario.

“El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general”, remarcan los autores y enumeran: “Constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado”.

No obstante, aclaran que “se distinguen” por ser “el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás”.

Es así que en el cuarto y último capítulo (el más corto de todo el texto), recapitulan la relación del partido comunista con los demás “partidos de oposición”. En Francia se suman al Partido Socialista Democrático, en Suiza apoyan a los radicales, en Polonia a quienes ven “en la revolución agraria la condición de liberación nacional” y en Alemanía luchan junto a la burguesía “en tanto esta actúa revolucionariamente contra la monarquía absoluta”.

“Pero jamás -aclaran Marx y Engels-, en ningún momento, se olvida este partido de inculcar a los obreros la más clara conciencia del antagonismo hostil que existe entre la burguesía y el proletariado”.

Porque si bien “los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países” consideran “indigno ocultar sus ideas y propósitos”.

Y concluyen con una proclama que en el siglo XX se haría eco en millones de personas: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista” ya que los proletarios “no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas” y “tienen, en cambio, un mundo por ganar”.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Santiago Mayor – @SantiMayor

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