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El cine argentino y la implosión de la clase media

El cine argentino y la implosión de la clase media
junio 18
10:46 2018

Animal es la nueva película de Armando Bo (nieto del mítico cineasta del mismo nombre), quien anteriormente sólo había estado detrás de la cámara en su obra de 2012, El último Elvis, proyecto mucho menor en cuanto a presupuesto y repercusión. En esta nueva producción tiene al frente a Guillermo Francella, quien en la última década ha tratado de reinventar su trayectoria actoral, encarnando personajes más serios y más acordes a lo que el público argentino considera para un actor de su talla en esta nueva etapa (algo así como su darinización).

Esta película también pertenece a una tendencia creciente en el cine argentino mainstream, es decir, aquel cine que suele ser creado mirando a los festivales internacionales y que a menudo son las representantes nacionales para competir por el Oscar a mejor película extranjera (honor que hasta ahora ha sido un tanto esquivo). Es decir el tipo de películas que intentan retratar cierto sector de la clase media-alta argentina y cómo su burbuja de tranquilidad financiera y social puede verse alterada por factores externos.

En el caso de Animal nos encontramos con Antonio Decoud (Francella), lo que se dice un hombre de familia; casado con tres hijos y gerente en un frigorífico de Mar del Plata. La primera escena es un extenso plano secuencia (ejecutado de manera exquisita) que recorre la casa Decoud una mañana normal. Culmina con Antonio yendo a correr por la costanera y descompensándose poco después. Tras una elipsis de aproximadamente dos años, el guión da cuenta que el protagonista necesita un transplante de riñón del cual depende su vida. Entonces Animal tratará como tópico principal de qué manera un hombre que aparentemente tiene todo para alcanzar la felicidad no puede hacerlo, ya que tiene que someterse a la crueldad de la burocracia del sistema de salud y, por consecuencia, hasta qué extremos llegará para conseguir lo que quiere.

La elección del título de la película tampoco es inocente o aleatoria, dado que en este afán de ilustrar cómo un hombre común sale de su zona de confort de forma abrupta, siempre se termina apelando a un costado salvaje del ser humano que generalmente está dormido. Por supuesto, esta nueva clase de cine argentino tiene en Relatos salvajes (2014) de Damián Szifrón, su ejemplo más representativo. No solo fue la película argentina más exitosa de los últimos cinco años (en cuanto a taquilla y críticas internacionales), sino que también estableció un tono.

Allí seis historias sin conexión alguna más que una coincidencia temática: la del momento en que las personas alcanzan su punto de quiebre. La obra de Szifrón tal vez haya funcionado para reflexionar sobre cómo una situación adversa puede llevar a perder el control y abandonar todo aquello que se cree sobre uno mismo, sin embargo es en su identificación donde falla. Si con Relatos salvajes se buscó poner un espejo frente a la alienada sociedad moderna, el reflejo con el que se encontró no fue del todo fiel, pues la mayoría de los personajes en pantalla no representaban al espectador promedio.

Otros ejemplos de esta cosmovisión se encuentran en parte de la filmografía de Mariano Cohn y Gastón Duprat, más notoriamente en sus dos películas más conocidas El hombre de al lado (2010) y El ciudadano ilustre (2016), donde nuevamente se encuentran protagonistas que comparten ciertas características: son hombres de mediana edad, de buen pasar económico, profesionales, y que en un punto aparece algo que irrumpe en su tranquila vida cotidiana.

Este algo es en muchos casos encarnado por personas de distinto estrato social, que los llevan a establecer un contacto que no esperaban, a cruzar una frontera en la que la siempre implícita lucha de clases se ve revivida. Al principio estos vínculos tienen un approach tímido, con cierto temor y condescendencia por parte del protagonista, para luego ir escalando hacia un clímax que culmina en un estallido del sujeto de clase media alta en su búsqueda por mantener el status quo que previamente mantenía el orden de su vida.

Sin entrar mucho en detalles argumentales, esto es lo que sucede en Animal con el personaje interpretado por Francella. Una serie de situaciones desembocan en el hecho de que Antonio debe relacionarse con dos personas de ambientes y costumbres totalmente opuestas, y tanto en sus diálogos como en su mirada se puede observar cierto nerviosismo, propio de quien tiene que lidiar con un otro totalmente ajeno a lo que está acostumbrado sin caer en ciertos prejuicios. No es extraño entonces ver a un Francella agobiado, miserable en el afiche de la película, ya que Armando Bo es experto en crear este tipo de personajes.

Si bien su carrera como director es incipiente, como guionista ya tiene quizás el máximo galardón posible, ganando en 2015 el Oscar a mejor guión original por Birdman (junto a Alejandro Iñárritu, Nicolás Giacobone y Alexander Dineralis), película en la que se hunde de lleno en la miseria de un hombre blanco de clase media-alta.

El problema radica entonces en que es difícil para el público argentino general, en una coyuntura económica y social al borde del derrumbe en la cual la brecha entre las distintas clases se expande cada vez más, generar empatía con empresarios exitosos o ganadores del premio Nobel que tienen un problema que no pueden solucionar con plata. A pesar de que en estas historias se intenta sacudir los cimientos de gente encerrada en sus burbujas, los arcos narrativos por lo general vuelven al punto de partida después de las turbulencias, posicionando a los actores sociales en los mismos lugares que al principio.

La figura del jefe de familia que pierde el rumbo quizás ya sea parte del pasado y sería bueno que el cine argentino no funcione como un espejo para reflejar la realidad sino como un martillo para golpearla.

Guido Rusconi

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