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Lenín Moreno en medio de una encrucijada

Lenín Moreno en medio de una encrucijada
mayo 04
09:24 2018

Ecuador vive horas de tensión y crisis política, como consecuencia de la disputa interna del partido gobernante Alianza País (AP), que tiene a la cabeza al actual presidente, y quien fuera su mentor y predecesor en el cargo, Rafael Correa. El distanciamiento entre ambos y el acercamiento del Lenin Moreno con sectores conservadores marcan un futuro incierto para la “Revolución Ciudadana”.

En abril de 2017, el actual presidente ganó las elecciones por un estrecho margen frente al candidato de la derecha, el banquero Guillermo Lasso, y gracias al apoyo decisivo que por entonces le brindó Correa. A pesar de esto, en poco más de un año la relación entre ambos ha quedado definitivamente quebrada.

Lejos en el tiempo parecen quedar los elogios que el propio Moreno dedicaba al proceso denominado “Revolución Ciudadana”, al que calificaba como “diez años de recuperación, del autoestima, del sentido de pertenencia de los ecuatorianos”, a Rafael Correa como el líder indiscutido y “uno de los mejores hombres que ha tenido la patria”.

Al comienzo se trató de un distanciamiento en cuanto a estilos y formas de ejercer la presidencia. En contraposición con el liderazgo fuerte y caudillista de su predecesor en el puesto, Moreno se presentó como un perfil más moderado y conciliador, que venía a terminar con el divisionismo que, desde su punto de vista, marcaba a la sociedad ecuatoriana.

En este esquema, estableció diálogos y negociaciones con opositores que fueron muy críticos con los gobiernos de AP, entre ellos el propio Lasso y Abdalá Jaime Bucaram, ex presidente de Ecuador (1996-1997), quien para Correa representa lo peor de la corruptela política. De esta forma el distanciamiento entre ambas figuras políticas fue cada vez más notorio y la disputa subió de tono hasta el punto del no retorno.

En una entrevista otorgada a ABC, Moreno declaró: “Estoy espeluznado por la corrupción galopante en el gobierno de Correa”, a quien además criticó porque “lastimosamente, en más de una ocasión, hacía la vista gorda”. Resultan llamativas estas declaraciones teniendo en cuenta que el propio Moreno fue su vicepresidente entre 2007 y 2013.

El conflicto hizo mella y provocó una división en el partido que le sirvió de sostén político al exjefe de Estado para sus dos mandatos. Con el gobierno y un tejido de alianzas mediante, el “morenismo” logró quedarse con la conducción de la alianza y relegar a un papel subordinado a los sectores afines a Correa. A esto se le sumó la destitución vía decreto de Jorge Glas, vicepresidente de Moreno y hombre muy cercano al ex mandatario, quien permanece en prisión preventiva desde octubre del año pasado acusado de recibir sobornos por parte de la empresa brasileña Odebrecht.

“Hoy, en los 11 años de la Revolución Ciudadana, el regalo de los traidores es el robo de Alianza PAÍS”, escribió Correa en su twitter tras desvincularse del partido y anunciar la formación de uno nuevo.

En este contexto, el politólogo Atilio Borón, en un artículo publicado en su blog, sostiene que el actual presidente cometió una “estafa electoral como la de Mauricio Macri en Argentina” y habla de una triple traición: “Traición al pueblo que lo votó, al partido que lo postuló para la presidencia y también a Rafael Correa, de quien Lenín Moreno fue su vicepresidente y muy estrecho colaborador durante diez años”.

Por su parte, el sociólogo brasileño Emir Sader, en una nota en Página/12 titulada “El viraje conservador de Lenín”, directamente incorpora al gobierno morenista dentro de la restauración conservadora en América Latina, pero con una particularidad. A las vías tradicionales de las elecciones democráticas, como en Argentina, y golpes judiciales, Brasil, se le suma una variante novedosa que es “la recomposición conservadora que nace desde dentro de los movimientos progresistas”.

“Descorreización”

A poco de cumplir un año de su asunción en el Palacio de Carondelet, es posible caracterizar esta primera etapa del nuevo gobierno como de “descorreización” del Estado y la sociedad ecuatoriana, un objetivo anhelado por la derecha en la que se agrupan los partidos del viejo orden, los grandes medios de comunicación y las cámaras empresariales.

Con este propósito implícito, en febrero de este año se llevó a cabo un referéndum que, entre varias propuestas, eliminaba la reelección indefinida y, por lo tanto, imposibilitar que Correa vuelva a presentarse como candidato para las elecciones de 2021.

La campaña de los medios a favor del “Sí” fue clave para el triunfo del “morenismo”. Pero a pesar de esta victoria que le permitió ratificar su legitimidad y consolidar una alta popularidad, el jefe de Estado se encuentra en una encrucijada. Por un lado, ganó adeptos en la oposición en búsqueda de “gobernabilidad” y con el fin de desterrar para siempre todo rastro de “correísmo” pero, por el otro, los perdió dentro de la propia fuerza política que lo consagró en las presidenciales.

En una conferencia brindada el año pasado en Argentina, el vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, advirtió sobre el peligro que conlleva a los gobiernos “progresistas” aliarse con fuerzas conservadoras ya que “la derecha nunca es leal”.

“‘Gobernar para todos’ no significa tomar decisiones que, por satisfacer a todos, debiliten tu base social, aquella que te da sustento y que al fin y al cabo serán los únicos que saldrán a las calles cuando las cosas se pongan difíciles”, aseguró por entonces Linera.

De profundizar los vínculos con la derecha como hasta ahora, el gobierno de Moreno estará cada vez más atado a sus designios y exigencias clásicas de ajuste, flexibilización laboral y subordinación al Fondo Monetario Internacional, lo que significará el “tiro de gracia” para el proceso de transformación social de la “Revolución Ciudadana”.

Leonardo Casciero – @leocasciero

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